Vidas de loros, de Álvaro Ruiz de la Peña en La Voz de Asturias
Tengo un amigo que tiene un loro al que le encantan los programas de debate de la tele, Cuando llegan las ocho de la tarde, el loro llama a mi amigo para que lo saque de la despensa al salón, porque a esa hora -el loro tiene perfecta conciencia del trascurso del tiempo- intuye que empiezan los telediarios, los reportajes, las tertulias (al parecer le apasionan Nacho Villa, de la COPE, y Pedro J. Ramírez) y, algo menos, los concursos y los programas cardiovasculares.
Mi amigo tiene un creciente problema con su loro; a saber, que desde que llegó a casa, comprado en una tienda de la ciudad que se dedica a la venta de animales, el loro, primero tímidamente, después, o sea, ahora mismo, ha empezado a mostrar una actitud ultraconservadora en cuanto tiene ocasión de manifestarse espontáneamente. Cuando ve 59 Segundos y habla Pedro J., el loro le dice con esa voz metálica de falsete: "Dale, dale al Pascual", o "estatuto, maricón", o cosas por el estilo, que denotan unas fuertes convicciones centralistas y una mentalidad misoneísta, impropia de un ave y de cualquier mamífero en general.
Así que, mi amigo, que es una persona liberal y alejada de los extremos ideológicos, está mal a gusto, desde que descubrió esta tendencia derechista del alado politólogo, y cuando viene gente a su casa encierra al loro en la despensa, no vaya a ser que a alguien le dé por pensar que el loro está influido por su amo. Mi amigo, creo que con buen criterio, ha empezado a censurar determinados programas para que el loro no los vea, y desde hace unos días lo tiene a películas de intriga, con las que se duerme, y a anuncios de coches y telefonía móvil, que le gustan tanto como los debates del trasvase Ebro-Segura.
La personalidad de los loros siempre me ha fascinado. Hace unos años, murió Pedrito , uno de los seres que mejor conocían la vida del gran vitalista Ernest Hemingway. Tenía cuarenta y ocho años, lo que para un lorito es una edad que no se puede calificar, en modo alguno, de provecta. Si hemos de creer a Baroja, que no solía decir mentiras casi nunca, el novelista vasco conoció en Madrid a uno de estos inquietantes animales que entró en 1824 con los Cien Mil Hijos de San Luis, en la capital de España, poniendo fin a la aventura constitucional del general Rafael del Riego. El loro, ya algo senil (tenía casi ochenta años), repetía una y otra vez, desde una ventana interior que daba a un patio de luces, la consigna servil del "Vivan las caenas, vivan las caenas", ante el pasmo de los vecinos del inmueble, liberales, federalistas y republicanos, que un buen día ajusticiaron al retrógrado canoro abriendo la puerta de su jaula, para regocijo y felicidad de los gatos del patio.
VOLVIENDO APedrito , el inseparable loro de don Ernesto, hay que decir que bebía, como un corsario sediento, anís y benedictine, porque había heredado de su poderoso propietario la afición a la jarra. Al cedérselo Hemingway a un pintor italiano en 1960, cuando Pedrito era aún adolescente, el pobre loro se hizo un lío lingüístico, al tener que pasar del inglés a la lengua de Petrarca, y andaba deprimido ("porca miseria", repetía una y otra vez) y dándose al trago que le ofrecía un sobrino del pintor, por consejo del americano, hasta que la parca decidió que ya había visto demasiado para un animal de su sensibilidad y discreción.
Los loritos y los papagayos fueron, durante muchos años, testigos incómodos y contestatarios de la vida doméstica nacional. En muchísimos hogares españoles, el loro participaba de la vida familiar con su envidiable capacidad de síntesis, enfatizando los aspectos menos nobles de sus propietarios, o publicitando esos aspectos con la complicidad acústica del patio de luces. En muchos casos, acababan desterrados en el circo que visitaba la ciudad o en las pajareras de un zoo municipal en el que duraban muy poco tiempo, consumidos por la melancolía de los recuerdos. O también, en las épocas difíciles del racionamiento, podían terminar en la olla del cocido madrileño, porque al decir de los especialistas en gastronomía volátil, daban un caldo de toma pan y moja.
Así que mi amigo el liberal está lo que se dice muy, pero que muy, mosqueado con el loro antiestatutario que le ha tocado en suerte, y como los loros son de ideas fijas sigue erre que erre gritando "Dale, dale al Pascual", y "Estatuto maricón", cada vez que mi amigo lo saca, por pura compasión humana hacia los débiles, del cuartucho donde guarda la fregona y los útiles de bricolage a los que es muy aficionado.
Lo más preocupante es que mi amigo, que le ha cogido cariño al loro de centro derecha, quiere volver a la tienda para que le digan quién era su anterior propietario y deducir, a partir del conocimiento de su personalidad (de la del propietario, no de la del loro), las conexiones ideológicas correspondientes. Por su cuenta, y por si todavía la cuestión tuviera arreglo, se pasa las horas de soledad con el animalito intentando meter en su cerebro eslóganes como "Hay que dialogar", "Rubalcaba, campeón", "Acebes, que mal bebes", y otros que le resbalan con absoluta determinación. Pero, oh dioses del olimpo, ayer me llamó a las once y media de la noche, para decirme que el loro está hecho un lío y ahora dice "Estatuto campeón", "Maragall bebe y no dialogues", "Acebes no te atreves", y otras frases sin el menor sentido. Ha dejado la derecha y se ha ido, feliz, al limbo.
