HACE pocas fechas saltaba a los medios de comunicación la noticia del proyecto de construcción de una incineradora de residuos domésticos por iniciativa del Consorcio para la Gestión de los Residuos de Asturias (Cogersa).

Nadie pone en duda que la creciente generación de basuras es un importante problema ambiental, agravado por los cambios y gran cantidad de envases y embalajes que por decisión de los productores, no de los consumidores, se ponen en el mercado. Problema que hace tiempo se reconoce como 'la crisis de la basura', pero cuya solución no pasa por la incineración. Para afrontar el problema de la basura la solución es el reciclado intensivo y promover a fondo la reutilización de envases, tal y como orientan las directivas de la Unión Europea y como señala la experiencia de los países más avanzados en la gestión de residuos. La solución está en gestionar adecuadamente ese 90% de los materiales de las basuras que son reciclables.

Si embargo, la apuesta de Cogersa es una prueba más de su falta de previsión y del desprecio, a que nos viene teniendo acostumbrados, al impulso de una estrategia avanzada de gestión de los residuos domésticos en Asturias. En nuestra comunidad hay aún mucho que hacer para impulsar las 3R: reciclaje, reutilización y reducción de residuos domésticos y, en consecuencia, alargar la vida útil del deposito central de basuras, antes de poner en marcha la peor de todas las opciones.

En primer lugar, hay que decir que las incineradoras de residuos domésticos son una de las fuentes más importante de contaminación ambiental que existen y la más importante en la producción de dioxinas -quizá unos de los compuestos más tóxicos que se conocen-, al tiempo que generan importantes cantidades de cenizas también tóxicas. Este sistema no elimina, por lo tanto, la necesidad de vertederos.

Como decimos, entre los compuestos tóxicos que emiten las incineradoras destacan las dioxinas y los metales pesados (mercurio, cadmio, plomo, cobre, etcétera). Las dioxinas son extremadamente tóxicas, persistentes y acumulativas; son cancerígenas y alteran los sistemas inmunitario, hormonal, reproductor y nervioso. Mediante su emisión a la atmósfera, contaminan el aire, se dispersan por el medio ambiente y pasan a la cadena alimentaria. Así, ha quedado verificada en múltiples casos la presencia de altos niveles de dioxinas en la leche de las vacas que pastan en el medio al que llegan las emisiones de las incineradoras y en el pescado de las aguas que llegan a afectar.

La presencia de materiales plásticos (envases, embalajes, etcétera) en las basuras es la materia prima que contribuye a la formación de las dioxinas y furanos durante el proceso de incineración. Los sistemas de filtrado y los controles de emisiones, de acuerdo con la legislación actual, no garantizan la protección de la salud pública. Nunca se podrá conseguir el nivel cero de dioxinas, de forma constante, ni de otras sustancias también tóxicas que se emiten en la atmósfera. No existe un umbral de seguridad para la exposición a dioxinas. Y cuanto más eficiente sea el sistema de filtrado, mayor será la cantidad de estas sustancias en las cenizas, que son residuos tóxicos.

La incineración de los residuos es el paradigma de tecnología de final de tubería, que perpetúa el traslado de los contaminantes de un medio a otro, dentro de lo que se denomina ciclo de la contaminación. En definitiva, traslada a las generaciones futuras la solución a los nuevos problemas que genera, como son los provocados por los depósitos de cenizas tóxicas.

La excusa para favorecer la incineración es que es necesaria hasta que el reciclado de residuos domésticos esté suficientemente desarrollado. Sin embargo, el único obstáculo insalvable para el reciclado es la construcción de una incineradora. Por una simple razón: en torno al 80% de los componentes de los residuos domésticos o pueden ser quemados o pueden ser reciclados, pero, obviamente, no ambas cosas. Como consecuencia, para que una incineradora funcione requiere que se le suministren residuos en cantidad y calidad suficientes para permitir un funcionamiento eficiente y que no sea antieconómico. Así, la construcción de incineradoras desincentiva e interfiere en el desarrollo de los programas de recogida selectiva, reciclaje y compostaje, pues ambos sistemas compiten por el mismo tipo de material.

La incineración, además de ser una fuente altamente contaminante, es un derroche de energía. Así, según datos de un informe de Greenpeace, el reciclaje de las 14.424.430 toneladas de residuos sólidos urbanos generadas en España produciría un ahorro de energía 3,95 veces superior a la que se obtendría mediante su incineración. Esta energía ahorrable equivale a la contenida en 9.929.142 toneladas de carbón, cantidad superior a todo el consumo de carbón de importación de las centrales térmicas españolas.

Además supone un despilfarro desechar la enorme cantidad de materias primas que se pueden obtener de los residuos domésticos, para ser empleadas en la fabricación de nuevos envases u otros bienes -desarrollando la economía y el empleo en el sector del reciclaje- que de esta forma se convertirían en basura tóxica.

En definitiva, existen suficientes razones sanitarias, ambientales, sociales y económicas para que todos los ayuntamientos asturianos y la Administración regional, que son los que conforman Cogersa, paralicen este proyecto de incineradora e impulsen con decisión los programas de recogida selectiva, reciclaje y compostaje. En España, desde 1990, la oposición pública ha paralizado 39 proyectos de incineradoras de residuos, 14 de ellos de residuos urbanos. Esperemos que este sea uno más de los que logremos paralizar.

DACIO ALONSO Y PABLO GARCÍA/UNIÓN DE CONSUMIDORES DE ASTURIAS - UCE