NOS encontramos ante una de las peores crisis que ha conocido Francia en los últimos tiempos. Los años de Jacques Chirac en la presidencia han sido testigos del desmoronamiento de un sistema político que era motivo de orgullo entre los franceses y de admiración en el resto de Europa. El todopoderoso Estado francés no sólo era capaz de proporcionar a los ciudadanos todo lo que se esperaba del llamado Estado de bienestar, sino también de incorporar los beneficios de la República a los recién llegados al país. París era el foco de atracción cultural para todo el mundo, y desde la presidencia de la República se impulsaba una ambiciosa política exterior que no sólo engrandecía el prestigio de Francia, sino que constituía, junto con Alemania, el motor de la construcción de Europa. Este magnífico panorama parece muy lejano en la actualidad.
Al margen de la crisis del Estado de bienestar francés sobre el que se debate desde hace tiempo, varios eventos en los últimos años han puesto en evidencia la crisis del sistema francés. En las últimas elecciones presidenciales, el populismo de ultraderecha obtuvo su mayor éxito al lograr que el líder del Frente Nacional, Jean Marie Le Pen, llegara a disputarse la presidencia con Chirac en la segunda vuelta de las elecciones; cuando un partido antisistema puede llegar tan lejos es motivo de gran preocupación. Recientemente, la victoria del «no» en el referéndum sobre la Constitución europea puso de manifiesto la falta de sintonía entre la clase política y la ciudadanía, y desbancó a este país de su tradicional papel de locomotora en la construcción europea. Con la revuelta urbana en los barrios periféricos de París, se lucha contra otro pilar de la V República: el sistema social capaz de incorporar al emigrante y ser asimilado por la sociedad.
El Gobierno ha tomado medidas drásticas para restablecer la ley y el orden. Además del establecimiento del toque de queda y la política de tolerancia cero anunciada por el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, también se ha decretado que sean expulsados del país todos los extranjeros implicados en la revuelta. Con estas medidas de excepción es posible que se logre la vuelta a la paz en la periferia parisina, sin embargo, el reto más difícil será impedir que estalle un tumulto similar en poco tiempo, para lo cual es necesario llegar a la raíz del problema e impulsar serias reformas.
Francia fue de pionero en la acogida de la inmigración. La primeras oleadas de inmigración procedían de Europa Oriental y de países limítrofes como Italia o España. Los hijos y nietos de estos inmigrantes no sólo lograron convertirse en ciudadanos franceses e integrarse plenamente en la República, sino que incluso llegaron a ocupar los primeros puestos de la administración. Nicolás Sarkozy, de ascendencia húngara, es el mejor ejemplo del éxito de este tipo de asimilación de la inmigración. La experiencia ha sido muy distinta con la inmigración procedente de las antiguas colonias del imperio francés, que hoy constituyen ese casi diez por ciento de ciudadanos franceses de religión musulmana. Como ha comentado el filósofo Bernard-Henri Levi, seguir llamando inmigrantes a los que después de dos o tres generaciones deberían ser simplemente ciudadanos franceses pone en evidencia el fracaso de su integración; y transferir a los responsables de las mezquitas el deber de mantener el orden y predicar la paz constituye el fracaso definitivo de un país laico. Por lo tanto el Gobierno no sólo debe lograr defender la República ante los insurgentes, sino ante todo, lograr que éstos se integren en el país en que nacieron y estén dispuestos a defender sus valores.
Qué consecuencias políticas va a tener esta revuelta. Constituye el golpe de gracia para la carrera política del presidente Chirac. Las revueltas en la turbulenta historia de Francia se han llevado por delante a muchos dirigentes e incluso a varios regímenes. La revolución de 1830 hizo caer al rey Carlos X; la revolución de 1848 hizo caer a Luis Felipe de Orleáns y en 1870 la comuna de París tras la guerra franco-prusiana acabó con el régimen de Napoleón III. También una revuelta acabó con la carrera del fundador de la V República francesa, ya que el presidente De Gaulle dimitió después de perder un referéndum provocado en gran parte por la crisis de mayo del 68. Lo que menos necesitaba el presidente Chirac tras perder el referéndum sobre la Constitución europea hace pocos meses es una sublevación de los llamados desheredados del sistema. Nada parece indicar que el presidente francés vaya a dimitir. Su opción será resistir en el Elíseo hasta las próximas elecciones presidenciales para luego dar paso a los posibles sucesores, Dominique de Villepin o Nicolás Sarkozy, que también se juegan su porvenir político.
La consecuencia del polvorín francés en el resto de Europa ha sido hacer caer el euro a mínimos históricos. Los gobiernos lo han seguido con gran inquietud. Desde 1789, las revueltas francesas se han propagado como la pólvora por toda Europa. En el siglo XIX se decía que cuando París estornudaba, Europa se resfriaba. No sólo ocurrió en las revoluciones de 1830 y 1849, sino también en mayo de 1968. De momento los gobiernos han tomado medidas y nada parece indicar que los tumultos de París vayan a propagarse por el continente, pero no hay ninguna razón para pensar que los inmigrantes que se hacinan en condiciones infrahumanas en barriadas periféricas de Londres, Viena, Roma, Madrid o Barcelona vayan a tener más respecto por la ciudad que les acoge que los de París. Por consiguiente, como tantas veces en nuestra historia, Europa está pendiente de Francia. Está en juego no sólo el porvenir de la V República, sino también cómo afrontar con éxito el fenómeno de la inmigración en Europa.
JULIO CRESPO MACLENNAN. CENTRO DE ESTUDIOS EUROPEOS, INSTITUTO UNIVERSITARIO ORTEGA Y GASSET.

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