AUNQUE a veces nos encanta mortificarnos, lo cierto es que los 30 años de democracia y los 16 que llevamos en Europa han resultado portentosos para Galicia. La faz del país ha mudado por completo y para bien. A comienzos de los años setenta, casi la mitad de la población vivía de la agricultura. A finales del siglo XX, ya era sólo el 19%. Galicia ha dejado de emigrar en masa, recibe inmigrantes y ya no es un país rural. Según el Banco Mundial, nuestra riqueza anual por habitante es de 15.600 dólares, lo que supone ¡más del doble de la media planetaria! Los gallegos figuraríamos hoy a la altura de los 35 países más prósperos del mundo.
Olvidando su muy severo problema de envejecimiento, paliable si empiezan a llegar más inmigrantes, Galicia tiene ante sí enormes posibilidades. Además de los recursos naturales (entre ellos el agua, que constituirá un bien estratégico), disponemos de emprendedores y de seguridad jurídica; y la generación mejor preparada de nuestra historia está a punto de llegar a los cargos de responsabilidad.
Y sin embargo asoma un nubarrón, todavía muy poco percibido, que puede ensombrecer el desarrollo virtuoso al que apunta Galicia.
Es un hecho probado que en los últimos cien años la temperatura media en Europa ha subido casi un grado. Los veranos meridionales, con tres meses con el mercurio lamiendo los 40 grados, se han vuelto físicamente insufribles. Por el contrario, el clima gallego parece haberse suavizado y sus estíos templados se convierten en un gozoso alivio. Los gallegos ya sabíamos que nuestro clima atlántico constituye un raro privilegio, pero ahora empiezan a percibirlo muchos otros, y entre ellos, los colosos de la construcción madrileños y catalanes.
El litoral gallego, antaño fin del mundo conocido, se encuentra hoy a cuatro horas y media de autovía de Madrid. Aunque el AVE avanza moroso hasta la exasperación, en doce años estaremos a tres horas de tren de una cada vez más reseca y atiborrada capital de España.
La Costa del Sol es un puro muro, un búnker de apartamentos (la codicia cementera ha adquirido tal gravedad que ahora, muy tardíamente, la Junta intenta, por ejemplo, retirarle a Marbella las potestades urbanísticas). El Levante parece un negocio menguante: no hay agua y queda poco por construir. En los despachos madrileños la mirada empieza a girar hacia un territorio verde, hermoso y semivirgen: Galicia y sus golosísimos 1.700 kilómetros de litoral, con unas rías que son auténtico fiordos sureños... y perfectamente ladrilleables.
El gran juego quizá ya ha arrancado, con compras de bolsas de terreno en territorios antaño ignotos: hay llamativos movimientos en A Mariña y la Costa da Morte. Los constructores foráneos saben de la laxitud urbanística de muchos de nuestros ediles. Y por desgracia, por precedentes andaluces y levantinos, se sabe que a veces lo que no arregla la simple persuasión lo puede solucionar el soborno.
¿Queremos el modelo sureño para Galicia? ¿Estamos dispuestos a que constructoras de fuera devoren a saco nuestro patrimonio natural para lucrarse? ¿Es imposible combinar el respetable e importantísimo negocio inmobiliario con la mesura ecológica y el respeto al paisaje?
Poner coto a la construcción brutal en la costa puede ser en las próximas dos décadas uno de los mayores retos de los gallegos y sus dirigentes. En este arranque del siglo XXI habremos de decidir si queremos ser Bretaña o dejamos que nos conviertan en un húmedo Benidorm. El partido ha comenzado. Y el resultado no se podrá revisar.

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