En los primeros años de la transición que estos días se conmemora y se discute, recuerdo una asamblea universitaria en la que participaban gentes de distintas facultades de nuestra alma máter. Había una encendida discusión entre un izquierdista irreductible (no viene al caso referir cómo fue la evolución política del personaje que traemos) frente a su antagonista dialéctico, que estaba por el posibilismo. Cerró el rifirrafe este último con una frase que no olvidaré jamás:

-Hay que tener en cuenta les necesidaes operatives de les mases.

Silencio hubo. Gestos elocuentes, también. Y la sesuda asamblea se disolvió entre corrillos que se dispersaban con todo tipo de rumores. Alguien dijo, ya en tertulia de café, descubriendo el Mediterráneo, que Lenin jamás se hubiese pronunciado de aquella guisa.

Era un tiempo de gestos que aspiraban a explicarlo y a abarcarlo todo. Gestos a la salida de las películas de arte y ensayo. Gestos en los que muchos parecían estar convencidos de que lo que se cocía en sus mentideros iba verdaderamente a algún sitio. Gestos, para nosotros, entonces incautos adolescentes, escenificados por nuestros hermanos mayores, generacionalmente hablando. ¡Dios mío, tenían todas las claves, nada escapaba a sus pesquisas, a sus hermenéuticas y propedéuticas. De palabrería no andaban mal. Estaban informados de cuanto sucedía en el extranjero y vaticinaban lo que ocurriría en nuestro país al cabo de poco tiempo. Eran sabios, omniscientes y hasta chiripitifláuticos.

En la ciudad de Vetusta, entre el rojerío sesentayochista (todos habían estado en París aquel mayo glorioso), llegó a discutirse (no sé si al fin se dilucidó) si era más propio hablar de «engarradiella» de clases, o si convenía más «griesca» de clases. Los había también que decían ser militantes de base de partidos políticos del rojerío y llegaron a poner en su orden del día, en la cafetería de la Facultad correspondiente, si se decantaban o no por aceptar la monarquía accidentalmente. Y no es del todo improbable que barruntasen para su magín que el Pentágono, o el KGB estuvieran pendientes de sus deliberaciones.

Luego todo fue transcurriendo con inusitada rapidez, hasta que llegó el triunfo del felipismo en 1982. Hasta que se agudizó y extremó la crisis en el PCE tras el desencuentro entre Gerardo Iglesias y Carrillo. Hasta que muchas gentes, a la izquierda del PCE, desembarcaron «masivamente» en el PSOE. Hasta que llegó la caída del caballo y se hicieron realistas, llevando al sumidero del olvido sus discursos más radicales.

No estamos hablando de adaptaciones, evoluciones más o menos lógicas, sino de caídas del caballo, de quedarse obnubilados ante no se sabe bien qué luces que manifestaban que las ideologías no sólo no cotizaban al alza, sino que ni siquiera cotizaban.

El bagaje de conocimientos que decían tener aquellas gentes sobre el cine más sesudo (no era tiempo para la X en la segunda sílaba en lo que a divagaciones se refiere), sobre la guerra de Vietnam, sobre el Mayo del sesenta y ocho, y sobre quién sabe qué amplio arsenal de cosas, apabullaba. No éramos nosotros los examinadores, ni ellos los examinados. Pero aquello se insinuaba inconsistente y, pasados los años, se manifestó fraudulento.

A veces, aquejados de malevolencia, llegamos a creer que en realidad no cambiaron, que fueron siempre lo mismo y los mismos, es decir, el esnobismo como impedimenta y advenedizos del discurso que más y mejor conviene.

«Les necesidaes operatives de les mases». ¿Cómo eran, Díos mío, cómo eran las tales necesidades? ¿Eran sus mentores ajenos a las tales necesidades y eran también los mentados y patrocinados ajenos a sus espontáneos salvaguardas? Pues sí.

¿Qué habían leído, o qué habían podido leer, más allá de refritos más o menos panfletarios? ¿Qué se hizo de aquel izquierdismo? ¿Su misión en la Historia consistía acaso en dar la razón a quienes se maliciaban que detrás de todo aquello había poco menos que esnobismo?

¡Qué generación la del sesentayochismo! ¡Generación tapón que estuvo en el sitio y en el lugar adecuados para situarse y para taponar! Los definió muy bien Eduardo Subirats: «Fue ésta una generación de ruptura. (...) Se identificó con la filosofía positivista y las utopías artísticas del período inaugural de la modernidad europea de este siglo, asumió una ética social igualitaria y acarició las fantasías de una revolución sexual. Pero una voracidad trascendente de poder y una voluntad conciliar de convertir valores, doctrinas, símbolos y objetivos en elementos de una nueva cruzada han acabado por entreabrir las puertas a lo que aparentemente negaba».( 1)

Yo me quedo con el episodio referido como anécdota de un tiempo y de un país. Como etiqueta de una generación que, jubilada y prejubilada, está encantada de haberse conocido. Y jubilosa por haber descubierto un mundo que los deslumbró y captó en tanto nuevos ricos que fueron y que siguen siendo. Nuevos ricos de la política con minúsculas. Adalides de la impostura y de la estupidez. Nunca sabrán quién fue el Frederic flaubertiano de «La educación sentimental», ni el Jack de Daudet.

Por cierto, nuestra novela de la transición, nuestra «Educación sentimental» está por escribir. O por publicar.

1 Eduardo Subirats. España miradas de fin de siglo. Akal. Madrid, 1995. Páginas 135 y 136.