Le castré porque no era mío, de Carlos Boyero en El Mundo
El enunciado para cualquier persona normal, para un habitante racional de un universo desarrollado, es tremendo: Día Internacional para la eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Nos han contado con escasa seriedad científica y como dogma de fe que los dos primeros seres humanos en poblar este eterno valle de lágrimas fueron un tío y una tía. Tampoco especifican si la presencia de ella era debida a la fuerza mayor de perpetuar la especie engendrando descendientes, o porque no es bueno que el hombre esté solo, o a que el supremo hacedor intuía que la heterosexualidad iba a ser mayoritaria en las aficiones sexuales de sus marionetas en posesión de alma y de genitales.
Cuando miras estadísticas de señoras asesinadas por sus machos de diversas formas, por pasión excesiva, por celos, por abuso de propiedad privada, porque iban puestos todas las noches al regresar a casa, porque sus esclavas ya no querían follar con ellos, porque tenían sensación de fracaso en el trabajo y en la vida, porque se sentían fiscalizados o agobiados, porque necesitaban descargar a hostias su dominio, porque habían sido maltratados en su infancia y les quedaba el gusanillo sadomasoquista de ejercer de verdugos con la débil para comprobar si eso facilita el orgasmo físico y mental o simplemente calma el dolor, porque eran biológica, vocacional o emocionalmente unos hijos de perra, porque...
Y sé de bestias femeninas que se ensañan con sus hijos, y sé de viejos que nos han servido bien y que sufren desamparo, agresividad, el cruel e injusto castigo de sus vástagos, y sé de mujeres malvadas que han convertido en un infierno la existencia del hombre frágil, o acobardado, o impotente ante la tempestad, y que siempre intentó ser legal en sus compromisos.
Pero si buscas datos y estadísticas, esas cositas tan implacables que en contra de nuestros anhelos o de nuestras ilusiones jamás mienten, descubres que las únicas que se van a criar malvas por la asesina voluntad de sus machos son las mujeres, que está meridianamente claro en cualquier sociedad desarrollada o subdesarrollada quién es el dueño de la casa, que ellas pueden ser expertas en maltrato psicológico pero que no degüellan, estrangulan, queman, tirotean, apalean al fulano que se convirtió en su pareja.
Y veo múltiples y puntuales reportajes y entrevistas sobre temática tan salvajemente ancestral. Pero todo me suena desgraciadamente a ya visto, ya comprobado, ya sentido, ya aborrecido. Incluyo en género tan humanista e inaplazable el cuidado documental que produce Elías Querejeta y dirige Azucena Rodríguez titulado Voces encadenadas. Cuenta una cría: «Llegaba a casa y tenía miedo.Vivir con el miedo te priva de la infancia». ¿Quién decía «no hay que temer más que al miedo»? Benditas sean las valientes, las que tienen el coraje de arrancarle los huevos a su torturador.
