En el soleado sábado euromediterráneo, restaurante en línea de mar, viento suave y frío, pescado del día sobre la mesa, un participante de muy alto rango en la cumbre de Barcelona decía, entre el desconcierto y el estupor, qué nos estaba ocurriendo "para echar por la borda el gran éxito de España en la Europa de hoy".

Alain Touraine, un intelectual francés de referencia, certificaba ayer en la contra de este diario que "España es el gran éxito de la Unión Europea y Barcelona el gran éxito de España". Touraine sostiene que los franceses se creen superiores pero no acaban de encontrar una salida a la marginación que sufren muchos de sus conciudadanos que se entregan a la violencia al sentirse heridos en su autoestima, marginados al no poder subir por el ascensor social de la meritocracia.

Europa está viviendo de un éxito real pero muy precario. Alemania ha conseguido formar Gobierno a los dos meses de celebrarse las elecciones. Angela Merkel tendrá que administrar las reformas necesarias con un Gobierno en el que sus oponentes tendrán más peso real en el Ejecutivo que los de su propio partido. La fórmula Berlusconi que ha conseguido gobernar Italia más tiempo que todos sus antecesores está agotada y difícilmente podrá repetirse en las próximas elecciones.

Francia vive en periodo electoral, y Sarkozy se perfila como candidato de la derecha y posible ganador ante la endémica división de los socialistas. Tony Blair, un hombre con convicciones que ha cambiado el partido en vez de pretender cambiar el país como era costumbre de los laboristas clásicos, desde Hugh Gaitskell hasta Neil Kinnock, vive horas bajas. Su participación en la guerra de Iraq le persigue y le ha hecho entrar en contradicciones hasta el punto de que ha perdido la confianza de medio centenar de sus correligionarios diputados laboristas. Su presidencia de la UE se inauguró con un brillante discurso en Bruselas, pero no ha dado nada de sí.

Los gemelos polacos levantan las alfombras de su trágica historia señalando los planes soviéticos en caso de un enfrentamiento nuclear en la guerra fría que habría tenido a Polonia como teatro de las hipotéticas desgracias de un choque con bombas atómicas. Los polacos no han conocido la transición y el actual Gobierno está dispuesto a oscilar el péndulo hacia posiciones intransigentes, tanto en el marco interno como en el ámbito de la Unión Europea.

El éxito de la transición española está a la vista de todos, también de los observadores internacionales que consideraron la historia de nuestro país como una excepción en la construcción democrática de Europa después de las horribles guerras del siglo pasado.

El espíritu de la transición se ha quebrado. Los que la hicieron posible supieron aparcar las diferencias que parecían insuperables y se entregaron a enterrar el pasado para construir un futuro en el que todos pudiéramos sentirnos cómodos dentro de nuestras normales discrepancias.

Los que pretendían la ruptura se equivocaron. Y los que dicen ahora que fue fruto de la frivolidad de unos cuantos, pienso que también.

La transición fue un acto de generosidad de muchos, de la mayoría, que habían vivido directa o indirectamente los horrores de nuestra guerra fratricida y decidieron pasar página. España ha vuelto donde solía, y sólo puede reconducirse la situación si la derecha y la izquierda abandonan sus posiciones extremas y descienden al gran río de la racionalidad, del consenso, del pacto democrático, antes de que sea demasiado tarde y el tumulto organizado por los políticos y sus huestes mediáticas hagan llegar a los ciudadanos la crispación que ha creado un país más virtual que real.