Zapatero ha explicado a los suyos que su política está desmoronando el proyecto ideológico de Aznar - A los dirigentes regionales les preocupa el exceso de confianza en sí mismo del presidente - El líder del PSOE va a adoptar un nuevo tono más agresivo para evitar parecer inconsistente o incapaz
Nunca ha dejado de hacerlo, pero ahora necesita algunas muletas más que le ayuden a recuperar la fe de los suyos en la repetición de la victoria. El líder socialista se había venido bandeando muy bien hasta ahora en mitad de las tormentas haciendo apelación a una frase que se ha convertido en casi mágica para quienes rodean al presidente del Gobierno. Cuando Zapatero decía a los suyos eso de «confiad en mí», había logrado, hasta hoy, conjurar los miedos y también las desconfianzas de los muy amoscados dirigentes del PSOE sobre la oportunidad de meterse de bruces en las tierras pantanosas de ciertos problemas, el mayor de los cuales ha sido la decisión del propio Zapatero de alentar la aprobación del Estatuto catalán. Pero ahora ha necesitado algo más. El lunes pasado, en la reunión de su Ejecutiva, ya no le bastó con pronunciar la frase mágica, porque las nubes de la tormenta que acecha no se ahuyentan diciendo a los atemorizados feligreses que uno es la verdad y la vida y que quien confíe en uno vivirá eternamente.En sentido político, por supuesto.
Por eso el secretario general del PSOE se lanzó a inyectar en los deslumbrados asistentes una potente carga ideológica en forma de discurso que les devolviera en el entusiasmo en la causa abrazada y su fe en la repetición de la victoria. Esta va a ser la apuesta política de Rodríguez Zapatero de ahora en adelante: por encima de las dificultades concretas, él quiere que no olviden que existe un proyecto «para que pierdan poder los poderosos y lo ganen los ciudadanos». Este es el espíritu de la causa que le anima.
Zapatero explicó a los suyos que es la esencia política del proyecto reformador del PSOE la que explica la resistencia del PP a los cambios propuestos. «Una resistencia que tiene que ver con premisas ideológicas», insistió, y que es la causa de la agitación que produce a la derecha la pérdida del poder político y económico. «Todo esto es lo que se libra dentro del desmoronamiento del proyecto ideológico de Aznar. Es una determinada visión del mundo la que se desmorona», les dijo.
Así fue como el líder quiso recuperar posiciones ante los suyos.Ni que decir tiene que la respuesta de la inmensa mayoría de los miembros de su Ejecutiva, que aplaudió con devoción la determinación y claridad de objetivos de su jefe, fue de entusiasmo sin fisuras.Y eso sucedió hasta el punto de que en esa reunión interna se escuchó decir a uno de los presentes: «Bueno, habrá que taparse los ojos y aprobar el Estatuto que sea». Cierto es que el líder socialista no pretendía tanta sumisión y por eso respondió aclarando inmediatamente al fiel compañero, o compañera, que de ninguna manera, que «el Estatuto que sea, no». Que se aprobará el Estatuto que convenga. Pero lo que interesa subrayar aquí es que en el entorno inmediato de Zapatero hay comunión de opiniones, disciplina en la estrategia y parece ser que entusiasmo renovado ante las capacidades del líder y ante la claridad de la causa que defiende.
Pero, siendo ése un mundo real, y siendo, además, el que tiene en la mano las riendas de la vida política nacional, no es ése el único mundo socialista. El otro mundo, tan cierto y real como el anterior, es el que se desarrolla más allá del perímetro de la almendra que forman la Carrera de San Jerónimo, la calle de Ferraz y el complejo de La Moncloa.
A ese segundo mundo se llega carretera adelante, saliendo de Madrid y llegando hasta donde viven los dirigentes regionales del PSOE, que ya no comparten con el mismo entusiasmo, de ninguna manera, esos mensajes tan cargadamente ideológicos del líder que tan buena acogida encuentran en su equipo más próximo. «En el Comité Federal casi todos son muy nuevos y la Ejecutiva tiene políticamente un peso específico escaso» dicen algunos viejos socialistas con responsabilidades de poder. Ellos se quejan en voz baja de que, con la que está cayendo en materia de reformas estatutarias, no haya sido convocado el Comité Territorial, en el que se sientan los barones, antes tan habladores y que ahora guardan un incómodo silencio. Y allí sí que el presidente escucharía un coro de voces unánimemente disidentes y desnudas de devoción.
«Está demasiado seguro de sí mismo y, encima, casi nadie de su entorno le dice la verdad», dicen quienes tienen memoria de los viejos tiempos y aseguran que «a Zapatero se le dicen muchas menos cosas que a Felipe González». Menos cosas incómodas, quieren decir. La explicación a este trato de casi algodones que el presidente del Gobierno recibe de los suyos hay que buscarla en los ocho años que los socialistas han pasado fuera del poder. La esperanza de volver a gobernar llevó a todos los que tenían influencia a arropar al joven que en julio de 2000 ganaba la secretaría general del PSOE. Si las cosas se dan milagrosamente bien, pensaron, podría incluso llevar al partido hasta La Moncloa. Como así fue.
«Y, después de todo aquello, ahora es demasiado pronto para que el partido se movilice ante los errores del presidente. Todo se nos ha complicado con enorme rapidez. Aún no ha habido tiempo de reaccionar» se justifican algunos veteranos líderes preocupados por el daño que está causando entre sus filas la torpeza de haber sacado con fórceps desde La Moncloa este texto estatutario.
«Confiad en mí», es la respuesta del líder cuando se le plantean las cuestiones más difíciles, como es ésta del Estatuto. Esa apelación, que es hija de lo mucho que él confía en él mismo, no ha conseguido acallar la inquietud creciente entre los militantes de base y los cuadros intermedios de las federaciones regionales.Pero él sigue estando seguro de que muy pronto la ciudadanía acabará por olvidar el amargo trance de la negociación estatutaria y empezará a poner en valor otras banderas de esta izquierda, como la de la política social, que está ahora mismo oscurecida por el espinoso debate territorial. Y que eso les llevará a una victoria electoral mucho más amplia que la actual. «El no tiene dudas sobre lo acertado del camino emprendido», insisten sus colaboradores. Y ya se sabe que quienes no dudan tampoco rectifican.
Y ahora, además de haber anunciado a la opinión pública que nada ni nadie va a alterar su particular hoja de ruta, el presidente ha abandonado las trazas habituales de lo que parecía un risueño talante y las ha sustituido por un tono duro y agresivo, que fue el que exhibió en los últimos debates contra Rajoy y contra Pío García Escudero. Lo que busca Zapatero es darle la vuelta a esa parte de los sondeos de opinión que registran un descenso claro en su popularidad e impedir que la ciudadanía acabe concluyendo que es un hombre inconsistente y, por lo tanto, incapaz.
De ahora en adelante, pues, veremos cómo el presidente del Gobierno recupera el discurso de los valores que él adjudica a la izquierda frente a los intereses de poder de la derecha, pero formulado con una dureza insólita en él. Es la fórmula que ha elegido para superar un bache del que, no tiene ninguna duda, saldrá pronto.«Si recuperamos con fuerza este discurso», advirtió a su Ejecutiva, «nos veremos antes de Navidad habiendo recuperado unas encuestas iguales a las que antes teníamos. Ese es mi pronóstico». Es una de las mil maneras que tiene de decirles eso de lo que está tan convencido: «Confiad en mí».
victoria.prego@elmundo.es

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