EL INTENTO de crear un mundo a la medida de Estados Unidos está fracasando de forma dramática y acelerada. La incapacidad de un solo ejército para actuar como gendarme del mundo, abriendo y cerrando los conflictos a su antojo, se ha tornado ridícula. Y, con el mito del ejército todopoderoso, caen también las fábulas colaterales de la guerra por la democracia, la invasión humanitaria y generosa y el uso de armamentos proporcionados. El terror se ha diseminado por todas partes y palabras como Guantánamo, fósforo blanco, Faluya, Abu Graib o cárceles secretas, dan prueba de la mayor burla perpetrada contra los derechos humanos en su propio nombre.
Zapatero recibe el poder en este contexto: limpio de compromisos y responsabilidades previas, y convertido en líder necesario de un país que estaba descubriendo al mismo tiempo la abyecta manipulación de las Azores y la utilización descarada del terrorismo interior en la contienda electoral. Por eso obtuvo enormes rentas, bien merecidas, de sus primeras maniobras: retirar las tropas de Irak y realinear la diplomacia española con la UE. La política exterior empezó a ser fluida, como si España hubiese encontrado su posición ideal en la estructura de Occidente.
Pero la idea de una Europa fuerte, convertida en polo referencial de una nueva política internacional, quedó varada en el referéndum de Francia. Y la crisis de Alemania, que parece haberse encarrilado, hizo el resto. Por eso estamos viviendo la debacle de Irak como una representación de la crisis general que afecta a los valores sociales y democráticos y a las estructuras de intervención económica y política de Occidente. Y por eso carecemos de las pautas sobre las que ha de reconstruirse un liderazgo moral y democrático que es cada vez más imprescindible. Los socialistas, en concreto, carecen de discurso para esta crisis. Metidos en todos los fregados, y teniendo varados a sus ministros y pensadores en temas banales o de corto recorrido, ni siquiera mantienen la improvisada ocurrencia de la alianza de civilizaciones.
Todo lo que significa definir la posición de España, la interpretación del conflicto y sus consecuencias, y las aportaciones teóricas a un nuevo modelo de convivencia internacional, se lo ha quedado Bono para sí solo. En su campana de cristal, entre épica y ridícula, el ministro de Defensa se ha convertido en el adalid del militarismo rancio y desnortado que quiso revivir Aznar. Y su acomplejada posición frente a Bush hace que la salida del conflicto iraquí nos haya costado mucho más, en términos de orientación y valores, que la entrada. Y es que ningún viento es favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige.

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