Hace unos días este periódico nos informaba de que la inflación interanual se situó en España el pasado mes de octubre en el 3,5 por ciento, resultando dos décimas inferior al de septiembre. Un ligero descenso del precio de los carburantes, de un 0,7 por ciento respecto a septiembre, propició que la escalada del IPC se frenara. Sin embargo, los últimos informes del Fondo Monetario Internacional (FMI) presentan un programa de precios altos para las próximas dos décadas y pide a los países que se preparen para afrontar un shock petrolero permanente. Y es que pocas cosas dan tanto miedo como la evolución del «oro negro», causante en los últimos años de tres crisis económicas de mayor o menor gravedad (1973, 1979 y 1990-91, por la guerra del Golfo).

El director gerente del FMI, el asturiano Rodrigo Rato, anunció hace un par de meses que «el petróleo se ha convertido en una amenaza para la economía mundial», añadiendo que la actual crisis se debía al aumento de la demanda de crudo, sobre todo por las economías emergentes de Asia. Los precios están en unos niveles increíblemente altos, en estos momentos rondando los 60 dólares el barril; China se está convirtiendo en un consumidor tan importante como Estados Unidos a toda velocidad; el conflicto en Oriente Medio amenaza a los suministros, y se asegura que no queda mucho petróleo; y lo que queda deberíamos dejarlo para otros fines. Del petróleo se obtienen innumerables productos, ¿qué haríamos hoy día sin los plásticos?, estimando sus reservas en no más de 40 años (BP, 2004). Por otra parte, algunos funcionarios del FMI creen que las grandes petroleras están funcionando con un excesivo conservadurismo, ya que sus planes de negocio siguen apoyándose en precios, en el medio plazo, de entre 20 y 30 dólares, un nivel que según algunos analistas no va a volver a alcanzarse. A eso se suman las regulaciones medioambientales y el rechazo popular a la construcción de plantas petroquímicas. Eso hace que las empresas realicen menos inversiones de explotación de las necesarias y, por tanto, sólo pueden satisfacer las necesidades actuales de crecimiento mundial, ¿y las futuras?

Seis de las siete centrales nucleares que actualmente existen en España tienen por directores a ingenieros asturianos formados en la Escuela de Ingenieros de Minas de Oviedo, de la que fue catedrático de Energía Nuclear León Garzón, y opinan que la tecnología puede sustituir sin gran coste social el salto de una economía fundamentada en el petróleo a otra sostenida en el uso de la energía nuclear. El mismo ministro de Industria, Turismo y Comercio, José Montilla, admitió este verano que España no puede prescindir de la energía nuclear, asegurando que sería una «insensatez por parte de cualquier responsable político proponérselo tal cual». Sorprenden estas declaraciones del Ministro, ya que el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, presume de «ser el más antinuclear», a pesar de que en España existen investigadores y técnicos muy cualificados en esta materia que podía tenerlos de asesores. Expertos asturianos y directores de centrales nucleares como Vega de Seoane, Candás Villar o Jaime Suárez han manifestado en repetidas ocasiones que la energía nuclear es buena, segura y barata. Se trata de una energía limpia, que no produce gases de efecto invernadero, cuya producción requiere muy poca cantidad de materia prima y apenas produce residuos. La materia prima, el uranio, se encuentra en abundancia en la naturaleza, hasta en España, que no tiene grandes yacimientos de materias primas, el uranio y su uso en las centrales para producir electricidad garantizan la autonomía de suministros y la independencia energética.

Actualmente existen en el mundo unas 450 centrales nucleares, a las que hay que agregar unas 60 más que se están instalando en China, India, Japón y Europa del Este. Hasta en Islandia, país muy desarrollado y gran defensor del medio ambiente se están poniendo en marcha centrales nucleares.

El riesgo de accidente grave en una central nuclear bien construida y manejada es muy bajo. El núcleo del reactor está colocado dentro de una vasija gigantesca de acero diseñada para que, si ocurre un accidente, no salga la radiación al ambiente y, junto con el generador de vapor, están colocados en un edificio con grandes medidas de seguridad: con paredes de hormigón armado de uno o dos metros de espesor diseñados para soportar terremotos, huracanes y hasta colisiones de aviones. La probabilidad de que ocurran accidentes es muy baja; la seguridad absoluta no existe en ninguna planta industrial en el mundo, ni en ninguna actividad humana. Una planta nuclear típica no puede explotar como si fuera una bomba atómica, ya que en ella se genera energía en forma lenta. Salvo dos casos con los que se machaca una y otra vez, el de Three Mile Island (1979) en EE UU, que no hubo desgracia alguna debido al sistema de contención del reactor, y la de Chernobyl (1986) en la antigua URSS, donde jugaron de forma decisiva aspectos políticos y construida con muy deficientes medidas de seguridad; se produjeron 31 muertos, y numerosas desgracias han hecho que en muchos países la opinión pública se haya opuesto a la construcción o ampliación de los programas nucleares.

El principal problema de las centrales nucleares se argumenta en el almacenamiento de los residuos. A medio plazo hay una solución bastante buena, aunque no definitiva, que es almacenarlos en un almacén temporal centralizado en recipientes de acero y hormigón, resolviendo el problema para los próximos cien años. Otra solución es enterrarlos en simas profundas quedando para siempre en esta situación.

La energía nuclear es fundamental para asegurar el abastecimiento de la industria en su futuro, un futuro más bien próximo, aseguran los expertos citados anteriormente, ya que en España no tenemos materias primas energéticas y nuestra dependencia no puede estar en manos de países terceros.

Ramón Artime Garrucho es químico y directivo del Ateneo Jovellanos.