Se alumbraba tensa la tarde de ayer en el Congreso de los Diputados. Hacía cinco semanas -¡nada menos que cinco semanas!- que no había sesión de control, y sus señorías tenían ganas de verse las caras, de tirarse los trastos a la cabeza y de darse caña mutua, que para eso están los ánimos soliviantados a cuenta del Estatut, de las encuestas, de la OPA, de la COPE, de la LOE, de Montilla... Al PSOE se le notaban los nervios a flor de piel, hasta el punto que más que la bancada del Gobierno parecía la bancada de la oposición, y su jefe de filas, el presidente Rodríguez Zapatero, se marcó ayer una de talante, pero de talante del malo.
A Rajoy le dijo que había sido un ministro de Educación “nulo” mientras el líder del PP le ofrecía, por dos veces, un pacto sobre la materia. Y rugió el león. Rodríguez arremetió sin piedad contra Rajoy mientras su bancada sumaba “¡olés!”, recurrió a la demagogia –“no estoy dispuesto a pactar si se trata de ir contra la escuela pública o de imponer la religión”-, para al final levantarse y abandonar el hemiciclo con cajas destempladas mientras los suyos le ovacionaban el gesto... ¡Lo que hacen las encuestas!
Con todo, Rajoy no pretendía ser ayer la estrella invitada. El papel quedaba reservado para el ministro de Industria, José Montilla, que todavía se la debe estar guardando a la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. Preguntaba el secretario general del PP, Ángel Acebes, sobre el ‘caso Montilla’ y si el Gobierno considera que después de todo lo sabido el ministro está en condiciones de continuar en su puesto, teniendo en cuenta que ha vulnerado todos los principios del Código de Buen Gobierno. Y qué iba a contestar la vice, que sí, claro. Pero entonces se le ocurrió exponer las diecinueve razones, una por cada mes que el PSOE lleva gobernando, que hacen que Montilla sea un magnífico ministro de Industria, la primera de todas “la Ley del Comercio para evitar la morosidad en los pagos”, lo que, obviamente, fue objeto de carcajadas seguidas de gritos como “¡paga, Montilla, paga!” provenientes de los bancos del PP. Manuel Marín miró a Rubalcaba, Rubalcaba miró a Manuel Marín, y el presidente terció para poner fin a la bronca, con el argumento de que ya daría tiempo al final de la interpelación para el pataleo y los “¡oés!”. Le faltó un “¡manda huevos!”.
A Montilla, sin embargo, se le había torcido el gesto con lo de la Ley del Comercio, y su rostro, que hasta ese momento aparecía sereno, se mudó en señal de calvario. La respuesta de De la Vega no era lo que esperaba como defensa de su gestión. Lo explicaba luego Acebes, en los pasillos: “Nunca me había sentido tan reconfortado por una respuesta. La vicepresidenta me ha hecho el trabajo”. A Acebes se le veía ayer contento, tanto que no paraba de hacer corrillos... Los ministros, en contra de lo que suele ser habitual, se escondieron en la Sala de Gobierno.
A la única que se le pudo arrancar una sonrisa –y hasta un beso- fue a la ministra Trujillo. Ahora que empieza a ver cómo los precios de los pisos se moderan, doña María Antonia reparte simpatía –y pisos de alquiler-. El único que se desvivía ayer por hacer su trabajo, todo sea dicho, era Fernando Moraleda, secretario de Estado de Comunicación. “No sé por qué os parece mal que el presidente de la Comisión Europea, y el presidente de Gobierno tengan un encuentro confidencial –me dice-, como los que tiene Durao Barroso con otros líderes europeos”. Ya, pero sin OPA y sin decisiones trascendentales de la Comisión dos días después.
Montilla, mientras tanto, seguía sufriendo el acoso de la oposición en el Hemiciclo. El resto de sus compañeros del Gobierno le dejaron solo. Bueno, solo no, pero escoltado como estaba por los ministros de Justicia y de Interior aquello parecía más una premonición que un cierre de filas. Ni Rodríguez, ni De la Vega, ni Solbes... Sólo Alonso y López Aguilar que, además, para ser sinceros, le hicieron poco caso. Montilla aguantó el tipo mientras Dolors Nadal pedía su dimisión, que luego fue exigida por Eduardo Zaplana en el turno de interpelación que dará paso la semana próxima a una moción y, después, a una reprobación.
Vamos, que le van a hacer pasar las de Caín. Montilla aprovechó que podía subirse a la Tribuna –hasta entonces había respondido desde el escaño- para encender el ventilador, que eso el PSOE lo sabe hacer pero que muy bien, y sacarle al PP los trapos sucios de los créditos condonados por otras entidades financieras. “Yo no estoy en política para forrarme”, llegó a decir Montilla mirando a Zaplana, y el del PP subió, como una furia, a la Tribuna: “Yo nunca dije eso, miente”. La palabra mentira se escuchó ayer mucho en el Congreso. Realmente, se escucha mucho desde aquella noche del 13-M en que la mentó Rubalcaba. Por cierto, ¿dónde se metió ayer Rubalcaba?
fquevedo@elconfidencial.com

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