El 5 de mayo de 1821 moría, en circunstancias todavía no totalmente aclaradas, Napoleón Bonaparte en la Isla de Santa Elena. Sin embargo, los franceses tuvieron que esperar dos meses para poder enterarse de esa importante noticia, la cual pasó desapercibida para una gran parte del mundo de ese momento. Hoy, por el contrario, una noticia cualquiera y banal da la vuelta al mundo en pocos segundos y está inmediatamente a disposición de millones de lectores.
Con semejante afirmación, lo que se pone de manifiesto es que en las «sociedades de la comunicación» en que vivimos hoy, en cada instante queremos saber lo que pasa no sólo por razones prácticas, sino sobre todo por una necesidad imperiosa de nuestro ser, que no puede existir fuera del tiempo ni aislado de los demás. En consecuencia, cabe sostener que sin la prensa hoy ya no es posible gobernar u oponerse al poder, aprender o convencer, trabajar o disfrutar del ocio, comprar o vender. Por supuesto, la prensa no se basta a sí misma, pero sin ella no se concibe una sociedad moderna, porque su presencia es necesaria para todo y para todos.

Pero este papel decisivo sólo lo puede cumplir cabalmente, si descansa y se fundamenta en la libertad de expresión, la cual no significa que cada medio pueda decir lo que quiera, sino lo que deba, esto es, lo que es necesario que sepan los ciudadanos, guste o no al poder, o trate éste de ocultarlo. De ahí que haya una regla de oro para desvelar la verdadera naturaleza de los regímenes políticos, que consiste en que un régimen será tanto más democrático, cuanto más se pueda discrepar pacíficamente de los poderes establecidos, incluyendo otros además del político.Porque todo poder tiende a cegar y a ensordecer y necesita de alguien que se lo recuerde. Vistas así las cosas, no cabe sino afirmar que en muy pocas latitudes se da hoy con holgura esta regla, pero precisamente por eso es por lo que hay que fomentar todos los intentos de romper esa tendencia a la opacidad y animar a los verdaderos defensores de la democracia, que son los que luchan cotidianamente por la libertad de expresión, por garantizar el derecho de todos los ciudadanos a conocer cómo se toman, y por qué, las decisiones del poder.

Hace ya muchos años, Winston Churchill tuvo la oportunidad de pronunciar estas palabras: «A menudo me fortalezco en medio de las incertidumbres y las tribulaciones de la vida política con la convicción de que poseo una línea de retirada a un país pacífico y fértil, al cual no me puede perseguir nadie y donde nunca hace falta estar desanimado o desocupado, ni siquiera tener nada de poder. Es entonces, por cierto, cuando me siento profundamente agradecido por haber nacido aficionado a escribir. Es entonces, por cierto, cuando me siento agradecido con todos los espíritus valientes y generosos que, en cualquier época y en cualquier lugar, han luchado por establecer la actual innegable libertad de expresión».

Pues bien, estas palabras del Premier británico, creo que traslucen la auténtica naturaleza del acto que celebramos esta noche, porque en definitiva al premiar a dos personalidades del mundo de la prensa, como son Jon Lee Anderson y Jamila Mujahed, lo que estamos agradeciendo es su contribución, y, por supuesto, la de nuestros colaboradores fallecidos que dan nombre a estos galardones, a la lucha por la libertad de expresión y por el derecho a la información, sin los cuales la democracia no es más que un mero andamiaje de cartón. Pero creo que no debe haber malentendidos: la lucha por estos derechos no es imprescindible únicamente en los países autoritarios o no democráticos, sino que también lo es en todos los demás, también lo es en el nuestro, porque la marea del poder puede alcanzar, si no se ponen diques, a la playa de los derechos y libertades de la información. Suele ocurrir con frecuencia que en los países más democráticos no se dice lo que pasa, sino que pasa lo que se dice o, lo que es peor, pasa lo que no se dice.

La lucha por la libertad de expresión, por el derecho de los ciudadanos a conocer lo que les afecta, es un deber de toda prensa libre y responsable, y ese es el mensaje que creo se debe deducir de este acto. Por eso pienso que los que trabajamos en EL MUNDO hacemos nuestras las siguientes palabras de uno de los grandes periodistas de nuestra época, Ben Bradlee, siguiendo la orientación de todo lo que acabo de decir: «Siempre he encontrado difícil desarrollar teorías sobre el periodismo que superasen el lema de la señorita Fiske en Dexter, mi escuela primaria: «'Lo mejor posible hoy; mejor aún mañana'. O, lo que es lo mismo, saca el mejor periódico, el periódico más honesto hoy, y saca otro mejor mañana».

Jorge de Esteban es presidente de Unedisa.