Ahora Leviatán no es una gran bestia marina sino un helicóptero que aterriza entre alfombras, tapices, guardaespaldas, escoltas, comités de sabios, fontaneros y asesores cuando los chopos se agachan. No creo que aquel José Luis Rodríguez Zapatero que juró que no le cambiaría el poder se haya convertido, como casi todos, en un hijo más del orgullo del monstruo. ¿Entre las decenas de esos asesores y carburatas no hay ninguno que le diga al oído que su Gobierno débil, tambaleante, amenazado por todas partes, no puede pringarse además en el chupito, el cohecho y el soborno? Es muy difícil ser áulico sin ser adulador, sin mentir; ya se lo preguntó Juvenal, tapándose las narices sobre la cloaca máxima -«¿qué haré en Roma sin saber mentir?»-. Pero sería menester que alguno de sus más brillantes consejeros -José Enrique Serrano, Torres Mora- le dijera al presidente que José Montilla tiene que irse.
No hay que haber leído a Karl Popper para saber que los políticos suelen estar por debajo de la media intelectual y moral, que practican la mordida -junto a la prostitución una de las dos profesiones más antiguas del mundo-, pero es demasié para nuestros bodis que siga con la cartera en la mano, sentado en el banco azul, ese ministro de ojos búlgaros y sonrisa de cartel, el que usó las uñas de lagartijero para financiar ilegalmente a su partido.
José Luis Rodríguez Zapatero llegó después de aquella corrupción que asoló a la Europa de los años 80. Sólo en Italia desaparecieron de las arcas públicas 20.000 millones y fueron procesados mil políticos y dirigentes empresariales. Con anterioridad a las décadas de los 80 y 90, para forrarse se utilizaba la trata, el diamante, el petróleo o la usura; en esa década se alcanzaban mil millones sólo con barajar pedazos de papel y complicidad de los políticos organizados en gangs; los gobiernos subastaban bancos, urdían OPAS, privatizaban compañías y las entregaban a sus amigos. Los embajadores pagaban la mordida de los trenes a los partidos.
Ese no es el tiempo ni el estilo de Zapatero, aunque son murmuraciones maliciosas de la caverna mediática que uno de sus ministros haya aceptado condonaciones de créditos y además sea juez y parte de una OPA rencorosa gigantesca. Al actual Ejecutivo no le vale para nada decir que la derecha utiliza los mismos procedimientos.La táctica del ventilador es vil.
Si el presidente no suelta el lastre de Montilla, como hizo Odiseo por consejo de la diosa cuando se ahogaba en la endeble balsa, el escándalo arrastrará a su Gobierno. Debería quitar de la mesa del Consejo a los posibles implicados porque, como dijo uno de los maestros de la democracia, el único modo de orientarse en el porvenir es hacerse cargo de lo que ha sido el pasado cuyo contorno es inequívoco, fijo e inmutable.
Tiene que darle una puerta a Montilla si no quiere ser pillado por la purga.

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