Españoles, Franco ha muerto". Recuerdo como si fuera hoy aquellas palabras de Arias Navarro, entonces Presidente del Gobierno, anunciando la muerte del dictador el 20 de noviembre de 1975. Han pasado treinta años. Era una noticia que todos aquellos- muy poquitos- que habíamos luchado contra su régimen esperábamos desde hacía mucho tiempo. Con toda razón pensábamos que sin el Caudillo este régimen no podría sobrevivir. No sabemos- no lo sabremos nunca- que habría pasado si su natural sucesor, el almirante Carrero Blanco, le hubiese sobrevivido.

La transición a la democracia sería sin duda un poco más difícil todavía de lo que ya fue. Pero en cualquier caso creo que se hubiera producido igual. Algunos hombres tienen sin duda mucha influencia en la historia. Pero no tanta como para impedir los cambios políticos cuando éstos están muy maduros. Como lo estaba en la España de mediados de los setenta.

EN REALIDAD, a esas alturas la mayor parte de los españoles veía al franquismo como una antigüalla. Los profundos cambios económicos y sociales que se habían ido produciendo desde comienzos de los años sesenta (desarrollo industrial, éxodo del campo a la ciudad, emigración a los países más desarrollados de Europa y entrada masiva de turistas) eran incompatibles con la ideología política y con la arquitectura jurídica de un régimen de claras raíces fascistas, nacido de una larga y cruel guerra civil. A la clase obrera y a muy amplios sectores de las clases medias la supervivencia del franquismo les resultaba cada vez más insoportable.

Incluso después del Concilio Vaticano II numerosos sectores de la Iglesia católica se habían ido distanciando de un régimen al que, excepto en el País Vasco, habían prestado su decisivo apoyo en 1936, salvo honrosas excepciones. El otro gran pilar del franquismo, el ejército, se mantuvo unido en torno a su Jefe máximo, pero incluso entre sus filas aparecieron en los años setenta algunos oficiales disidentes, que se entusiasmaron con la Revolución de los Claveles en el vecino país, que hizo caer una dictadura todavía más larga que la de Franco.

Hoy sólo una exigua minoría echa de menos al General ferrolano. Pero no fueron pocos los que en su día le apoyaron. Muchos más de lo que decía la propaganda hostil. Sólo la clase obrera, la industrial y los jornaleros del campo, se le opuso casi en bloque. La represión y la indudable labor desplegada por el régimen en materia de vivienda, salud y seguridad social, fueron debilitando este masivo rechazo, pero es innegable que fue la clase obrera la que de forma más tenaz- y a veces heroica- se opuso a la dictadura.

Entre las clases medias, como en los toros, división de opiniones. Ya había ocurrido lo mismo durante la II República. De esas clases había salido la mayor parte de los intelectuales fascistas, pero también la flor y nata de la intelectualidad liberal e incluso- no se olvide- de la socialista: Negrín, Araquistain, Besteiro, De los Ríos.

Fue precisamente entre los sectores más ilustrados de las clases medias en donde el franquismo rompió no pocas tradiciones familiares. Muchos padres que habían hecho la guerra al lado de Franco vieron como sus hijos enarbolaban las banderas de los vencidos. Pocas veces ocurrió al revés. En realidad, la reconciliación nacional- que fue ya una realidad a partir de los disturbios estudiantiles de 1956- no la llevaron a cabo tanto los que hicieron la guerra como sus hijos. Los de los vencidos y los de los vencedores. Y sobre ella- y sobre los cambios económicos y sociales a los que antes aludí- se edificaría la Transición a la democracia.

TRES DECADAS después de la muerte de Franco, considero al franquismo una triste pérdida de tiempo, que truncó la esperanzadora alternativa liberaldemocrática que algunos (la verdad que no demasiados) defendieron durante la II Républica frente a los extremismos de derecha e izquierda y que retrasó la incorporación de España a la Europa libre, nacida después de la II Guerra Mundial.

Los años transcurridos desde la muerte del dictador no me han hecho cambiar el juicio negativo de su régimen, que no dejé de reprobar desde mi adolescencia y al que, ya en la Universidad compostelana durante la primera mitad de los setenta, combatí activamente. Como descendiente de vencedores, algunos muy estrechamente ligados al propio dictador, yo no me opuse al franquismo por razones familiares, sino porque lo consideraba un régimen éticamente reprobable y estéticamente deplorable, como algunos de mis compañeros de estudios (la verdad es que muy poquitos).

DEBO añadir, no obstante, que lo que entonces defendía como alternativa, una república de inspiración comunista, me parece hoy un sistema político abominable. En eso sí que he cambiado de opinión, como casi todos los que por aquel entonces defendíamos el comunismo (en sus diversas variantes), entre otras cosas porque había muy pocos demócratas liberales y los pocos que había apenas tenían influencia entre los estudiantes.

Y puede decirse lo mismo de los socialdemócratas, pues buena parte de los entonces escasos militantes del PSOE (ausentes por completo durante mis años estudiantiles) se declaraban marxistas revolucionarios. El aprendizaje de la libertad- acaso imposible en una dictadura- tuvimos que hacerlo después. Sólos. Sin demasiadas guías. Acostumbrándonos a pensar por nosotros mismos Y para ese aprendizaje fue necesario distanciarse, no sin dolor, de muchos antifranquistas e incluso del antifranquismo, que no murió, ni mucho menos, con Franco.

Joaquín Varela. Catedrático de Derecho Constitucional.