NO PARECE que la asignatura de religión sea la cosa más importante que tenemos entre manos los españoles a la hora de organizar cómo debe ser la educación de nuestros hijos. Sin embargo, éste es el asunto que más ha enrabietado a los integrantes de la Concapa, esa asociación de padres de alumnos declaradamente católica. Dice su portavoz, Luís Carbonel, que no es competencia del Estado organizar la educación de los españoles (¡!). No creo que haya asunto de más interés de Estado, de más importancia para todos los españoles, que la organización de la formación de nuestros niños y adolescentes. En un Estado que algunos quieren menguante e insolidario, no hay asunto que mejor dote de carácter ciudadano a sus habitantes que el diseño de la enseñanza por el propio Estado, y no por otras instancias, por muy llenas de fe que estén.

Me hubiera encantado que la multitudinaria manifestación realizada hace unos días en Madrid hubiera tenido como lema «Por una mejora en la enseñanza de las matemáticas que llegue también a los de letras»; o, «Porque nuestros hijos descubran el placer de los buenos libros»; o «Para que nuestros hijos sepan escribir y hablar correctamente». Me hubiese apuntado corriendo a la marcha. Pero no. La manifestación ha dejado en el aire un aroma de rabia por la pérdida de privilegios que, en cualquier caso, no se los habría arrebatado el actual Gobierno socialista, aunque sólo sea porque no le ha dado tiempo.

Quizá la jerarquía de la Iglesia católica debería abrir una reflexión sobre los cambios experimentados en la sociedad española en los últimos años, sobre el creciente proceso de desapego de la religión por parte de millones de españoles, sobre la pérdida de influencia de la Iglesia católica en la vida de los españoles. Parece lógico. No creo que puedan echar la culpa de esta evidencia a nadie. Nadie parece culpable de que en algunas comunidades haya más matrimonios civiles que por la Iglesia y que la mayoría de éstos, como tantas comuniones, tengan un carácter más festivo que estrictamente religioso. Quizá deban plantearse por qué en los últimas semanas -dos manifestaciones en cinco meses- la jerarquía de la Iglesia católica es un emisor continuo de malas noticias, un propagador de palabras de enfado e irritación, y eso que la palabra evangelio , etimológicamente, significa buena nueva , buenas noticias .

El debate hoy es cómo mejorar la calidad de la enseñanza, cómo preparar a nuestros hijos en destrezas técnicas, en métodos de trabajo, en conocimientos humanísticos, en idiomas; en valores cívicos. Sí, en valores cívicos. Dice Carbonel que esa educación en valores es como la formación del espíritu nacional. A este hombre hay que explicarle que no es lo mismo la dictadura franquista que la democracia constitucional; que no es lo mismo la Falange que los partidos democráticos. Tienen los responsables de la Iglesia española todo el derecho a manifestarse, lo hacen gracias a una Constitución que los ampara y que no existía en los tiempos en los que el anterior jefe del Estado entraba bajo palio en las iglesias, pero no pueden confundirnos con problemas que no son los más urgentes.