EL capitán Charles Cunningham Boycott manejaba con mano de hierro las fincas del terrateniente absentista Lord Earne. La Irish Land League, que trataba de reformar el sistema de tenencia de la tierra, le pidió en 1880 una reducción en el precio de los arrendamientos. El capitán se negó. Para obligarle a ceder, la Liga decidió suspender todo tipo de tratos con él: los jornaleros se negaron a trabajar, los comercios a venderle comida, el correo dejó de enviar sus cartas; hasta tuvo que reclutar trabajadores de Irlanda del Norte para recoger la cosecha. El «Times» encontró un nombre para esa nueva forma de presión: había nacido la palabra boicot. Y ha hecho historia.

En 1915, Gandhi llamó en la India a boicotear los productos ingleses. Fue la primera de las acciones que permitieron al país recuperar su independencia en 1947. Hace 50 años, una costurera negra de Alabama llamada Rose Parks se negó a ceder su asiento a un blanco en un autobús. Los líderes de los derechos civiles organizaron un boicot a la compañía al frente del cual pusieron al pastor negro Martin Luther King. Un año después, la Corte Suprema de Estados Unidos declaró inconstitucional la segregación en los autobuses. La abolición del «apartheid» en Suráfrica comenzó con un boicot contra Shell, Kellogg´s y Coca Cola. La suspensión de las pruebas nucleares francesas en la Polinesia tuvo su origen en un boicot a la industria vitícola francesa. Las empresas estadounidenses dejaron de financiar la discriminación contra los católicos en Irlanda del Norte tras un boicot de 12 años contra Ford Motors, que terminó en 1998. Scott Paper abandonó sus planes de establecer una plantación de eucaliptos y una fábrica de papel en Indonesia cinco días después de que Survival International amenazara con un boicot a sus productos en el Reino Unido porque sus planes amenazaban la supervivencia de los pueblos indígenas. A lo mejor por eso el «conseller primer» de la Generalitat empieza a estar tan nervioso.