El grupo Prisa -es decir, «El País», Cadena SER, Televisión Cuatro, Canal Plus, Localia, Santillana, etcétera- han comprado un 17,69% de las acciones del diario francés «Le Monde» y sitúa a Jesús Polanco y a Juan Luis Cebrián en el consejo de administración de esa sociedad. La operación ha supuesto un desembolso de 24 millones de euros y debe interpretarse como una importante apuesta editorial porque se trata de una de las cabeceras más prestigiosas del mercado y un referente indiscutible del llamado periodismo de calidad. Imaginar algo así hace años sería considerado un atrevimiento porque las empresas periodísticas españolas no tenían peso económico, ni tradición democrática, ni tampoco eran un escaparate cultural atractivo para el gusto europeo. Por lo tanto, que un grupo capitalista español pueda comprar una cuota de poder en una plataforma de la «intelligentsia» francesa representa una inversión de tendencia muy notable. Y, más aún si tenemos en cuenta la secular influencia del país vecino en tantos aspectos de nuestra vida cultural y económica. No obstante, también hay que señalar que «Le Monde» ya no es lo que era, y soporta una grave crisis financiera que ha concluido con la entrada de nuevos socios, entre ellos el grupo Prisa. A todo ello ha venido a sumarse recientemente una crisis de credibilidad, cuando dos conocidos periodistas, Pierre Pean y Philipe Cohen, publicaron un libro titulado «La cara oculta de "Le Monde"», en el que denunciaban la complicidad del medio con la ocultación de algunas maniobras especulativas. Sea lo que fuere, el vespertino francés tuvo una trayectoria gloriosa desde su fundación, en 1944, recién liberado París de la ocupación nazi. Durante muchos años fue un símbolo de respetabilidad, credibilidad e independencia, y todos los periodistas envidiábamos su estructura societaria, que permitía a los redactores tener un importante paquete de acciones y una influencia editorial decisiva. En la España franquista, leer «Le Monde» era un signo de distinción intelectual y un claro signo de disidencia política. Recuerdo que un íntimo amigo de mi padre, el magistrado Román Prego, hombre metódico y de costumbres fijas, solía ir de paseo y al café con un ejemplar bajo el brazo, y era muy admirado por ello. Entre llevar «Le Monde» o -pongamos por caso- el «ABC», el «Ya» o el «Pueblo» de Emilio Romero había una distancia sideral. Era, por así decirlo, una declaración de intenciones. Ahora, una parte de «Le Monde» ha caído en las manos de los editores de «El País», que es el órgano oficioso de la burguesía española, progresista y acomodada (la burguesía reaccionaria lee otros periódicos). Habrá que ver cuál es el resultado de la reestructuración accionarial de «Le Monde», cuyos nuevos dueños nos prometen una información serena, atractiva, bien organizada y legible. Queda por comprobar si también será veraz e independiente.