Me entero por la prensa de que Al Zarqaui, el responsable de la última salvajada de Al Qaeda, era en su juventud un delincuente común semi-analfabeto que se pasaba la vida entrando y saliendo del trullo. Su amigo Osama bin Laden, si no recuerdo mal, había sido un jovenzuelo tarambana que cerraba las discotecas de Londres y no le hacía ascos ni a las drogas ni al alcohol. Todo parece indicar que ambos sufrieron una epifanía que les llevó a ser lo que ahora son.
O sea, que su redención, loable si no hubiera superado los límites personales, evolucionó hacia un delirio religioso-criminal cuyas consecuencias estamos pagando todos. Con redenciones así, francamente, más nos hubiera valido que Al Zarqaui siguiera siendo un mangante enchironado y que Osama bin Laden hubiera perecido de un ataque al corazón por sobredosis de cocaína a la salida de un club pijo del West End.
Estos dos iluminados no son los únicos que andan por ahí intentando imponerle al mundo su molesta presencia. Pensemos en el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, otro que también se redimió y decidió que su epifanía la íbamos a pagar todos muy cara, empezando por los habitantes de su propio país. ¿No era suficiente dejar de beber y tratar de llevar una vida apacible? No. Había que llegar como fuera a la Casa Blanca, aliarse con la carcundia religiosa y proponer un nuevo orden mundial que causara miles de muertos, arruinara las arcas del Estado y diera alas al terrorismo de los dos merluzos citados en el primer párrafo.
Sigamos con las epifanías molestas para el entorno de quien las experimenta. A todos nos parece lógico que Josep Piqué dejara de ser comunista, pues si no, a estas horas estaría ejerciendo de progre sostenible junto a los inefables Joan Saura e Imma Mayol. ¿Pero era necesario hacerse del PP, predicar la buena nueva neoconservadora y, sobre todo, pasarse la vida aguantando a gente como José María Aznar, Ángel Acebes o Eduardo Zaplana? Yo diría que no.
Tampoco me pareció muy necesario que Jordi Pujol pusiera en práctica durante 23 años su plan, sin duda de inspiración divina, para salvarnos a los catalanes de nosotros mismos. Ni que Pasqual Maragall, en vez de ejercer de socialista, sintiera la necesidad de proseguir y agrandar la tarea emprendida por quien parecía que era su adversario, aunque luego resultara ser prácticamente su padre y maestro, y se lanzara a regenerar Catalunya y a reorganizar España.
Todos los personajes citados hasta ahora se parecen bastante a esos pelmazos que dejan de beber, de drogarse, de fumar o de jugar al póquer y dedican el resto de su vida a intentar convencer a los demás de que hagan lo propio. Todos se empeñan en ignorar que la redención está muy bien siempre que no pretenda imponerse a los demás, ya sea a bombazos o a golpes de iniciativa legislativa.
Nada más apropiado en estos momentos de auge mundial de los fanáticos de la redención que recordar la modesta y admirable figura de Eleuterio Sánchez, conocido como El Lute en su época delictiva. El hombre superó su pasado, se sacó la carrera de Derecho y se integró en la sociedad. ¿Verdad que nadie le vio intentando convencer a la población reclusa de lo que mola ser abogado?
Si la gente disfrutara en privado de sus iluminaciones, el mundo sería un lugar más agradable. Aunque estuviera a oscuras.

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