Nos quejamos del enfrentamiento político tan radical que existe en España. ¿Nos convendría más ser talmente enanitos de Blancanieves, bondadosos y regordetes? Pero pasan las teorías y la rana queda, como decía el biólogo Jean Rostand. Luego, ¿no resultará que los enfrentamientos también son beneficiosos? Resulta obvio que la democracia sólo funciona desde la diversidad y la controversia, que la ciencia se basa en la duda y la contradicción, que la creación artística y literaria se resuelven a base de diferencias y disidencias, que comercio equivale a competitividad. Y todo ello acontece más dulce o más agresivo. Por tanto, no culpemos al rival y al enemigo de que lo sean, basta con estar en desacuerdo. Uno de los problemas políticos del momento consiste en que en España o Estados Unidos, por ejemplo, las únicas ideas con empuje son las de la derecha, que a unos les parecen muy bestias y a otros muy realistas, mientras la izquierda se queda decolorada, incapaz de oponerse en agudo contraste con argumentos y hechos sólidos, a lo más vocea que la derecha es nefasta y convoca manifestaciones por la paz que también podrían ser a favor del consumo del cava catalán, por aquello de que somos españoles.

En Catalunya esta situación es aún más grave. En política casi ocurre al revés que en el resto de naciones y regiones occidentales, pues consideramos la derecha y el centro ilegítimos por principio, impera el dogma de que la izquierda es lo necesario y coherente, lo piensa hasta la derecha, y ello a pesar del revuelto tripartito en la Generalitat. Estamos por dogmas encubiertos de consenso, plataformas unitarias y endogamias. En público, claro, porque en privado no hay nada de esto y los navajazos son más terribles por solapados y por tanto menos esquivables. Así, lo políticamente correcto no es ni discutible, con lo que la disensión tiene que sofocarse y entonces privan los axiomas. Aquí hay personas y opciones que han sido desprestigiadas en el ámbito público sin que jamás se les haya descalificado en voz alta. Monstruoso.

No parecen recomendables una sociedad o una persona sin rivales ni enemigos, sin envidias ni ambiciones. El día de Sant Jordi, ya tan sobado y rebañístico, debiera ser sustituido por la Diada de Darwin, que todos aprendan su teoría de las especies que evolucionan en pugna. Aunque la lubrifiquemos con la Seguridad Social. Aun servidor el enemigo que embiste y la envidia que siento hacia la excelencia me han estimulado la energía. Y atención: no hay enemigo importante si la convicción propia se basa en obras. No somos verborrea, sino hechos: es la clave de la razón.