«El libre comercio no es un principio, sino un recurso de conveniencia», decía hace 200 años el primer ministro británico Benjamin Disraeli. Viendo el panorama de las negociaciones que se desarrollan durante estos días en la Organización Mundial del Comercio (OMC), uno no puede evitar pensar hasta qué punto estaba en lo cierto.
En un artículo publicado en este periódico el jueves pasado, el comisario Peter Mandelson aboga por un comercio mundial basado «en el justo ejercicio de las ventajas comparativas». En realidad, la principal ventaja comparativa de la Unión Europea y de otros países ricos consiste en su capacidad para predicar una cosa y practicar la contraria. Debido a su posición negociadora, Europa se ha convertido, junto con EEUU, en el obstáculo fundamental de la Ronda del Desarrollo con la que se comprometieron hace ahora cuatro años.
El problema es muy simple: los países ricos ofrecen poco y exigen demasiado. Las propuestas que han realizado están por debajo de las expectativas creadas en los temas prioritarios para los países pobres, desde la agricultura hasta el acceso a los medicamentos.En la práctica, los EEUU y la UE han reducido las negociaciones a un juego de trileros en el que las concesiones reales van a ser mínimas, lo cual conduce al proceso a un callejón sin salida.
En ningún ámbito la frustración ha sido mayor que en el de la agricultura. Tras las espectaculares cifras desgranadas en este periódico por Mandelson se esconde una realidad bastante menos impresionante: con esta propuesta Europa no va a recortar en un solo euro el volumen total de apoyo a la agricultura, que en los últimos años ha alcanzado los 70.000 millones de euros anuales. La explicación está en que los compromisos en la OMC se hacen sobre el nivel permitido de gasto, pero no sobre el realmente aplicado. De este modo, la UE podía gastar en el pasado hasta 163.000 millones de euros cada año, y ahora sólo podrá gastar un máximo de 80.000, lo que permite dejar los subsidios tal como están, e incluso incrementarlos en 10.000 millones.Algo parecido se puede decir de EEUU, cuya propuesta implicaría un recorte de sólo el 4% en el conjunto de sus subsidios agrícolas.
La consecuencia es que los dos bloques económicos más ricos podrán continuar en el futuro sus políticas de exportaciones subvencionadas, que hunden los precios internacionales, roban mercados y acaban con los medios de vida de millones de pequeños productores en Africa, Asia y América Latina.
Tampoco se van a lograr concesiones importantes en materia de acceso a mercados para los productos agrarios de los países pobres.Aunque es cierto que la UE ha ofrecido un recorte medio del 46% en sus aranceles, la propuesta incluye una categoría de productos para los que la liberalización va a ser marginal. En la práctica, esta vía permitirá mantener altos niveles de protección en sectores como la leche, el azúcar, o las frutas y vegetales, negando a países en desarrollo más competitivos la posibilidad de generar recursos que financien escuelas, hospitales o carreteras.
A cambio de este ejercicio de contabilidad creativa los países ricos exigen contraprestaciones inaceptables. Las demandas de liberalización en materia de productos industriales y servicios suponen una grave amenaza para muchas economías que se juegan en estos sectores decenas de millones de empleos. Con sus propuestas, la UE exige a los países pobres que hagan en esta ronda una apertura de mercados que ella tardó 50 años en hacer, y se pone en riesgo la regulación del Estado en sectores como la educación, la salud o la provisión de agua potable.
Una verdadera Ronda del Desarrollo debería abandonar estos objetivos y centrarse en encontrar soluciones a problemas como los que se enfrenta Bangladesh, cuyos productos cargan con un arancel 14 veces superior al de Francia a la hora de acceder al mercado estadounidense. Tampoco está resuelto el conflicto entre las reglas de propiedad intelectual y el acceso a medicamentos esenciales.Aunque supuso un paso adelante, el acuerdo alcanzado en la OMC a finales de 2002 deja la puerta abierta a las presiones de las grandes farmacéuticas, cuya influencia sobre el Gobierno de los EEUU ha obstaculizado la comercialización de medicamentos genéricos para tratar pandemias como el SIDA.
A pesar de los clichés utilizados en su artículo por el comisario Mandelson, los beneficios de una reforma profunda del sistema multilateral de comercio no tienen por qué limitarse a los grandes países emergentes, como China, India o Brasil. De hecho, sólo estos tres países concentran más de 600 millones de personas en condiciones de pobreza extrema. Pero, lo que es más importante, es injusto que los beneficios de los países más pobres se obtengan a costa de otros países en desarrollo, mientras las economías más poderosas conservan sus privilegios comerciales.
En realidad, para los políticos de los países ricos es mucho más fácil cargar contra los grandes países en desarrollo que enfrentarse a ciertos lobbies internos. El verdadero problema del medio rural europeo, por ejemplo, no son las exportaciones de los países pobres, sino los intereses creados de un puñado de terratenientes y grandes compañías que gozan de una desproporcionada influencia. Son los mismos que han evitado de forma sistemática la introducción de medidas que garanticen un reparto más justo de las ayudas. Sólo en España, los siete principales perceptores de subsidios agrarios se llevan cada año una cantidad equivalente a la que reciben las 12.500 explotaciones más pequeñas. No se trata de acabar con la protección a la agricultura, sino de orientarla a quienes realmente la necesitan.
Mantener esta situación supondrá el fracaso de la Conferencia de Hong Kong. Será un nuevo clavo en el ataúd de la Ronda del Desarrollo. Tras cuatro años de correr hacia ninguna parte, estas negociaciones no pueden quedar por más tiempo en manos de los ministros de comercio. Es hora de que los líderes políticos muestren cuanto antes su liderazgo.
Gonzalo Fanjul es coordinador de investigaciones de Intermón Oxfam.

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