París era una fiesta, hoy arde, de Lázaro Covadlo en El Mundo de Cataluña
Acuden a mi memoria viejos títulos de libros y películas en referencia a la Ciudad Luz, la luz de las farolas y letreros luminosos, no de los fuegos de vehículos calcinados. Hoy arde París y nos hace evocar la película de René Clément, basada en el best-seller de Larry Collins y Dominique LaPierre. También asalta el recuerdo del libro de fantasiosas memorias de Hemingway: París era una fiesta. Era el París de los años 20 del pasado siglo, el de la vida bohemia, el de Pablo Picasso, Scott Fitzgeral y Ezra Pound.¿Recuerdan a Humphrey Bogart en Casablanca, cuando decía que siempre nos quedará París? Ya no nos queda. Al menos no es ese el París que nos queda hoy, porque lo que no pudieron los nazis, los colaboracionistas y la policía fascistoide exterminadora de argelinos, lo están logrando las hordas nihilistas que a este paso acabarán por incendiar el resto de Europa, como si quisieran hacer creíbles las profecías del intelectual protonazi Oswald Spengler, que en los años 30 (otra vez el siglo pasado), en su libro Años decisivos, vaticinaba una funesta confluencia de la población pauperizada y las «razas de color» -al decir de este reaccionario prusiano- que atacarían Occidente desde el Sur y desde Asia para implantar la barbarie, tal como en la antigua Roma.
Spengler estaba borracho de racismo, aunque en ocasiones incluso los cavernarios llegan a vislumbrar una pizca de verdad. Pero hoy no confluyen pobres y «razas de color». Lo que confluye en esta Europa terminal, que parece justificar el título de otra obra del mencionado protonazi (La decadencia de Occidente), es la amenazante desesperanza de los marginados con la peligrosa mediocridad de quienes gobiernan. Estos días hemos podido leer numerosos análisis sobre las causas y los efectos del actual caos. Yo rescato (sin excluir muchas otras) las sagaces observaciones de Cristina Peri Rossi (anteayer, este diario), no obstante echo en falta la mención de un aspecto que puede habérsele pasado: entre los turbulentos incendiarios no hay mujeres. Peri Rossi y otros analistas comparan la actual asonada con los alborotos de mayo de 1968 y establecen las diferencias entre ambos hechos, que superan con creces las similitudes. En ningún lugar encontré señalada, entre las diferencias, la ausencia de mujeres. Es importante.
Recuerdo las manifestaciones estudiantiles, en la Argentina de mi juventud. Éramos muchachos y chicas, y entre tanta vociferada reivindicación había lugar para el erotismo, que flotaba en el aire con el mismo ardor que los ideales. En contraste recuerdo el espectáculo de esas plazas públicas de Lyon y París, sembradas de machos reprimidos, aviesos y tristes. Hablan entre ellos horas y horas, al tiempo que desean y se exasperan con la visión de las muchachas del país, chicas con el cabello al aire, vestidas con desenfado. No puede faltar la violencia cuando falta el componente femenino. Haced el amor, no queméis vehículos.
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