No se aclaran los dueños del mundo acerca de la definición semántica y políticamente correcta del término que nos amarga los sueños a toda la gente normal: terrorismo. Iñaki Gabilondo investiga lo que significa esa lacra para organismos de todo tipo y deduce que ni dios se pone de acuerdo, por impotencia, por intereses, por interpretaciones sesgadas que se adecuen a nuestras convicciones, porque hay mucho que ganar y que perder si el resto del universo se hace cómplice de nuestro enunciado. La lucidez y el realismo aseguran que el terrorismo siempre será legitimo para alguien, para el que lo practica intentando legitimarse con pretextos morales, para el que adormece, ignora o engaña a eso tan prescindible llamado conciencia viviendo y muriendo de él y con él.
Y me encuentro con una definición bastante incontestable: «Es una sucesión de actos de violencia ejecutados para crear terror».Y me meto en la piel de mi pavor cotidiano ante la posibilidad de que yo sea una víctima del azar, de la venganza, de la agresiva respuesta del acorralado, mientras que voy en el Metro o me muevo por esos grandes almacenes que todo el mundo conoce, pero que nadie puede citar en un medio de comunicación si no has deducido que son la encarnación del paraíso. Pero intento comprender el estupor, el odio de por vida, el justificado rencor de cualquier niño de Bagdad al sentir que bombardean su casa en la hora del lobo para otorgarles democracia, para que unos seres letales que les resultan muy extraños les liberen de la dictadura porque les sale de sus genitales y de Wall Street.
Busco cositas graciosas para aliviar tanta ruina universal. Y encuentro esa terapia en un osado y ceñudo, aunque farragoso catedrático de Economía, que derrama su ardoroso pero limitado verbo en 59 segundos. Se llama Roberto Centeno, que yo sepa no es pariente de Ignacio Villa, pero mantiene un estilo dialéctico tan identificable como el de abusar del patético :«Mire usted, don José Luís».
El patriótico economista comparte debate con un concienciado y laborioso inmigrante llamado Mustafá y es testigo del filmado y emotivo nacimiento del muy español Michael, hermano de Anderson, hijos de modélicos trabajadores ecuatorianos que han encontrado su Arcadia en España y al que Fernando Onega saluda con un humanista: «Bienvenido a la vida y a mi país». Apláusos. Parece de Capra.
Pero Centeno es crítico y consecuentemente pragmático. Hace revelaciones tan comprensibles y filosóficas como: «Estamos a las doce menos cinco de que ocurra un problema con el colectivo de inmigrantes», «las familias de inmigrantes son gravosas para la Seguridad Social porque son más prolíficas y están peor de salud».
Pero la perla es algo inocuo y castizo: «Menos contarnos peplas, Zapatero». ¿A qué aspiras con semejantes gladiadores, numantino y a veces grotesco PP?

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