EL «CONTRATO» suscrito entre democristianos y socialdemócratas, ratificado ayer, no seduce plenamente a nadie, pero convence a casi todos de que es la mejor solución, a la vista de los resultados electorales y de la mala situación por la que atraviesa Alemania. El programa conjunto no incluye grandes novedades, pero sí se manifiesta como el resultado de un proceso en el que cada cual ha cedido en lo que puede culpar más fácilmente a su rival y socio. Así, los democristianos han admitido el aumento de los impuestos para ajustar las cuentas públicas, aunque ello haya irritado profundamente a los empresarios, y han renunciado, de momento, a romper la rigidez de la contratación colectiva (que pretendían flexibilizar por ramos y regiones a favor de los convenios de empresa). Por su parte, los socialdemócratas han aceptado la flexibilización de los despidos para los nuevos empleos (el período de prueba pasa de seis a veinticuatro meses) y la elevación paulatina de la edad de jubilación a partir del 2012 hasta quedar establecida en los 67 años en el 2035. Se aparcó por falta acuerdo la reforma del seguro de enfermedad y de dependencia.
En suma, que ni han prosperado las medidas de choque reclamadas por Edmund Stoiber, líder de la Unión Cristiano Social (CSU) y primer ministro de Baviera, ni el enroque sociolaboral preconizado por los socialdemócratas. La gran coalición arranca así sin un gran entusiasmo de las partes y con severas críticas de los liberales y de las organizaciones empresariales, por un lado, y de los seguidores del Partido de la Izquierda de Oskar Lafontaine, por otro. Sin embargo, el acuerdo ha sido acogido como el mal menor, convencida la mayoría del país de que sólo el «contrato» entre las dos grandes fuerzas puede garantizar la estabilidad necesaria para salir del estancamiento.
Curiosamente, son la derecha empresarial y la izquierda procomunista las que echan en falta un gran golpe de timón para volver al crecimiento. Pero Angela Merkel tiene razón en que no fue eso lo que votaron los alemanes. Por el contrario, exigieron cambios paulatinos y progresivos, sin experimentos ni sobresaltos. Y ésta es la apuesta que recoge el «contrato» de Gobierno ahora suscrito.

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