La tensión entre la Iglesia y Zapatero pide que las figuras reformistas de la Iglesia pasen a primer plano

Las relaciones entre la jerarquía de la Iglesia católica y el Gobierno de España están en el momento más difícil de las últimas tres décadas. La asistencia de obispos a las manifestaciones multitudinarias, como las celebradas en defensa de la familia (eufemismo que encubría el rechazo al matrimonio homosexual) y contra el proyecto de Ley Orgánica de la Educación (LOE), dan cuenta del malestar de los mitrados con las disposiciones del Gobierno Zapatero. Tras unos meses de tanteo, el sector más resolutivo de la jerarquía eclesiástica ha pasado a presionar para que el Gobierno cambie de actitud. El viaje imprevisto de la vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega, al Vaticano tuvo como objeto lograr un acuerdo por arriba, puenteando a la Conferencia Episcopal Española, para alcanzar en Roma el armisticio que se le niega en Madrid.

Para el Gobierno, la posición de la Iglesia es muy incómoda, porque la crítica de los obispos alcanza a un sector de la población más amplio del que acude a los oficios religiosos. Es la primera vez que un Gobierno de España, en año y medio de mandato, se las ha arreglado para ganarse la animadversión de los EE UU y de la jerarquía católica. Zapatero contaba con que la llegada de monseñor Blázquez a la presidencia de la Conferencia Episcopal, un mes antes de la muerte de Juan Pablo II, sirviera de elemento para el entendimiento. Había razones para prever que no iban a ir las cosas en la dirección de los deseos del Gobierno; bastaba con repasar la trayectoria de monseñor Blázquez. Cuando fue nombrado obispo de Bilbao, en 1995, el PNV lo recibió de uñas.

Sin embargo, unos pocos años más tarde, el Gobierno vasco y la propia Iglesia vasca -dominada por la influencia nacionalista y con buena parte del clero agrupada en torno al movimiento Elkarri- estaban encantados con Ricardo Blázquez. El nuevo obispo de Bilbao firmó una circular contra la Ley de Partidos, y junto a los obispos de San Sebastián, Vitoria y Pamplona, se negó a adherirse al documento episcopal, 'Valoración moral del Terrorismo en España, causas y consecuencias'. En resumen: Blázquez no es un hombre para el enfrentamiento y entendió su labor de pastor como un ejercicio de convivencia con la mayoría nacionalista del País Vasco.

El debate y aprobación de la ley que regula la ampliación del matrimonio a las personas del mismo sexo coincidió con la entronización de Ratzinger como Benedicto XVI. Para un papa versado en el dogma y riguroso con los conceptos, no podía dejar peor tarjeta de visita el Gobierno. En esa coyuntura, al cardenal y arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, no le fue difícil mantener las riendas de la jerarquía eclesiástica, a lo que estaba acostumbrado por ser presidente de la Conferencia Episcopal Española desde el año 1999. Blázquez representa al conjunto de los obispos españoles, pero no los lidera. La presidencia episcopal alcanzada por Blázquez gracias a una alianza de los sectores moderados del episcopado con los mitrados nacionalistas de Cataluña y el País Vasco no se reflejó en la gestión del día a día de la Iglesia.

La radio de los obispos

En la tensión entre la Iglesia y el Gobierno juega un papel importante la radio de los obispos que se ha convertido en un medio de gran influencia social, que suministra ideología al sector duro de la derecha española y fustiga al Gobierno a tres turnos: mañana, tarde y noche. Zapatero se encuentra cogido entre dos tipos de homilía, la de los templos y la de las ondas hertzianas ¿Qué hacer?

El Gobierno tiene que realizar concesiones, ya que no puede mantener tantos frentes abiertos, desde el Estatuto de Cataluña hasta las opas empresariales, pasando por la educación. Creer que Bush o Benedicto XVI tienen un grave problema por culpa de Zapatero es leer el texto al revés.

Ahora bien, la Iglesia española también tiene que mover pieza, porque el enfrentamiento prolongado no le reporta ningún beneficio. Desde los tiempos del Concilio Vaticano II la Iglesia ha abarcado mucho más que al espectro sociológico de la derecha. El movimiento tiene que venir, como en el pasado, de mano de las mentes reformistas.

En marzo de 1974, el Gobierno de España y la Iglesia estaban al borde la ruptura. Una homilía del entonces obispo de Bilbao, monseñor Añoveros, hizo que Franco ordenara tener preparado un avión en el aeropuerto de Sondica (Vizcaya) para trasladar al eclesiástico a Roma. Entre la ruptura y la sumisión se alzó la mediación de Vicente Enrique y Tarancón, arzobispo de Madrid, que había sido pastor de la Iglesia asturiana.

Tarancón moduló el paso de la Iglesia durante la transición. Cuando los socialistas llegaron al poder en 1982, el arzobispo de Oviedo, Gabino Díaz Merchán supo mantener una relación equilibrada con el Gobierno de Felipe González y fue el impulsor de la enseñanza concertada con el ministro Maravall.
El actual arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro, reúne las condiciones de sus predecesores en la sede ovetense para participar en ese movimiento reformista que debe sacar del atolladero las relaciones entre la Iglesia y el Gobierno. Su amistad con Rouco Varela viene de antiguo, pero tiene la suficiente personalidad -de la que otros carecen- para abrir una vía de diálogo. Se trata de impulsar una iniciativa que evite la identificación de la Iglesia con uno de los bandos de la lucha política. Claro está que ese paso tiene que venir acompañado de otro similar por parte del Gobierno.

No es de recibo los gestos provocadores de los coautores del tripartito (Maragall y Carod Rovira) jugando al Ecce Homo, con foto de souvenir incluida. No se entiende que el carácter evaluable de la asignatura de Religión sea tan imposible de integrar para un Gobierno que asume todo tipo de demandas, desde las peticiones de nación para una región, a cargo de los independentistas, hasta las prejubilaciones de mediana edad para hacer más liviana la crisis vital al cumplir los cuarenta años.