Se sigue constatando que diversos intelectuales que fueron etarras, comunistas, progres, se pasan a la derecha pura y hasta dura, al españolismo rampante, al antifeminismo burlón, lo que es criticado por sus antiguos compañeros o por los admiradores de lo políticamente correcto, que en España nutre el izquierdismo. Y no por la solvencia ideológica de éste, sino por el marasmo mental que suele afectar a la derecha. Las razones de tal zancada política pueden ser varias: haber fracasado la opción progre del tránsfuga, no haber prosperado en ella, haberse hartado de sus tablas de la ley, haber evolucionado en ideas, haber recibido un cargo público, lograr un buen contrato televisivo o de alguna publicación, padecer la paradójica orfandad patriótica que dejó la muerte de la dictadura, constituir ese tránsfuga otro simple producto del bailoteo nacional.
Y esas críticas son correctas. Porque también pueden servir para criticar a quienes las formulan, pues el país está igualmente lleno de prófugos que dejaron la prédica marxista o derechista o fueron meros cucos para pastar diligentes en los campos de alfalfa socialdemócrata, donde un periódico, la universidad o un parlamento-conselleria-concejalía les otorgaron los chollos de rigor. O porque se hallan amuermados en sus décadas de inmovilismo cerebral, pues mientras el mundo cambia, ellos se han quedado en programados. Lo peor de la derecha y de la izquierda de esta nación de naciones es que los dogmas de ambas son tan raquíticos que acaban en bobalicones los retros y en inquisidores los progres. Véase el reciente y sarcástico ensayo de F. M. Àlvaro Els assassins de Franco (L´Esfera). Y es que a los intelectuales también les afecta el orondo fracaso escolar que nos señala la UE. Los extremeños se tocan se titulaba aquella farsa, y hasta un extremeño ilustre, Rodríguez Ibarra, participa brioso de unos y otros.
Pero no todo intelectual es así. Ni todos los periodistas son dislocados ni todos los políticos, chanchulleros. La medida de su calidad reside al principio en que el valor se le supone, pero tal premisa se agota en unos años, para al fin ser la obra realizada, la inteligencia demostrada, los errores reconducidos, lo que distinguirá al intelectual neto de la ralea de los ansiosos sicarios. ¿Sirven como ejemplo los nombres de Aristóteles, Voltaire, Bertrand Russell, Joan Fuster?
Todos en definitiva somos una historia o una nada. A cierto punto las dudas ya no existen, aunque cundan las malevolencias. Porque el sicario cree y le conviene creer que la calidad y el petardeo no son objetivables, sino sentencias que debe dictar el sectarismo.

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