En España, el franquismo está agonizante, pero no así el posfranquismo, que es una asechanza de cuidado: ya sea por la forma neoliberal, ya por la nacionalista (fascismo izquierdizado), aunque doy menos crédito de posibilidad a la última". Esta era la conclusión que, en 1964, sacaba Dionisio Ridruejo de su análisis político sobre el porvenir del régimen al que él mismo había contribuido --con su fogoso talento de joven comprometi-- a darle un original fundamento ideológico propio, que, en realidad, nunca tuvo.

La estructura ideológica del franquismo sólo ha sido una amalgama de los intereses económicos de la vieja clase conservadora, la apremiante necesidad que tenía esa misma clase para convertir el catolicismo en la esencia de una doctrina social y ética, cuyo fin principal sería el de servir de aparato ideológico capaz de vertebrar al Estado, más una buena dosis de fascismo aglutinador. Hay dos maneras de interpretar el desarrollo de este proceso democratizador, que, desde hace tres décadas, aún tiene confundidos a los españoles: una, dejándose llevar por las emociones de un cambio de régimen cuyo proceso fue --según dicen-- ejemplar, puesto que se llevó a cabo en medio de una beatífica serenidad de los espíritus implicados en el asunto. Esta es la manera más simple de explicar la historia de la democratización de este país, después de casi medio siglo de una fuerte dictadura, que estuvo precedida por una espantosa guerra civil.

Las históricas turbulencias ideológicas, previas al mitificado cambio de régimen, desembocaron en una monarquía, cuyo titular está considerado como el gran traumaturgo que hizo posible esa nueva fraternidad nacional, que llena, al parecer, de orgullo a los españoles.

La segunda manera de interpretar el mismo proceso es más complejo: exige volver a hurgar en el baúl de la Transición. Es probable que quienes simplifican con tanto entusiasmo la feliz democratización de la sociedad española, si optaran por revolver el fondo de ese baúl plantearían de otra manera el proceso transitivo. Incluso, podrían despejar las dudas que aún persisten sobre quiénes fueron, en realidad, los auténticos obreros del cambio...

PERO, sobre todo, permitirían que la opinión pública sacara otra conclusión sobre la verdadera realidad de esa transición: el franquismo no desembocó en una Monarquía de corte liberal, sino en el posfranquismo, que tanto le preocupaba a Dionisio Ridruejo. Si el franquismo no fue una ideología propiamente dicha, es evidente que el posfranquismo tampoco lo es. Vuelve a ser la misma amalgama de intereses económicos y políticos, que constituyeron la raíz de donde deriva. Unos intereses propios de las clases que determinan, en este momento, la cuestión española.

Si hubiera que buscar un héroe para la supervivencia del franquismo después de Franco --esto es: el posfranquismo...--, no cabe la menor duda sobre su personalidad: José María Aznar. Sólo necesitó cuatro años --los de su mayoría absoluta, como presidente de Gobierno-- para consolidar el franquismo como motor ideal para la nueva democracia española... Desde su magistral laboratorio de ideas (FAES), este infatigable líder de la derecha carpetovetónica se ocupa de elaborar un ambiente que facilite el fluir de las ideas posfranquistas, que él enriquece con notable fortuna. Dicho de otra manera: Aznar se preocupa de atizar la crisis del diálogo democrático --provocadora crisis-- para, entre otras cosas, mantener artificialmente la hegemonía del posfranquismo. En cierta ocasión, Camilo José Cela identificaba el franquismo como una doctrina personalista; es decir, propia del dictador que la justificaba. Ahora, no tendría nada de raro que Aznar pretenda que el posfranquismo sea identificado como una ideología personal suya. Pero no lo tendrá fácil, puesto que el magisterio ideológico de su maestro --Manuel Fraga-- aún está vivo, latente, impetuoso y terminante. Aznar tendrá que superar el talento del fundador del PP, y uno de los grandes beneficiados por la Transición, el cual acaba de decir nada menos que "hay que recordar que del franquismo nació la democracia". No sea fácil eclipsar el pensamiento de quien mejor representa, en estos momentos, al posfranquismo en su apogeo.