Se acaba de referir Felipe González en unas declaraciones acerca de los treinta años de reinado del actual jefe del Estado a que lo más determinante del sucesor de Franco fueron las decisiones que tomó antes de la Constitución de 1978, es decir, cuando las leyes le otorgaban mayor poder. En efecto, desde el nombramiento de Suárez, se pusieron en marcha los mecanismos que hicieron posible la actual Monarquía parlamentaria y democrática que tenemos.

Hubo un primer período balbuciente que fue la continuidad de Arias. Aquel hombre abogaba por una democracia «a la española»; las huelgas fueron continuas; las incertidumbres, omnipresentes; el protagonismo de Fraga, muy declarativo entonces en medios extranjeros, figuraba en primera línea. La calle gritaba por la amnistía y la libertad. Y aquel hombre gris, superado por las circunstancias y por los nuevos tiempos, era una rémora y un continuador de un pasado por el que no se apostaba. Y luego, contra todo pronóstico, llegó Suárez. Formó un primer «Gobierno de penenes», según el editorial de una de las revistas de información política más leídas entonces, «Cambio 16». Un primer Gobierno que reconoció, sin embargo, en su primer comunicado, que «la soberanía reside en el pueblo». Puso en marcha la reforma política que se aprobó en referéndum, que acabaría dando paso a las elecciones de 1977 de unas Cortes, en la práctica, constituyentes.

Un hombre como Suárez, que no había tenido ninguna brillantez académica, cuyo pasado azul era innegable, que había sido subsecretario del Movimiento con Herrero Tejedor, dijo aquello de que había que elevar a la política aquello que «a nivel de calle es simplemente normal». Mientras, los partidos democráticos decían apostar por la ruptura en lugar de aceptar la reforma. Pero la legalización del PCE un sábado santo, en 1977, fue la confirmación de un pacto en que la oposición acataba de facto la reforma. Y llegaron las elecciones de junio de 1977. Un año y unos meses después vino la Constitución actual. Pocas dudas habrá de que el gran artífice de la transición fue Suárez, alentado por un jefe del Estado que veía insostenible la continuidad del tinglado franquista, y auxiliado en las medidas legales y legislativas por el asturiano Torcuato Fernández-Miranda, que, en el mismo momento de toma de posesión como presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, dijo: «El pasado no me ata».

Suárez fue el promotor de la transición, es decir, de una reforma del franquismo que dio paso a un nuevo Estado en cuya cúspide seguía estando la persona a quien Franco había designado sucesor. La oposición se olvidó entonces de la ruptura. Sin embargo, la era de Suárez se cerró unos días después de su dimisión (dimisión cuyas causas nunca fueron explicadas por el interesado), cuando se produjo el conato de golpe de Estado de Tejero y sus compinches cuarteleros. Desde febrero de 1981 hasta octubre de 1982, la UCD, el partido accidental en el que se había asentado Suárez, se desmoronó. Y llegó el triunfo aplastante y espectacular del felipismo, al que acompañó también el hundimiento del PCE. Es a partir de este momento cuando cabría interpretar que la ciudadanía, al decantarse de forma tan inequívoca por el partido que había fundado Pablo Iglesias, demandó la ruptura. Pues bien, con independencia del juicio que nos pueda merecer el felipismo, o bien se inicia aquí una segunda transición, o bien la llamada transición concluyó en ese momento. Pero no así el «régimen» que se había inaugurado con Suárez, es decir, una especie de segunda restauración canovista en el que González -mutatis mutandis- fue el Sagasta de la época.

Desde el principio se pensó en dos grandes partidos. Primero fueron UCD y PSOE y luego AP/ PP y PSOE. Se decía que emulando el modelo inglés. También Cánovas quería una monarquía española muy a la británica. ¡Qué cosas! No olvidemos tampoco que en plena agonía del felipismo, agonía de lodazal y de fango, un año antes de su victoria electoral, el muy carismático señor Aznar, el que sería más tarde nuestro hombre en las Azores, publicó un libro titulado «La segunda transición». El título es significativo, acaso lo único que valga la pena recordar del librito en cuestión.

Con el felipismo lleno de simonía y con un Aznar crispado se acababa, en efecto, un período de consensos y de acuerdos. De aquel ambiente de crispación el principal responsable fue el felipismo. Pero Aznar, una vez en el poder, sobre todo en su último período, consiguió mantener y aumentar tan irrespirable ambiente.

Y en esto llegó Zapatero. Miren ustedes: hasta en lo físico se parece a Suárez. Todo aquel proceso de pactos que cristalizó en la Constitución de 1978 parece que tiene que renegociarse ahora. No está claro que el actual presidente de Gobierno tenga la suficiente talla política para llevar a buen puerto todo el proceso de reformas que está en marcha. Lo que sí atestigua la realidad de hoy es que estamos en un nuevo período, que nos podrá gustar más o menos, que arrojará mejores o peores resultados, pero que, como tal, es tan irreversible como innegable. Y ahora mismo hay dos asuntos que ya no constituyen tabú: se trata de la monarquía y del papel -nunca mejor dicho- del llamado cuarto poder.

Se constata que todo, hasta la unidad de España, se está cuestionando. Y es un hecho -ojalá me equivoque- que el PSOE, y la izquierda española en su conjunto, no tiene claro un proyecto de país que integre y aúne voluntades.

¿De qué transición estamos hablando ahora? ¿Qué período estamos viviendo? Quienes conocen mínimamente la historia contemporánea de España saben que los partidos políticos actuales tienen un descrédito no menor que el que alcanzaron los partidos de la Restauración canovista cuando ésta exhalaba sus últimos suspiros.

Puede que Zapatero sea el Suárez de esta nueva época. Puede que la transición, sin secuelas del franquismo, esté empezando su andadura. Lo preocupante es que la izquierda actual ni sabe, ni contesta. Lo preocupante es que Zapatero no tenga claro adónde quiere ir ni adónde pretende llevarnos. No creo que sea lampedusiano. Pero me temo que sea adánico, lo que no resulta tranquilizador.

Por lo demás, el regreso virtual a 1976 nos emplaza también en una canción con letra y música. Tras las telarañas, las greñas de un tiempo y de un país. Para ambientarse bien en aquello, permítanme que les sugiera escuchar un disco de alguien que ha cambiado tanto o más aún que los tiempos. De Patxi Andión y de su disco «Tabaco y oro», acaso el mejor de aquellos años. ¡Qué generación tan fraudulenta la del Sesenta y Ocho, Dios mío!