El 1 de mayo del año 2003, George W. Bush anunció que los grandes combates habían acabado en Iraq, invadido mes y medio antes. El presidente cantó "una victoria" a bordo del USS Abraham Lincoln,donde pudo leerse la siguiente pancarta: "Misión cumplida". Bush ha afirmado ahora en la Academia Naval de Annapolis que nunca aceptará "nada que no sea una victoria total" en Iraq. Y antes de que hablara, la Casa Blanca hizo público un documento en el que se detalla la estrategia para "la victoria en Iraq" y se excluye un calendario para la retirada. En el USS Abraham Lincoln,Bush dijo hace dos años a los periodistas que la pancarta que rezaba "Misión cumplida" la puso la Marina, no la Casa Blanca.

Bush ha vuelto a recurrir esta semana a la Segunda Guerra Mundial para equipararla con la guerra antiterrorista. Pero el paralelismo empieza a estar agotado. Daniel Benjamin y Steven Simon argumentan en su libro The Next Attack (Time, 2005) que Estados Unidos ya ha invertido más tiempo en acciones militares desde el 11 de septiembre que el que necesitó para ganar la Segunda Guerra Mundial. Los neoconservadores consideran que Benjamin y Simon no son trigo limpio, entre otras cosas porque trabajaron en el departamento antiterrorista que dirigió Richard A. Clarke con Bill Clinton en la presidencia. Pero los dos manejan los dardos limpiamente. Cuando el secretario de Estado William Seward quiso convencer a Abraham Lincoln en 1861 de que lo mejor sería enfrentarse a Gran Bretaña y Francia mientras se luchaba contra los confederados, el presidente le dijo: "Mr. Seward, una guerra después de otra". Por ignorar este aforismo, dicen Benjamin y Simon, Bush perdió el mundo de vista. Cuatro años después del 11 de septiembre, el Afganistán ya no será un refugio de Al Qaeda, pero puede ser reemplazado por Iraq.

El clima ha cambiado en Washington. Los votos republicanos han permitido aprobar que la administración tenga que explicar trimestralmente ante el Senado cómo va la guerra de Iraq. Lewis Libby, jefe de gabinete de Dick Cheney y uno de los arquitectos de la guerra, está procesado por un oscuro incidente con el que se trató de desacreditar a un crítico de la ocupación. Los aliados han protestado por las informaciones de que la CIA dispone de prisiones secretas y de que aviones estadounidenses han hecho escala en suelo europeo para transportar prisioneros. Y la posible retirada estadounidense de Iraq es el tema de conversación en Washington. Los sondeos dicen que sólo el 15% de los estadounidenses considera que la prioridad sea el terrorismo.

La Administración Bush no quiere ni oír hablar de un calendario para la retirada. Todo movimiento en este sentido lo relaciona con la capacidad que tenga el Gobierno iraquí para defenderse. Pero algo se mueve. En Afganistán, donde la violencia se ha disparado (1.500 muertos en el 2005), Washington retirará unos 4.000 soldados en el 2006. Y Jalal Talabani, presidente de Iraq (más de 7.000 muertos este año), ha pronosticado que las tropas iraquíes sustituirán a finales del 2006 a los soldados británicos (unos 8.500) estacionados en el sur del país, la región de los chiíes.

El problema de las retiradas es el cuándo, pero también el cómo. Y de eso los británicos saben bastante. Después de la Segunda Guerra Mundial, Gandhi y Nehru defendieron una India unida y democrática. Pero otros políticos indios, entre ellos los líderes musulmanes, conspiraron para todo lo contrario. Gran Bretaña, la potencia colonial, animó a la Liga Musulmana a pedir la partición y la fundación del actual Pakistán, lo que sucedió. ¿Resultado? Los británicos se retiraron, y algunas heridas, como Cachemira, siguen sangrando.

Entre las cuestiones pendientes en el Iraq de después de Saddam Hussein está el futuro de Kirkuk, en el norte, donde se explotan unos yacimientos petrolíferos aparentemente sin fondo. Los kurdos, prácticamente independientes desde la primera guerra del Golfo (1991), han conseguido que la Constitución establezca la organización federal de Iraq. Pero aún tienen la cuenta pendiente de Kirkuk, que también es reclamada por los árabes suníes y los turcomanos. Saddam trató de cambiar Kirkuk con un aluvión de árabes. Ahora, en las elecciones del pasado enero, unos 50.000 kurdos regresaron para votar.

Bush no tiene salida, al menos de momento: cuando habla de quedarse se gana la crítica de quienes le dicen que las tropas estadounidenses son parte del problema, no la solución; y si sopesa la retirada, le advierten de que arriesga la credibilidad de Washington entre sus aliados. Misión, pues, no cumplida.