Ayer Juan Luis Cebrián se subió a la peana de la página de opinión de El País para intentar limpiar su pasado franquista. Se cumple el 30 aniversario de la proclamación de Juan Carlos I como Rey de España, y jamás vieran los siglos mejor ocasión para rescribir la historia personal de quien fue director de los servicios informativos de TVE bajo la presidencia de Arias Navarro. Y cuenta el académico que cuando le propusieron el cargo se fue corriendo a ver al entonces Príncipe, para decirle que asumía el reto con gran resignación y con una condición: que se comprometiera a traer la democracia a España cuando llegara a Rey. Más o menos es lo que viene a decir el nene. “Duré ocho meses en el puesto”. De modo que ya sabemos que la democracia la trajeron a España don Juan Carlos I y don Juan Luis Cebrián al alimón.

Dice el gran José Luis Gutiérrez en su libro Días de Papel que “Cebrián ya había ejercido como jovencísimo, incluso adolescente redactor-jefe del diario Pueblo —siguiendo, sin duda, el asesoramiento y las enseñanzas de su padre, Vicente Cebrián, también periodista ilustre, que fuera director del diario Arriba, un hombre jovial, abierto, vitalista, tan distinto a su taciturno y extremadamente tímido hijo—, el periódico de los sindicatos verticales del régimen de Franco, dirigido durante décadas por el omnipresente y todo poderoso Emilio Romero”, de donde se deduce que lo del niño de Vicente Cebrián era vocacional, como es lógico imaginar en una dictadura que jamás hubiera consentido poner al frente de su máquina de propaganda a un desafecto al Régimen.

El caso es que ayer el periódico de Polanco se largó un especial muy especial sobre El Rey del Cambio, lleno de ilustres firmas de principio a fin. Todas a favor. Ni una sola en contra, algo que debería dar que pensar a quienes llevan la manija de Zarzuela. Entre el stablishment hispano todavía resuenan frases tan llenas de arrogancia como aquella según la cual “la Monarquía depende de nosotros, porque si El País se pone en frente, no resiste ni un asalto”, pronunciadas en los tiempos, ya lejanos, en que en Palacio mandaban Manolo Prado y Mario Conde, y el señor de los anillos de Santillana no sabía qué hacer para ser admitido en el círculo de los elegidos.

Hoy figura en él por derecho propio, al punto de aspirar con muy serios argumentos al marquesado de Polanco, “porque a los editores se les suele dar un título, y ahí está el caso de Godó y Luca de Tena para demostrarlo”. Para ir abriendo boca, el diario del futuro marqués se larga este especial de usar y tirar que es un monumento a esa España virtual que de vez en cuando se yergue como un fantasma sobre la España real que está en otras cosas, que habla de otras cosas, y a quien le preocupan otras cosas.

Tan virtual es el intento de presentar una Institución au dessus de la mêlée como que los españoles –y no sólo los jóvenes- se sienten cada día menos identificados con la Monarquía, según reveló una reciente encuesta de otro diario madrileño que, por obvias razones, hay que poner en cuarentena. Tal vez sea este el motivo que induce a quienes manejan la aguja de marear en Palacio a hacer realidad una especie de Monarquía del Corazón, que es lo único que hoy vende en el supermercado ideológico de la sociedad anestesiada, como Salsa Rosa o Aquí hay Tomate, frente a una hipotética Monarquía de la Ciencia, de la Investigación o del Progreso, por poner un ejemplo.

Y no diremos ya que una Monarquía de la Razón, porque ése es precisamente el problema a la altura de 2005. La restauración monárquica resultó útil a los españoles hace 30 años, porque los españoles, en un hermoso ejercicio de sentido común, decidieron previamente no liarse de nuevo a mamporros, fresco el recuerdo en casi todas las familias de la tragedia que supuso la Guerra Civil. Luego vino el 23-F, y ahí prestó Juan Carlos I su mejor servicio a los españoles que, agradecidos, decidieron correr un espeso manto de silencio sobre algunos de los avatares de lo ocurrido en tan infausta fecha.

Aquel episodio aparte, la Monarquía ha fracasado como motor capaz de transformar la doliente, precavida titubeante democracia surgida a la muerte del dictador en una democracia plena y digna de tal nombre, con absoluta separación de poderes, con delimitación entre los público y lo privado, abanderada del progreso, comprometida en la lucha contra la corrupción y entendida como un proyecto de futuro capaz de integrar a castellanos, catalanes, andaluces y vascos en un objetivo de vida en común, y no hay más que reparar en la situación política que vivimos para darse cuenta de la dimensión histórica de ese fracaso.

Por fortuna, quizá para la propia Monarquía, declararse hoy republicano tiene el mismo tinte dramático que manifestarse vecino de Cuenca o afinador de pianos de cola. El término ha perdido aquella carga dramática que lo acompañó en épocas pretéritas, en las que declararse republicano equivalía a poner en evidencia toda una serie de valores ligados al imperio de la razón frente al de los sentimientos. En mi modesta opinión, la Monarquía podrá seguir siendo útil a España siempre y cuando se convierta en referente o pauta de conducta moral, lo que a menudo no ha sido en el pasado. De modo que está muy bien eso de la Monarquía del Corazón, siempre y cuando, al mismo tiempo, renuncie a ser la Monarquía de la Cartera.

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