Los neonazis llaman a los grunges nirvanas-cucarachas, hippies de culo sucio; los hippies a los cabezas rapadas les dicen ratas negras apestosas. Los anarconazis, los góticos, los okupas, los makiners, los pelats tienen imaginación oral y sentido de los eslóganes para comparar a las personas con bichos mientras en el debate parlamentario y en las rueda de prensa de los partidos se achicharran unos a otros. Tal es la política, tal es el lenguaje.La manipulación y la propaganda tienen sus leyes y los actuales gobernantes practican los estilos más alejados de la poesía.El debate político es mediocre, insulso, aunque de parecido incivismo al de las tribus urbanas. Unas deplorables leyes de educación han sacado de las escuelas a una multitud de vagos que se pone hasta el culo de droga, una pandilla de perezosos como los protagonistas del cómic Odio, donde ese hijo de puta de Brady Bradley -al estilo del pelo pincho de Los Simpson- balbucea el lenguaje del arrabal.Pero hay que reconocer que el idioma castellano, tan amenazado en Bruselas y en Barcelona, florece en las afueras y se marchita en los palacios y parlamentos. Si los políticos se dieran un garbeo por las afueras, por los trenes abandonados y las tapias de los raperos, descubrirían cómo brotan los vocablos y el arte del desdén.
Los políticos utilizan en el debate el insulto aunque, de momento, en vez de balas usan injurias. ¿Quién dijo que el castellano era la lengua para hablar con Dios? Desde que Alfonso X, uno de los creadores del idioma, descubrió la flor infecunda de la guerra civil hasta nuestros días, el castellano es también un arma de aniquilamiento. «Sol es el Alcázar de Madrid. Esperanza hace trincheras alrededor del edificio», dice Rafael Simancas.Hace unos días, en la sesión de control al Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega acusó a la derecha de hacer oposición desde la rabia y el insulto, calificando al presidente del Gobierno de cobarde, mentiroso y traidor. A José María Aznar le han llamado Milosevic, a los periodistas cerdos y a Zapatero le han acusado de hacerle a Pasqual Maragall un traje que le siente bien a ETA.

Hay un freakismo repetitivo; se usa la brocha gorda sin la gracia rapera de los grafiteros. Aún no han llegado los políticos al estilo nazi de emplear metáforas zoológicas para definir a los contrarios. Es mejor llamar Moscardó a Esperanza que llamarla rata, como denominan los neonazis a los grunges, pero nadie puede predecir hasta dónde van a llegar con las injurias si recordamos que los estoicos avisaron de que la obscenidad en el lenguaje es el primer indicio de la inmoralidad política. Tal es la vida del gobernante, tal su palabra.

Lo más sorprendente es que unos se acusan a otros de sembrar la semilla del odio, de emplear la injuria y la piedra, la rabia y el insulto, cuando acaban de injuriar al adversario o van a empezar a hacerlo.