El vandalismo desatado en Francia es una alerta. Para los europeos hoy el principal problema es la identidad. Algo inimaginable hace veinte años. Pero lo tenemos que solucionar. Muchas identidades culturales pueden y deben vivir juntas. No sólo en paz y con protección social, sino en un régimen de real equidad y acceso. Sin este régimen, la democracia y sus valores básicos, la libertad y la igualdad, no funcionan y se desacreditan. Tarde o temprano los individuos reclaman ser miembros reales de la sociedad, no ciudadanos de segunda clase sin igualdad de oportunidades.
A la libertad hay que acompañarla con la inclusión social, y a la igualdad con el reconocimiento de la diferencia. De este modo, la ciudadanía democrática se hace veraz y eficaz. El multiculturalismo viene a completar el esfuerzo de las democracias liberales o sociales por hacer que sus ciudadanos sean miembros reales de la sociedad. No es un sustituto de la democracia. Al contrario, la amplía en valor y eficacia. Antes, las democracias eran monoculturales: presuponían ciudadanos de una sola cultura o religión. Identificaban la identidad nacional, que es una identidad política, con la identidad religiosa o cultural, cosa muy distinta. Así no se logra incluir a muchos. Monocultural sólo es la política de regímenes autoritarios o de las pocas sociedades uniformes supervivientes.
En las democracias de países muy poblados y con diversidad cultural ya no hay vuelta atrás ni alternativa para el multiculturalismo.
Quienes hoy no lo aceptan es porque prefieren, por convicción o lo contrario (incertidumbre, a veces miedo), aferrarse a la visión monocultural de la sociedad, o porque se han hecho una idea equivocada de lo que representa la respuesta de la democracia al nuevo reto de la diversidad cultural. Entiéndase por multiculturalismo el enfoque sociocultural y las políticas que tratan de reconocer y promocionar la diversidad cultural en una misma sociedad y, en consecuencia, de facilitar la inclusión social.
Otra cosa, sin embargo, son las dos formas que puede adoptar este mismo enfoque multiculturalista.
Una es la diferencialista, en la que convergen, a pesar suyo, liberales y comunitaristas. Juntos conceden que lo que importa es subrayar las diferencias culturales. El marco social y la inclusión se relativizan, a cambio de reforzar la perspectiva particularista.
La otra forma es la interculturalista: aquí, al contrario, el énfasis se deposita en las semejanzas y la reciprocidad, con lo cual la sociedad se afianza, al tiempo que se hace más libre en su interior.
La primera opción es hoy la dominante. Procede del multiculturalismo anglosajón, mucho mejor en cuanto a inclusividad que el modelo republicano asimilacionista (monocultural) que empieza a fracasar en Francia, pero no tan buena si de lo que se trata es de combinar el reconocimiento de diferencias y la cohesión social.
El multiculturalismo interculturalista exige políticas de diálogo e intercambio cultural, más que políticas de la identidad,como hace la versión diferencialista.
Pero este segundo modelo no existe todavía en la práctica. Parece que nos referimos a él cuando en España hablamos de la necesaria integración de los inmigrantes, pero de hecho continuamos barajando valores asimilacionistas con cierta apertura a los de nuevo cuño multiculturalista. Tenemos, pues, una vía, la interculturalidad, en la que pensar y trabajar con ilusión por la democracia europea. Europa será intercultural o no será.
NORBERT BILBENY, catedrático de Ética de la Universitat de Barcelona.

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