Hay un juego muy divertido al que podrían dedicarse los subsecretarios en las horas nerviosas del crepúsculo madrileño. Consiste en apostar quién está más solo ante el peligro, si Zapatero o Rajoy. Los que apuestan por el presidente piensan que el PP no llegará a contaminar con sus consignas apocalípticas a los votantes del PSOE ni tan solo a los indiferentes o indecisos. Los que apuestan por el líder de la oposición están convencidos de que una parte del mundo socialista no será capaz de aguantar la presión y se doblará antes de tiempo, dejando que el buen talante se estrelle con el Estatut catalán en las manos. ¿Quién va a quedarse más aislado?

Y en este cuadro de dudas y apuestas entra un personaje que el Madrid político conoce poco y que muchos descubrieron en el debate de admisión a trámite del Estatut, celebrado en el Congreso de los Diputados: Artur Mas. El heredero de Jordi Pujol no tiene, ahora, poder, pero tiene algo muy buscado en estos tiempos. Puede aportar un efecto de consenso amplio, algo valioso y tan imprescindible como la holgura de votos para impulsar reformas de alcance. La mercancía es conocida, la vendió Pujol en los tiempos remotos de Suárez y Calvo Sotelo y, más tarde, fue comprada también por un González seriamente tocado y por un Aznar que no tenía bastante gas para auparse solito a la presidencia del Gobierno. Pérez Rubalcaba está al lado de Zapatero para ponderarle las virtudes del tradicional proveedor catalán, así como su seriedad en la entrega de los pedidos. El felipismo aterrizó en la oposición con menos daños gracias, sobre todo, al paracaídas del pujolismo con sentido de Estado. Los personajes que han ocupado la Moncloa desde 1977 siempre han sabido que Pujol, a la hora de la verdad, es tan fiable y seguro como un automóvil alemán de gama alta.

No es lo mismo Zapatero con CiU o sin CiU en las fotos delicadas. Ni ERC ni IU le dan lo que ahora más le urge. Con el nacionalismo catalán liberal y democristiano de lado del presidente, la soledad del PP en la trinchera del "todo o nada" se agranda y juega en contra de un recambio. Porque Mas introduce un plus de moderación, credibilidad y estabilidad que puede tener efectos calmantes entre las elites económicas y sociales, inquietas ante el ciclo reformista de Zapatero. Más allá de su dimensión pequeña en el conjunto de España, el peso simbólico de CiU como factor de equilibrio cotiza al alza desde el verano. Y no sólo en los mejores sueños de Solbes. Para Mas, la jugada es interesante porque le insufla protagonismo y le recoloca en el primer término de la escena. Además, esta nueva interlocución Zapatero-Mas desmiente algo que sólo ha existido en los deseos de ciertos políticos y de ciertos comentaristas: una presunta radicalización peligrosa de CiU, que se opondría al estilo clásico de Pujol, inusitadamente loado de forma ditirámbica por sus más habituales críticos. Algunos, incluso, presentaron a Mas como un extremista desnortado que se cargaría pronto la herencia.

La ley de Educación es un buen campo de pruebas para el probable ascendente de CiU. Si, además de las relaciones con la Iglesia, pensamos en los otros cuatro "frentes de infarto" que Enric Juliana nos recordaba ayer, veremos que el concurso de Mas y Duran Lleida sería la gran ocasión para Zapatero de corregir errores y tejer nuevas complicidades. Las relaciones con EE.UU., la nueva visión del poder económico, la oferta de negociación con ETA y la reforma territorial del Estado (con Catalunya como interruptor) son tareas muy difíciles y necesitan un bálsamo acreditado. Y sólo lo ofrece Mas.