Comprobé en televisión la perplejidad de Jean Daniel por el comportamiento del inmigrante en Francia, «modelo» de acogida. Intervención urgente la suya, sin matizar, propia del medio, que, a su vez, me dejó perplejo. ¡El, pied noir viejo amigo y presunto cómplice al orden de Camus! Parte de esa noche la pasé releyendo sus Chroniques algériennes. En 1955 escribió: «Los franceses de Argelia saben que la política de asimilación ha fracasado. Primero, porque nunca fue emprendida y, después, porque el pueblo árabe ha guardado su personalidad que no es reducible a la nuestra». Esto no lo dijo Camus, es hecho incontrovertible: Francia, lugar de exilios, tardó en asimilar el de los harkis, colaboracionistas argelinos contra sus hermanos independentistas, y el de los propios franceses de la ex colonia. A poco más de cuarenta años de la independencia, ambos colectivos muestran aún sus heridas. Nuevos documentos provocan hoy una ola de reflexión en la antigua metrópoli, lavatorio de trapos sucios.
Con el reposo que contraría la urgencia de las cámaras, Daniel abogó finalmente en el reciente encuentro de Oviedo con otros Príncipes de Asturias por una «discriminación positiva» para los inmigrantes musulmanes que Europa criminaliza e instrumentaliza la parte del Islam que desea «la destrucción de la civilización occidental». Se trataría de transformarlos en «ciudadanos que no quieran rebelarse». Pero, ¿sería posible? Acostumbrada a sus furias, ¿qué explica la violenta reacción en Francia de estos jóvenes airados?: Con el precedente de la Comuna o del Mayo del 68, lo nuevo no puede ser la percepción de la frustración, de la diferencia entre aquello a lo que creen tener derecho (bienes materiales o libertades) y lo que creen poder llegar a alcanzar.El concepto de privación no explica ya toda la violencia, que respondería, en efecto, a una estrategia de confrontación de civilizaciones que tenemos pudor en aceptar. Esta no es una revolución de esas que nosotros que la quisimos tanto entenderíamos. Recuerdo la anécdota de aquellos días míticos. En una asamblea en la Sorbona, el escritor comunista Aragon quiso alzar la voz. Icono del movimiento, el hoy eurodiputado Cohn-Bendit cortó así la pretensión: «Si está de acuerdo con nosotros, diga públicamente aquí que no lo está con L'Humanité (órgano del PCE) que nos trata de provocadores». El movimiento de mayo fue profundamente antiautoritario y en su enfrentamiento con los poderes atrajo a obreros y emigrantes no controlados por Moscú y la solidaridad de colectivos del mundo que aún soñaban su transformación. Los quemacoches de hoy no sueñan colaboradores: ¿Quién querría servir a sus autoridades?
Además de la de las hogueras, estos días ofrece París una magna exposición Dadá, movimiento antiautoritario del espíritu nacido contra la autoridad que incendió Europa en 1914. Con la paz, llegó el surrealismo que trató de reconducir el nihilismo en una energía positiva cercana a la revolución, porque la negación ociosa agrandaría la desesperación social. Alimentado en deseos eternos, hoy solo el credo es una pasión violenta. Jean Daniel reconoce la dificultad de las sociedades privadas de «religión civil», pero la «cultura patriótica» es ya en Europa una falacia. El Islam radical se aprovecha de ello en París como el catolicismo radical se aprovecha en Madrid de lo mismo. Fuente de compensación emocional, la religión vuelve a responder a los aforismos de Marx: «opio de las masas», «corazón de una sociedad sin corazón».

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