Yo también tuve un padre falangista. Guardo religiosamente sus fotos. Aquella frente levantada, aquellos correajes imperiales. Y una madre. Y unos tíos. Todos falangistas, todos nacionalcatólicos. Mi abuelo, aunque callaba y otorgaba, miraba más bien hacia otra parte. Era sastre de curas. Quizá porque veía constantemente clérigos en pantalones se abstenía de pisar la iglesia, aunque, como verá el curioso lector, acabó sus días con un giro final edificante. La biblioteca familiar rebosaba de títulos «nacionales». Obras, incompletas, de José Antonio Primo de Rivera, las completas de Menéndez Pelayo, de Maeztu, de Jiménez Caballero, cosas de Sánchez Mazas y... las muy incompletas de Ramiro Ledesma Ramos.
A Ramiro Ledesma dedica no menos de cuatrocientas páginas el historiador Ferrán Gallego (Ramiro Ledesma Ramos y el fascismo español, Síntesis, 2005). Gallego logra meterse en la piel de Ledesma desde la óptica de las derechas en juego durante los años veinte y treinta hasta la guerra civil. Se agradece que un historiador, al margen de sus preferencias, logre reconstruir para el lector la lógica interna de un fascista español de clase media. La historia no es sólo el avance imparable de la clase obrera hasta el descalabro final.
Gallego nos recuerda de qué modo fue Ledesma el alma de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista: JONS (unas JONS bastante ofensivas y nada sindicalistas, por falta de obreros), luego convertidas en Falange Española y de las JONS, por fusión con la Falange de Primo de Rivera. Y luego otra vez Falange, por abandono de Ledesma, quien consideraba a José Antonio, Tercer Marqués de Estella, «un señorito que quería pasar por proletario». En cualquier caso, a Ledesma se debería una «elaboración doctrinal» del fascismo español dotada de auténtico «rigor conceptual» (Ferrán Gallego). Por fin, cuando Ledesma yacía fusilado, aquello terminó en Falange Española Tradicionalista y de las JONS, un hábil potaje franquista que Ledesma habría aborrecido: «Cualquiera de los dos bandos me matará», dejó dicho.
Lo que me maravilla es de qué torcida manera, en el mismo establo en el que mamé las esencias del «Régimen», a su calor encontré los argumentos para detestarlo. Y de la mano, entre otras, de Ramiro Ledesma. Éste mostraba, en la Conquista del Estado, obvio periódico fascista, la insufrible situación del proletariado español. Y así mi mente adolescente supo, como del rayo, que existían muchas razones para ser rojo en la España de 1930, sin tener que recurrir a satánicas maldades intrínsecas ni a contubernios de masones judaizantes. Era el mismo proceso mental que acontecía con don Marcelino Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles: cuanto más él se empeñaba en demostrar que la unidad española era católica más mostraba una amplia retahíla de simpáticos herejes que arruinaban la pretendida unidad, ¿a qué empeñarse, pues, los pastores en un control doctrinal si un elevado tanto por ciento de ovejas les salimos ranas? Dios escribe torcido. Manifiéstense, pues, gorros y solideos, que el sol saldrá por donde suele.
En fin, desde sus primeros escritos -nos recuerda F. Gallego- Ledesma manifiesta que ama «a los grandes desdeñosos», pues «la tierra está llena de superfluos», afirmaciones voluntariosas que recuerdan vagamente a San José María Escrivá de Balaguer. Asimismo, manifiesta Ledesma, con ánimo retador, que sus menguadas huestes «se hacen responsables de la historia de España», ya que «sólo la fuerza bruta puede lograr unanimidad». La consigna es simétrica a la de José Antonio: «España es una, por nuestra exclusiva voluntad».
A mí toda esta retórica me recuerda el fecundo otoño mental de Gustavo Bueno. Justamente hace unos años, un brillante discípulo de Bueno, Juan Bautista Fuentes, que, por cierto, está dando un revolcón heroico a las bases de la psicología, polemizó con el Maestro a propósito del concepto de nación, de Estado y de imperio. La batalla, épica, no pasó de internet y de las fotocopias que nos pasábamos los enganchados. Bueno considera que no es posible la Historia si no se empieza por los imperios. Sólo los imperios explican la nación. Y sólo la nación explica las clases sociales. Fuentes, por el contrario, en marxista de libro, empezaba por la «fractura interna» de toda sociedad, las clases, fractura que se infiltra en todas las entidades superiores y, lógicamente, en los imperios. Bueno se alejaría del marxismo, con el que nunca habría estado, a pesar de su sedicente materialismo dialéctico.
Por eso a Fuentes le recordaba la prédica de Bueno precisamente a Ramiro Ledesma, por su concepto simétrico de «imperio católico español», un catolicismo disimuladamente ateo o laico. Por su parte, Bueno, algo mosqueado, le motejó de trotskista, por creer en las clases sociales como motor histórico. Los proletarios europeos se mataron a placer en el sagrado nombre de sus respectivas naciones, pero esos proletarios del mundo no se unieron contra sus «explotadores», como preveía la doctrina oficial.
Bueno siempre ha creído no sólo que la historia la escriben los vencedores, lo cual es mentira a partir de cierto momento histórico; baste pensar en cómo la batalla intelectual fue ganada en este país por los vencidos. Sino que quien gana tiene razón. Y punto. El Maestro es duro de corazón y lo tiene a gala. La guerra, así, es la partera de la historia. Y los que mueren, peones de un ajedrez inmisericorde.
Bueno afirma en serio que el imperio español, a diferencia de otros, era un imperio social, humanitario y participativo, a fuer de católico. Lo hemos oído tantas veces, en boca de los mismos, durante ciertos años, que nos ponemos en guardia. «La Filosofía, disciplina imperial», era un proyecto de Ramiro Ledesma que quizá Bueno acaricia. Las interpretaciones históricas de Hegel hoy nos hacen sonreír, por no hablar de los intentos eruditos de historiadores como SpenglerToynbee. Pura teología. No se sabe, por ejemplo, dónde meter al Imperio Bizantino, judeocristiano, grecorromano, destrozado por los cruzados cristianos. El rompecabezas se les desarma, y no saben qué hacer, por ejemplo, con el hecho de que docenas de millones de muertos pertenecieran al mismo conjunto civilizatorio en las dos guerras mundiales. No pertenecían a ningún imperio, ¿o sí? Y si no cuadran los datos se les tortura. Difícil resulta saber qué se entiende por un imperio español «social», desequilibrado y en perpetua violencia interna, como cualquier imperio, generador de ingentes multitudes marginales. Gustavo Bueno propondrá tratar a los marginales como piojos o como indígenas, sólo aptos para estudios etológicos o antropológicos, pues la verdadera historia sólo se da entre los ganadores civilizados. «Frente a los intelectuales, somos imperiales», decía Ledesma, un intelectual imperial de corto recorrido.
Produce perplejidad que un furibundo desmitificador de esencias como Bueno acabe por crear esencias delicuescentes, imperios nebulosamente sociales, y una «Ehpaña» de la exclusiva voluntad de algunos, que a muchos no nos gusta, porque, en efecto, todo valor es un contravalor, y nada existe en el hogar de los hombres que no sea conflictivo internamente, contradictorio y belicoso. Bueno se ha sacado de la manga un artefacto histórico esencial y fundante, pero para nosotros ya nada hay esencial. Y conste que lo aprendimos con el maestro Bueno. Con Bueno ya no podemos ser felices, ni ser de izquierdas, ni cultos, ni siquiera cambiar de canal. Pero él se arroga el derecho de fabricar verdades esenciales y pétreas.
Ledesma acuñó consignas berroqueñas: «El fascismo es la catolicidad», la quema de conventos «purifica la vida española» y «el patriotismo, al calor de las iglesias, se adultera». Nada que ver con la vida pública de Bueno, quien comparece con obispos y prelados, hasta acabar, como lectura apasionante, en la mesita de noche del arzobispo de Oviedo.
Pero en fin. Todo acaba yendo en la buena dirección: Juan Bautista Fuentes proclamó hace unos meses que «Bueno llevaba razón», y que abjuraba de sus antiguos errores, porque, «antes que nación, España es un imperio católico» como quiere Gustavo Bueno, imperio cuyos rasgos serían el «apoyo social mutuo», la «generosidad social» y la «autonomía civil». Un imperio de color de rosa. Y una conversión ejemplar, edificante.
Conversión de mi abuelo arriba citado, el cual, cuando el viaje final le rondaba, flaco y sobrado de hechuras, pingando el abrigo, me tenía de lazarillo infantil, y asistía a la iglesia siguiendo mis instrucciones para levantarse o arrodillarse, porque había olvidado los ritos esenciales. Esa vuelta al redil, silenciosamente empujada por el elemento femenino y clerical, era la norma en ciertas españas de aquellos momentos.
Conversión de Ramiro Ledesma Ramos, el cual, en la cárcel Modelo de Madrid, debatía agónicamente, patio arriba patio abajo, con Ramiro de Maeztu y un tal padre Villares, la verdad escondida de las creencias religiosas. Ledesma era un intelectual sofisticado, de los primeros lectores de Heiddeger. Ledesma acabó pidiendo confesión al citado sacerdote. Ramiro Ledesma Ramos fue fusilado el mismo día que Maeztu en el cementerio de Aravaca el 29 de octubre de 1936. Aquella «fuerza bruta», tan mentada en sus escritos, lograba la cenicienta «unanimidad» de los cementerios.
La historia cierra multitud de círculos, entre ellos los viajes circulares alrededor de la España sagrada. Según propia confesión, lo primero que Bueno se desayuna es la columna periodística de Javier Neira, intérprete y vulgarizador autorizado de Gustavo Bueno, con lo cual Bueno se desayuna eucarísticamente a sí mismo. Este Neira, agudo neoconservador de caleya, brillante neoliberal con boina, roza cierta genialidad adolescente cultivando un tremendismo fundamentalista a la espera, creo, del asombro y el cabreo cotidianos de las «izquierdas» empedernidas. Siempre le leo con la sonrisa en los labios, y estoy seguro de que se descojona por lo bajo cuando remata una columna. Ventrílocuo de Jiménez Losantos, su pluma ágil y expeditiva nos exime de escuchar la COPE. Así pues, el comando categorial se pliega sobre sí mismo y acaba reposando en la mesita de noche de los arzobispos.
Acaso Gustavo Bueno hace afirmaciones arriesgadas porque ha asumido la misión histórica de despertar las conciencias. Se agradece. Bueno nos despertó de nuestros sueños dogmáticos. Y ya nadie, ni él mismo, podrá adormecernos.

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