Hay que decirlo sinceramente: Alemania ha dado, en principio, un ejemplo. De seriedad política, de buen hacer. En definitiva, de voluntad de poner por encima de las naturales divisiones partidistas, el interés del país. El resultado de las elecciones del 18 de septiembre podía haber desembocado en un bloqueo de la viabilidad de cualquier combinación de alianzas. Si hubiera ocurrido así, había que convocar una nueva consulta popular. Pero ir por este camino, alargar la provisionalidad sin la seguridad de que otros comicios despejaran el reparto de escaños parlamentarios, hubiera supuesto la demora en la toma de decisiones importantes cuando es preciso sacar a Alemania de un periodo especialmente crítico.

No es fácil para dos partidos mayoritarios, con sensibilidades distintas, y en tantos aspectos opuestas, dejarlas de lado y concertar un gobierno de coalición. Se juegan, ambos, el descrédito de sus signos de identidad. Y que ello comporte el desgaste en el electorado respectivo. Este tipo de alianzas puede acabar mal. Sobre todo si alguno de los componentes políticos del gobierno cede con oportunismo a la tentación de querer sacar provecho de actuar a la vez como gobierno y oposición.

De entrada, todo ha discurrido con una notable dignidad, con manifiesto propósito de allanar el camino, de evitar estridencias. Schröder ha abandonado la reacción inicial de creerse virtual vencedor. Se ha retirado de la escena política hasta con un punto de elegancia que se agradece. Müntefering, peso pesado del SPD, ha sido sustituido por Matthias Platzek en la jefatura del mismo, pero pasa a ser vicecanciller y ministro del Trabajo y Asuntos Sociales. E incluso Stoiber, el poderoso líder de la CSU, en vez de entrar en el gabinete se ha retirado a su feudo de la presidencia de Baviera, con lo cual evita a la primera ministra Angela Merkel la incómoda presencia de quien tanto le ha tenido en menos. ¿Prefiere reservarse por si la canciller fracasa?

El gobierno es equilibrado entre sus componentes. Tiene, además, la suficiente calidad como para crear confianza. De entrada, se constituye bajo el signo de dos palabras que se vienen repitiendo como marca de credibilidad: lo posible y continuidad. Apostar por la política de lo posible quiere decir, claro, renuncias mutuas. En declaraciones de Angela Merkel a La Vanguardia,"ir más allá de los propósitos muy concretos de cada una de las partes" para resolver los problemas de Alemania de raíz. Y - debe subrayarse- "no limitarse a arrimar cada uno el ascua a su sardina".

Se coloca, pues, por delante a Alemania. Sacarla del bache económico y social. Un objetivo superior común. Pero con distintos, hasta encontrados criterios sobre cómo conseguirlo. El problema es de base. Consiste en saber si tiene sentido o no seguir hablando de economía social de mercado, cuando este último ha roto hasta tal punto las reglas del juego que hablar de protección social parece ya incompatible, un contrasentido.

Por esto el nuevo gobierno alemán tiene como objetivo - difícil, no hay que engañarse- encontrar la manera de liberar la potencia desfogada de las fuerzas económicas, aunque aminorando - recordemos, en lo posible- los sacrificios de una población acostumbrada a un nivel alto de bienestar, de consenso entre el mundo empresarial y del trabajo. Lo que la canciller estima "un nuevo equilibrio entre dinamismo económico y compensación social". Un proyecto que obligará al gobierno de coalición a conciliar puntos de partida alejados. Aunque no tanto, puesto que el gobierno

Schröder, con la Agenda 2010, ya había comenzado a desbrozar el camino hacía dolorosos recortes sociales, incidiendo en una política que en 1999 ocasionó la salida del SPD y su gobierno de Oskar Lafontaine.

Si este problemático equilibrio se consiguiera sin traumas graves, la coalición se habría movido en los márgenes de lo posible y al mismo tiempo haría honor a su propósito de mantener la cohesión de Alemania dentro de una continuidad política, institucional y constitucional que ha sido uno de los rasgos más sobresalientes de su existencia como República Federal desde su fundación después de la gran hecatombe del régimen nazi, la magnitud de sus crímenes y la derrota final.

Una continuidad hasta ahora invariable, en contraste con los avatares traumáticos que han transformado radicalmente Europa. Sobre todo con la caída del comunismo y la desintegración de la URSS y de Yugoslavia. Pero también con trastornos fuera del que fue bloque del Este. En Francia los años azarosos de la IV República, convulsos por la derrota de Vietnam, la guerra y pérdida de Argelia, acompañada de los episodios lastimosos de la rebelión militar y el terrorismo de la OAS que estuvieron muy cerca de provocar una guerra civil y llevaron al poder a de Gaulle, creador de la V República y ejecutor del fin del país como potencia colonial. En Gran Bretaña, la inédita experiencia social del laborismo, y la pérdida sin gloria ni desdoro del imperio más grande e imbatible del mundo, que se confirmó en el intento fallido de la intervención militar en Suez de 1956. El terrorismo del IRA. La fulminante revolución conservadora de Margaret Thatcher, la Dama de Hierro que dio a la que fue Gran Albión su última ilusión de ser la reina de los mares con la guerra de las Malvinas.

La lista es larga. En ella cuentan el golpe de los coroneles en Grecia, la caída de la monarquía, la guerra de Chipre, la restauración de la democracia. En Italia, el seísmo político de la operación judicial Manos Limpias que acabó con los partidos que habían dado forma a la República entorno al eje predominante de la Democracia Cristiana, después de los años de plomo de los setenta, el terrorismo de las Brigadas Rojas que alcanzó su máximo dramatismo con el asesinato de Aldo Moro. En Portugal, la revolución de los claveles. Y en España, la anomalía del franquismo; el terrorismo de ETA y el intento golpista de Tejero.

Mientras tanto, la República Federal de Alemania vivía sin sobresaltos una envidiable estabilidad constitucional en democracia. La alternancia de democristianos y socialistas en el poder, coaligados con los liberales como partido bisagra si hacía falta. Y directamente entre ellos dos, cuando una recesión económica lo requirió. Sólo la ola reivindicativa del 68 alteró esta lograda continuidad. Fueron los tiempos de la banda Bader-Meinhof, que no tuvo tanta incidencia como la revuelta francesa e italiana.

La República Federal de Alemania mantuvo su armonía institucional y política pese a estar en la primera trinchera de la guerra fría, bajo permanente amenaza. En difícil vecindad con la otra Alemania, la comunista, que a veces creaba diferencias internas sobre si debía prevalecer la ruptura o la aproximación de la Ostpolitik, y movimientos pacifistas contrarios a la presión armamentista norteamericana que nunca alteraron seriamente la sólida continuidad política.

Sin embargo, ahora se dan circunstancias susceptibles de hacerlo. La unificación abrió desniveles más profundos de lo esperado entre las que fueron las dos Alemanias. Y el efecto de la globalización económica aumenta las dificultades para superarlos. Pero, aun así, la que fue República Democrática se ha disuelto e incorporado a la normalidad del Estado de derecho de la Carta fundamental sin extraordinarios sobresaltos políticos. Como lo demuestra que ahora una alemana del Este haya accedido a la cancillería al frente de una gran coalición en tiempos conflictivos para Alemania y para Europa en general. Y que también un alemán de la ex RDA ocupe la jefatura del Partido Socialdemócrata. ¿Alemania como nuevo modelo? Veremos.