José Montilla está en el centro del huracán por gestionar personalmente la cuestión del crédito de la Caixa al PSC. Felipe González o Jordi Pujol tenían a su servicio personas leales dispuestas a inmolarse por ellos en este tipo de asuntos.Los principales 'reflejos oscuros' de Pujol, Lluís Prenafeta y Macià Alavedra, siguen en activo y, para sorpresa de muchos, andan haciendo negocios juntos.

Una de las lecciones que sin duda aprenderá José Montilla del episodio de los intereses crediticios condonados por la Caixa al PSC -y, de rebote, Isidre Fainé y Ricardo Fornesa- es que cuando uno alcanza el PODER, así con mayúscula, cuando está en la cima de las decisiones de un país, cualquier asunto que pueda resultar perjudicial para la imagen de uno, por mucho que uno sea el autor intelectual, debe ser ventilado por un subalterno leal dispuesto a arder en el Infierno si es necesario, antes que señalar a su jefe. Ahí está, sin ir más lejos Felipe González.Hay muy poco margen para la duda de que González fuera el señor X, el fundador intelectual de los GAL y responsable último de los 23 crímenes de Estado de la organización terrorista. Pero González eligió bien a sus sicarios. Los Barrionuevo, Vera o Elorriaga jamás confesarán que las órdenes las daba el presidente del Gobierno. Montilla no tenía un solo maestro del que aprender cómo ejercer el poder de manera absoluta y mantener, al mismo tiempo, una imagen inmaculada ante su parroquia. La carrera política del ministro se ha forjado en Cataluña, donde Jordi Pujol ha resistido todo tipo de ataques -muchos de ellos justificados- por su manera de administrar el poder, y ha logrado retirarse invicto tras 23 años y medio de hegemonía política.
Los años de persecución sufridos por Jordi Pujol le habían enseñado que no debía figurar directamente como financiador de las acciones ciudadanas de oposición al corrupto Estado franquista. Como hombre fuerte de Banca Catalana se había convertido en el más importante mecenas de Cataluña. Pero ya en su época al frente del banco había descubierto hasta qué punto resultaba útil la utilización de fontaneros, cuando recurrió a los servicios del uruguayo Joan García Grau para administrar las aportaciones que entregaba a los militantes antifranquistas. Eso sí, cuando dio el salto definitivo a la política en 1976, bajó la guardia.

No podía negar su liderazgo al frente de Banca Catalana, entre otras cosas porque buena parte de su currículo de atípico luchador antifranquista se había fraguado en los despachos de la sede barcelonesa del banco. Al estallar la crisis de Banca Catalana recuperaría las técnicas que había creído dejar atrás cuando se decidió a hacer política. Durante largos años siguió ejerciendo como agitador desde la presidencia de la Generalitat. El cargo, sin embargo, le había otorgado una imagen de hombre con responsabilidad de Estado que no podía permitirse erosionar apareciendo como un simple activista. Un reducido núcleo de fieles colaboradores se ocuparon de desarrollar las funciones non sanctas del presidente de la Generalitat.

Fueron, en su mayoría, auténticos inspiradores de las políticas de Pujol y colaboradores leales, dispuestos a quemarse por Pujol.Acabarían subordinando sus propias ambiciones políticas a las de Pujol y convertirían la misión de mantener al president en el cargo en auténtica religión.

Pasarán a la historia como hombres de dudosa catadura moral, tentados por la corrupción. No siempre actuaron movidos por las mismas razones. Para unos, era el reto de poner en práctica las enseñanzas de Nicolás Maquiavelo, cuya obra, El príncipe, se había convertido en el libro de cabecera. Para otros, participar en las actividades más arriesgadas les confería un halo de líderes en la sombra, de dueños de los secretos que cubrían con creces sus elevadas dosis de vanidad.

Sin duda los reflejos oscuros del antiguo presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, más importantes tanto por su eficiencia como por lo fascinante de sus propias figuras han sido Lluís Prenafeta y Macià Alavedra. Ambos se encargaron de gestionar las relaciones del Palau de la Generalitat con lo peor del hampa barcelonesa de guante blanco, representada por los principales líderes del Clan de los Mentirosos de Cataluña, Javier de la Rosa, Juan Piqué Vidal y Lluís Pascual Estevill. Y acabarían por pagarlo con el abrupto final de sus carreras políticas, en el ojo del huracán y asediados por la Prensa y la Justicia. A pesar de ello, durante todos estos años jamás han traicionado a Pujol.

Prenafeta nació en el popular barrio barcelonés de Sants el 17 de marzo de 1939. Este pequeño -sólo en estatura, apenas supera el metro y medio- hombre de negocios se convirtió en el más leal colaborador del Jordi Pujol desde su elección como presidente de la Generalitat en abril de 1980 hasta el 1 de junio de 1990, cuando dimitió para evitar la sensación de que podía llegar a convertirse «de manera inexorable, en un burócrata».

Prenafeta puede ser muchas cosas, pero si hay una que no será jamás es un burócrata. Cuando se acude a la cita con él en algún conocido restaurante de Barcelona y es recibi-do por un hombre sesentón bien conservado atrincherado tras una mesa desbordada de mariscos, la imagen evoca otras muchas cosas. Macià Alavedra, que sucedió a Prenafeta como encargado de los asuntos turbios de Palau, es muy diferente de su predecesor en tan singular cometido.Cuando Pujol habla de la lealtad que les une suele afirmar enigmático: «Cuando se ha compartido habitación durante mucho tiempo, el grado de intimidad es muy alto».

Alavedra es un patricio, heredero de una distinguida familia catalana. Los perfiles de Prenafeta y Alavedra, a pesar de tener en común su devoción por Pujol, son tan distintos que hicieron de ellos adversarios irreconciliables. Unicamente la consolidación de Artur Mas como heredero de Pujol en CiU, con el aval del entorno familiar del ex president puede haber reconciliado a estos dos personajes hasta el punto de aparecer públicamente el uno junto al otro a la busca de inversores para la Europa del Este en lo que parece un negocio conjunto.