Tercera --y última, por ahora-- reflexión personal sobre los treinta años de democracia española sin demócratas: la opinión pública, una vez desarmada ideológicamente, es rehén de las trampas políticas, los sofismas, el dogmatismo y las truculentas artimañas de la derecha que tutela el PP, cuya metodología para su aplicación práctica se fundamenta principalmente en la injuria, la exageración y la siembra a granel del miedo a los separatismos que fragmentan la sagrada unidad de España. A consecuencia de todo esto, la opinión pública --extraviada en el laberinto de las pasiones políticas-- sufre una preocupante "neurastenia españolista" de la que tardará en recuperarse, para recobrar, por lo menos, el sentido común que tanta falta le hace.

El derby político --dudo que democrático...-- entre el PSOE y el PP, los dos actores estelares del bipartidismo simplificador, es más bien un sucio duelo a muerte. Al PP --por lo visto y oído-- le vale todo con tal de que le ayude a desgastar al actual gobierno de Zapatero, a destruir al PSOE, y a regresar triunfante al palacio de La Moncloa de donde --según el Oráculo de la FAES-- lo expulsó una oscura conjura urdida entre los socialistas y el terrorismo islamista. Mayor truculencia es imposible imaginarla.

El PP se ha enrocado en el radicalismo dogmático y la intolerancia fanática, pensando que, de esta manera, conseguirá desalojar al PSOE del poder; probablemente, porque no está seguro de conseguirlo aceptando el juego limpio de unas elecciones libres y democráticas. Esta singular derecha tronadora ha llegado tan lejos en su aventura desestabilizadora que, si quiere que su rectificación sea positiva para sus intereses, lo primero que tiene que hacer es cambiar de Oráculo. Esto, si no quiere hundirse en su propia basura política.

EL ACTUAL debate, que arrastra miserablemente a la opinión pública hacia la necedad total, tiene --en sus modales-- un antecedente histórico, que, probablemente, muy pocos recordarán: hace treinta y cinco años, José María de Areilza, conde de Motrico, publicó en la tercera de ABC un artículo que titulaba La vía española a la democracia, inspirado en un ensayo de Carlos Iglesias que también se titulaba Una vía española a la democracia. Areilza, utilizando criterios cultos y exponiéndolos con decorosa moderación --aunque sin disimular su discrepancia con las tesis oficialistas, que impedían darle rienda suelta a la opinión pública en este asunto-- planteaba la necesidad de que los españoles le perdieran miedo al debate abierto, que ya corría libremente por las catacumbas de la oposición al régimen de la dictadura, si es que era verdad que los nuevos españoles (dos tercios de la población eran menores de cuarenta años y se presentía que el "juvenilismo biológico", como decía Areilza, alcanzaría muy pronto insospechados porcentajes estadísticos) aspiraban a la participación y al progreso político, "última meta del sistema democrático".

Esta propuesta --finales de marzo de 1970--, era, todavía, arriesgada para quien la hiciera. Dos días después, en el mismo diario madrileño, y en la misma página, apareció otro artículo titulado Un poco de formalidad. Lo firmaba Ginés de Buitrago, un seudónimo de Luis Carrero Blanco; el cual se unía a una larga lista de seudónimos utilizados por el almirante, entre los cuales uno de sus preferidos era el de Juan de la Cosa. El replicante del conde de Motrico hacía un repaso a la historia de España, desde la muerte de Fernando VII (1833), hasta el 18 de julio de 1936. Calificaba la experiencia demoliberal de ese largo período --un siglo y pico-- como demoledora para los intereses de la patria. Para él, sólo hubo dos momentos que fueron los "dos únicos oásis" en la vida nacional: a) la dictadura de Narváez (1847); b) la dictadura de Primo de Rivera (1923). En ellos hubo "orden y prosperidad económica". El tercer "oasis" se logró gracias a la guerra de Liberación (1936), durante la cual "España se salvó y bajo la dirección del Caudillo empezó una nueva vida cuyos resultados a la vista están".

Carrero Blanco decía que "la participación del pueblo en las tareas legislativas, y en las demás funciones de interés general se llevará a cabo a través de la familia, el Municipio y el Sindicato", cualquier otra organización al margen de este sistema representativo "será considerado ilegal". Entonces, como ahora, el carácter representativo del orden político era el principio básico de las instituciones públicas.

EL DIARIO Pueblo terció en la polémica reproduciendo en una de sus páginas-sábanas ambos artículos, precedidos de una entradilla en la que hubo sitio para introducir un reproche "moderado" a Areilza, por haber publicado aquel artículo, que tanto incomodó al almirante, "sin el comedimiento de los articulistas que se pronuncian por un tiempo abiertamente liberal", y un sonoro elogio a Carrero --"político de alto bordo"-- por su artículo, que, "hablando en términos marineros, es como un torpedo disparado sin contemplaciones" (3-abril-1970).

Esas mismas tesis --liberal y democrática la de Areilza, y ultranacionalista la de Ginés de Buitrago-- son las que han vuelto a chocar ahora con dos protagonistas herederos respectivamente de cada una de ellas: el PSOE, como partido demoliberal, y el PP, un partido cerrilmente bunkerizado en un españolismo dogmático y agresivo. Es decir, aquel derby de hace casi cuarenta años, entre la democracia inorgánica, que deseaba la derecha civilizada, y la democracia orgánica, que defendía el almirante porque su naturaleza era "permanente e inalterable".