¿RECUERDAN la historia de aquel barco que transportaba a un grupo de locos que en un descuido de sus vigilantes tomaban el control de la nave? Bonita historia a la cual uno no puede resistirse a encontrar similitudes con la actual política europea realizada por el Gobierno español presidido por José Luis Rodríguez Zapatero, los socialistas y sus tripartitos diversos.

Primero la cuestión de la opa a Endesa y la actuación del Gobierno frente a Bruselas. Es difícil imaginar una situación semejante: al ministro de Industria le acaban de descubrir como beneficiario de la condonación de un crédito multimillonario por la misma entidad financiera que está detrás de la opa. El ministro de Industria fue consejero de esa entidad financiera del 95 al 99 en contra de sus estatutos y de la Ley de Cajas y despacha el clamoroso conflicto de intereses diciendo que es una conspiración de la derecha. Ese ministro, por lo tanto, se encuentra absolutamente mediatizado para la toma de decisiones sobre esta opa y arrastra consigo al presidente de Gobierno en una escalada de presiones en Bruselas para conseguir que la comisaria de la Competencia no reclame la decisión final sobre la operación, que afecta por lo menos a los ciudadanos de cuatro países comunitarios y, por supuesto, al futuro mercado integrado de la energía.

Además, las presiones sobre el Ejecutivo comunitario se difunden no sólo al presidente de la Comisión Europea y su comisaria, sino que llegan a la presidencia británica de la Unión en su vertiente más dañina: España podría dar su aprobación a un acuerdo sobre perspectivas financieras con tal de que la Unión deje manos libres al ministro de Industria español en la decisión final, ya tomada, acerca de la opa. ¿Qué miedo tendrá el ministro a las decisiones de Bruselas? ¿Por qué no se atreverá a dejar el 'dossier' en manos de la comisaria europea de la Competencia? ¿Por qué ha dejado que se extienda por las instituciones comunitarias la idea de que los intereses políticos priman sobre los económicos en esta operación? Primera locura de nuestros navegantes.

Después, la propia cuestión de las perspectivas financieras. España se apresta a dar su acuerdo a unas perspectivas que suponen unos cinco mil millones de saldo neto, frente a los casi cincuenta mil millones netos del anterior período de perspectivas. Además, el acuerdo pasaría por la cofinanciación de la agricultura, es decir, que los agricultores españoles pagasen una parte de lo que los alemanes e ingleses se quieren ahorrar en la factura final. Un acuerdo que llevaría a regiones como Asturias a perder bastante más del 50% de sus ayudas europeas, a dejar de ser región 'Objetivo uno', a discriminarse con regiones alemanas y austriacas en su misma situación, y a financiar de su bolsillo y su futuro el coste final de una ampliación al Este para la cual la Unión no estaba económicamente preparada.

El Gobierno español llega a esta negociación sin aliados, sin estrategia y sin alternativas, alejado por igual de sus ex socios del eje franco-alemán que de los nuevos estados miembros. Tal vez Zapatero quiera reeditar su 'éxito' negociador del pasado junio, donde gracias a su invisible protagonismo, no hubo ni un solo estado miembro que supiese que existe un problema financiero español ante la UE ni, por lo tanto, que esté dispuesto a solucionar algo que oficialmente no existe. Mientras, los esfuerzos socialistas en política exterior siguen centrados en Venezuela, Cuba, Argentina y la alianza de civilizaciones, que, ¿vaya por Dios!, no parece estar en el orden del día del próximo Consejo Europeo de diciembre donde sí está la cuestión de las perspectivas financieras con la terrible propuesta británica. Segunda locura de los patrones del barco.

Y, al final, lo anecdótico, como siempre, lo más revelador. La Comisión Europea descubre que el español lo hablan 30 millones de españoles, de los 44 millones de residentes en España y, por lo tanto, sugiere que los traductores de español en las instituciones pasen de los 92 actuales a 67, ¿un nivel comparable al de Malta! Desde que yo estoy en el Parlamento Europeo, y he estado con gobiernos del PSOE y del PP, siempre defendimos el uso del español en las instituciones, sabiendo que las batallas lingüísticas, una vez perdidas, no pueden volver a darse. Esta decisión de la Comisión Europea simplemente 'traduce' presupuestariamente el resultado de las gestiones que Zapatero y sus tripartitos han hecho desde que accedieron al timón del barco.

Se han empeñado en resaltar en Bruselas la diversidad de lenguas, en solicitar la traducción de las lenguas cooficiales, en asegurar que España pagará el coste de la traducción europea del catalán, gallego y vasco. En resumen, Zapatero ha dado todos los argumentos para respaldar esa decisión comunitaria. El español se hablará y se oirá menos en Europa, porque hay menos españoles de los que nos creíamos. Pura consecuencia de la nueva política territorial española. Los eurócratas comunitarios, fríos calculadores, han adecuado los deseos del timonel español a las disponibilidades financieras. Y, así, en los momentos históricos de la máxima expansión del idioma común, cuando los institutos Cervantes cuelgan el cartel de completos en todo el mundo, Zapatero consigue llevar nuestra lengua, que es la suya, aunque no se le entienda, al nivel del maltés. Tercera locura europea. Barco de locos. ¿Pobres pasajeros!

SALVADOR GARRIGA POLLEDO. EURODIPUTADO DEL PARTIDO POPULAR.