Lo ha dicho Mariano Rajoy en Sevilla: la corrupción ha vuelto, no tiene remedio. Buena idea es alertar de los sobornos en la ciudad donde robaban hasta las barbas; no me refiero a la época del puerto de oro de las Indias, cuando los pícaros con calzones de lienzo y medias de carne tiraban los naipes gastados, sino a la época de los trajinantes, conseguidores y corredores de oreja del siglo pasado; qué digo del siglo pasado, si hace apenas una década.
La corrupción nunca se ha ido, aunque no debiéramos reiniciar el bombardeo antisocialista como cuando fuimos pilotos de combate del Sindicato del Crimen, porque si la Caja de San Fernando presta dinero a los altos cargos del clavel a interés cero, la Caixa de Galicia hizo lo mismo en el pasado con los jefes de la gaviota; y la Caixa de Cataluña, siguiendo el ejemplo de los Médicis presta a los papas cuando aún son cardenales; luego les condona los créditos y si hacen propaganda contra las autopistas de peaje, los ejecuta; digo los créditos, en el veneno no siguen el breviario de los Médicis.
Ahora ya estamos seguros de que el método de financiación es el palo del gallinero y la contaminación general. Si los partidos fueran empresas serían cada uno de ellos como el Marqués de Porrinas, cantaor, de pañuelo de lunares y clavel en la solapa; Porrinas se compró un haiga esplendoroso que llegaba desde el Corral al Viaducto; cuando le reclamaron las letras que debía, contestó:
-Como no les ponga usted música
Que le pongan música a la rumba del 3% en Cataluña, al fandango andaluz del partido del mismo nombre y a la samba de los canarios, que más que canarios parecen urracas.
No me atrevo a decir, ya que hablamos del Monipodio, que uno de los grandes partidos es Rinconete y el otro Cortado; de eso, por lo menos, se acusan recíprocamente ambos.
Yo propongo que así como se legalizó en Holanda la harina, la metralla y el algodón, según descubrimos en la conversación del predicador y Travolta en Pulp Fiction, se legalicen aquí los tirones a cajas y bancos. Sería por nuestro bien y nuestro sistema de libertades.
Si los españoles consideran que los partidos son las instituciones más corruptas, y a pesar de ello, los votan ¿por qué no se legaliza y se permite la corrupción? La tela y la panoja son el alma de las cosas, el fundamento de nuestra democracia bien ordenada.
Cristóbal Colón creía que con el oro hasta se puede abrir a las almas las puertas del infierno; según Carlos Marx, el dinero convierte lo negro en blanco, lo feo en hermoso, lo viejo en joven «y pone a los ladrones en los bancos de los senadores».
¿Por qué vamos a sonrojarnos de que se sienten senadores y gerentes en los salones del Estado y que lleven guardaespaldas en el cadillac o en el audi?

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