Debajo de las oficinas del Club Natación Canoe, vieja gloria del baloncesto, en el paseo de la Castellana está la Fundación Cultural Mapfre en cuyas salas pueden verse grandes exposiciones de pintura española. Es un lugar óptimo para matar una mañana de otoño cuando casi ya no se puede más y las neuronas piden una tregua. Entonces se descubre que fuera de la cámara hiperbárica del periodismo y la política sigue habiendo vida. Un Madrid sedante con muchísimos lugares a donde ir. Una oferta cultural excelente. Un auténtico bazar.

Pero en Madrid las cosas ocurren y nada más. En Barcelona, quinientos metros antes de llegar al Centre de Cultura Contemporània, el aire ya transporta vibraciones estructuralistas - del estructuralismo francés, concretamente-, y los grafitos de la Casa de la Caritat parecen firmados de puño y letra por Toni Negri. La Barcelona progresista - hoy en horas bajas, quizá muy bajas- exhala una autocomplacencia inexistente en Madrid, ni siquiera en el Círculo de Bellas Artes, elegante como un poema de Luis Cernuda, pero estéticamente desbordado por sus nuevos vecinos del Centre Cultural Blanquerna, híbrido de Roland Barthes y Miquel Martí i Pol en la calle Atocha.

De manera que te acercas al Canoe, bajas las escaleras mecánicas del centro comercial y detrás de una tienda de bolsos y otra de golosinas encontrarás la luz de gas de La noche y sus fantasmas en la pintura española.La exposición comienza en 1880 con la llegada del alumbrado público, puesto que fue la luz mortecina de los faroles la que rescató la noche para la pintura. Amortizado el candil, la oscuridad dejó de ser telón de fondo para convertirse en tema.

La exposición comienza con los catalanes. Los atardeceres tenues y estáticos de Urgell, las noches delicadas de Eliseu Meifren, las noches azules de Joaquim Mir y Jaume Morera, las ansiedades de Ramon Casas, los niños de Lluís Graner Arrufi jugando con unos farolillos y el lánguido cementerio de los frailes de La Bisbal según Santiago Rusiñol. Los catalanes siempre asomando la cabeza en la hora del cambio; del tránsito de la claridad a las tinieblas. Oal revés: la noche triunfó porque había luz.

De manera que sigue habiendo vida fuera de la cámara hiperbárica de la política. Quizá sea ésta la consecuencia más tangible, más real, del extraordinario aumento de la presión en las últimas semanas. La gente se aleja rápidamente de la política cuando deja de entenderla... o cuando la entiende demasiado bien.

El momento es de desapego. Todas las encuestas coinciden en señalar que el primer gran bache de Rodríguez Zapatero no va acompañado - al menos por el momento- de un rotundo auge de sus adversarios. Gobierno y oposición suspenden. Lo cual no es necesariamente malo para los de Rajoy. La política del Partido Popular no tiene misterio: zarandear al contrincante hasta dejarlo sin aliento.

El misterio está en el partido gobernante. En menos de dos años ha abierto cinco frentes de infarto: tensión con Estados Unidos, oferta de negociación con ETA, modificación anatómica del poder económico, revisión federal del mapa territorial con Catalunya como ariete y enfrentamiento con el Vaticano a propósito del modelo educativo. Cinco apuestas capaces de bañar en sudor frío a cualquier amante del realismo político. Y en política, como en la guerra, todos los frentes acaban comunicándose. ¿Saldrá vivo de ésta Zapatero o tendrá su velada de Benicarló, como Azaña, maldiciendo el día en que dio cuerda a los catalanes -a sus razones y a sus frivolidadesy desafió al Papa de Roma?

El choque del carnero es una táctica radicalmente hispánica que a nadie debiera escandalizar más de la cuenta. Hay que conocer España. Es obligatorio conocer España. Y España es hija de la embestida. De la embestida por arriba. Sin medias tintas, como corresponde a un país que no tuvo revolución liberal.

Los matices siempre vienen luego. Una vez conquistado el poder se habla catalán en la intimidad LA VANGUARDIA o lo que haga falta. En el supuesto de triunfar dentro de dos años - una auténtica eternidad que hoy no admite pronósticos- es probable que el PP aceptase parte de las reformas que ahora rechaza con una política de tierra quemada. La derecha embiste y corre el riesgo de ahogarse en su propio furor (así sucumbió Aznar), pero conoce España. La derecha no es una caricatura aunque sea fácil de caricaturizar.

Realismo político. Una anécdota viene hoy especialmente a cuento. Tras el fallido golpe de Estado de agosto de 1932, el general José Sanjurjo respondió como sigue al presidente del tribunal que le juzgaba: "¿Con qué apoyos contaba, me pregunta? Con el de su señoría seguro, en caso de haber ganado".