“Inmigrante, pero exitoso...” , de Mathieu Rigouste en Le Monde diplomatique
Le Monde diplomatique de Junio 2005. Numero 116
En lugar de preguntarse acerca de los mecanismos que impiden a los niños de la inmigración disfrutar de la igualdad de derechos y oportunidades, las élites les exigen integrarse. Como si los jóvenes confinados en los guetos de las ciudades tuvieran la responsabilidad de las discriminaciones que sufren. El éxito intelectual, económico, deportivo o artístico de los francomagrebíes explotado en los medios de comunicación se opone de este modo a los rostros amenazadores de los gamberros y de los terroristas...
Hay palabras que encierran mundos. Ese "pero" con el que nos topamos permanentemente, desde comienzos de los años noventa, cada vez en más artículos de los grandes diarios franceses, merece que nos detengamos a analizarlo (1). Su historia es la de una articulación entre las representaciones mediáticas del inmigrante y el discurso dominante sobre esta temática indisociable: la integración.
A finales de enero de 2004, Le Parisien publicó una serie de seis artículos bajo el título Musulmanes que lograron integrarse, ilustrada con fotos de los protagonistas. "Traje gris plomo, camisa a rayas azules haciendo juego con una corbata amarilla, cabello peinado hacia atrás, Karim, nacido en Mantes-la-Jolie hace 24 años, acaba de abandonar su puesto bien remunerado de técnico comercial para crear su propia empresa (2)". "La dueña del lugar, Najia el-Mouna Cifi, 46 años, parece salida de una publicidad de Afflelou. Cabello corto, gafas rectangulares negras, suéter oscuro y maquillaje perfecto, la asistente social de ancianos contrasta asombrosamente con ese decorado de Las mil y una noches (3)". "Barba cuidadosamente recortada, ojos rasgados de mirada intensa, contextura delgada y actitud altiva... Aunque se vista con vaqueros y un simple suéter, Allam Farourou parece un príncipe bereber. En una profesión como la suya, su carisma es una enorme ventaja. Este franco-argelino enseña electrónica en el Liceo profesional Marcel Cachin de Saint-Ouen (4)".
Estos artículos son particularmente representativos de un tipo de discurso cada vez más generalizado en todos los grandes diarios, desde el primer caso del velo islámico en 1989. Como de costumbre, asocian el éxito de la integración con el nivel socioeconómico logrado, que se observaría a través de cierta forma de mimetismo, resultante de una motivación esencialmente personal. El integrado, aquel que ha triunfado, parece seguir una trayectoria que debe conducirlo a asemejarse al mito del francés de pura cepa, "salido de una publicidad de Afflelou". Sobre el rostro del integrado se coloca una máscara blanca.
Basándose en la idea de que la excepción confirma la regla, esta técnica discursiva define por oposición a quien no ha logrado integrarse: pobre o excluido, aquel que no ha podido emanciparse de los múltiples criterios culturales, religiosos, fenotípicos, que se han opuesto progresivamente a la identidad francesa relacionándolos con la figura del inmigrante. El personaje es remitido necesariamente a una situación original, que supuestamente evoca la no integración: en el primer ejemplo, el estilo ejecutivo y el espíritu emprendedor se oponen a Mantes-la-Jolie, fundando la noción de integración en el ascenso económico. El segundo distingue el éxito de Las mil y una noches, es decir, desde un punto de vista cultural, religioso y geográfico; el último lo concibe a través de una oposición entre el estatuto de docente y el Liceo profesional de Saint-Ouen.
Además de esta imprecisión semántica sobre los conceptos de islam, Magreb e inmigración, estos artículos proponen una imagen del fracaso del inmigrante, musulmán, magrebí en su integración, que sugiere varios mensajes: el que quiere realmente integrarse puede hacerlo, los demás eligieron o se conformaron con una situación de fracaso; "no, el motor de la integración no está averiado".
Lo novedoso en estas figuras mediáticas que son el inmigrante burócrata, técnico, empresario, profesor o prefecto, es la función que describen, la del marco, y el discurso en el que se articulan, la integración a través de la discriminación positiva. La mediatización de Aissa Dermouche, por ejemplo, llamado sucesivamente "prefecto musulmán", "prefecto de origen inmigrante", o "modelo de integración" fue construida sobre una remisión sistemática a figuras de "musulmanes furiosos que se oponen a la ley sobre el velo islámico y por ende islamitas". Estas figuras del integrado coinciden con otra función más antigua, la que apunta a considerar los logros del Otro.
La victoria del equipo de Francia negros-blancos-magrebíes en el Mundial de Fútbol de 1998 sirvió de fundamento a la apología de estas singulares figuras del éxito de los inmigrantes, que se expresaban bajo la forma de la excelencia deportiva consagrada a la bandera tricolor. El discurso periodístico se adueñó de estas figuras del vencedor oponiéndolas a las de los delincuentes o terroristas.
El discurso de la integración y las imágenes del integrado son manipuladas por los grandes medios de comunicación como otras tantas garantías antirracistas y medidas compensatorias frente a una retórica de la amenaza. Sin embargo, ejerce una función central en el mantenimiento de los estigmas de la diferencia y su transmisión casi hereditaria a una parte de los franceses, a los que se designa como "de origen inmigrante" y a quienes se conmina constantemente a "integrarse".
Cada vez más presente desde 1995, y bajo los rasgos de cantantes, cómicos, estrellas o deportistas, este tipo de figura se circunscribe al mundo del espectáculo. Consagra la imagen de un inmigrante valorado por su espectacularidad, es decir, a menudo abnegado, valeroso, servil y sobre todo competitivo. La combinación de estas imágenes positivas y negativas restituye una dualidad que en resumidas cuentas señala: "El inmigrante constituye por regla general una amenaza, pero excepcionalmente puede integrarse, si lo hace en el terreno del espectáculo". En suma, significa reconocer que cierta representación positiva del integrado se ha impuesto como la forma dominante de mostrar la inmigración de un modo favorable, procediendo a la relegación general del grupo.
¿Qué es lo que está en juego? ¿Qué se sugiere al representar esencialmente el éxito y la integración bajo los rasgos del cantante popular, el deportista consumado o el humorista simpático? Exactamente el mismo discurso que aquél que pretende representar a la masa de inmigrantes como lisiados.
Hay palabras que encierran mundos. Ese pero es una de ellas. No es tanto el hecho de que oponga inmigración a éxito, lo que es materia de un debate puramente ideológico y notoriamente nauseabundo; tampoco se trata de polemizar sobre lo que debería abarcar la noción de éxito. Es necesario comprender la irrupción de cierto discurso dominante sobre el éxito del inmigrante en algunos lugares y en determinado momento. ¿Cómo es que estas imágenes, legitimadas por una forma de justificación bien pensante, de las que se ha adueñado una nueva, nueva izquierda, surgen y se radicalizan desde la conversión de ésta al discurso de la seguridad sobre la inmigración, los pobres y el islam (5) ?
Estas imágenes adquieren sus títulos de nobleza en los grandes diarios, en el preciso momento en que éstos se apoderan de la inmigración para convertirla en uno de los temas principales de sus artículos dedicados a todo aquello que pudiera considerarse una amenaza a la identidad, la integridad, la seguridad de la población, y la soberanía del territorio francés. Ese pero se convierte en el eje de un pensamiento político de la inmigración limitado a su enfoque de seguridad.
Cabe hacer una genealogía rápida de las representaciones mediáticas de la inmigración. El ocaso de la figura del trabajador inmigrante se inicia a partir de la desaceleración y luego la interrupción de la inmigración laboral de 1973 y 1974. Hasta entonces, la inmigración laboral poscolonial había provisto a la patronal de una mano de obra manejable y sumisa para los trabajos menos preciados de una economía con pleno empleo. Los grandes diarios proponían así una figura paternalista del trabajador inmigrante dócil y lastimosa, pero que periódicamente podía inclinarse al delito. Puede hablarse de una alteridad providencial posterior a las representaciones de la guerra colonial, donde el inmigrante-tipo oscilaba entre el indígena y el fellagha, es decir, una alteridad de guerra, y anterior a la que hoy nos ocupa. La economía de desempleo masivo y la decadencia del Estado social desestabilizaron las referencias simbólicas, la mirada sobre el Otro, la percepción de la amenaza, y obligaron a los discursos dominantes a reformularse para no resultar totalmente desacreditados.
Las figuras dominantes del inmigrante exitoso al igual que las del enemigo inmigrante, las de Zidane, Khaled o Djamel Debbouze -y, en otro registro, las de Khaled Kelkal (6) o Zacarias Moussaoui (7)- participan del hecho de investir al cuerpo inmigrante de una amenaza económica, social, política, religiosa, cultural.
La representación del Otro en general y de la inmigración funciona como una válvula para crisis simbólicas. El clásico resurgimiento de las correlaciones legendarias -del tipo inmigración = desempleo, inmigración = inseguridad, inmigración = islam = desculturización- no le es ajeno. Conformando habitualmente el patrimonio de la extrema derecha, atraviesan en la actualidad, bajo formas más o menos matizadas, la masa de discursos mediáticos sobre todo el espectro político. Los artículos sobre el éxito de los inmigrantes parecen decir que más allá del espectáculo, es decir, en su forma más amplia, en la sociedad civil, la inmigración es portadora de una amenaza económica al empleo (el inmigrante desempleado), política y social al Estado y a la población (el inmigrante terrorista o salvaje), demográfica al espacio (el inmigrante invasor), religiosa y cultural (el inmigrante musulmán...).
Cuando la cultura colonial enfrentó crisis de legitimidad, utilizó las imágenes del Otro y movilizó personajes capaces de representar, por ejemplo, los beneficios de la colonización sobre los colonizados. Las figuras del "emir Abd El-Kader derrotado y esclarecido" o de "Joséphine Baker, diva indígena", que movilizaban multitudes, permitieron sostener este discurso del éxito de los indígenas dentro y gracias a la República imperial. El espectador podía leer en ese discurso una imagen valorizada de sí mismo, la de amo, civilizador, conquistador, o bien profesor, educador, padre. Es la misma dinámica que hace de un "Zidane, campeón del mundo" la base de los mitos de una Francia poscolonial, donde el inmigrante ex colonizado sería capaz de "triunfar... si se dieran los medios".
Tomemos la figura del enemigo poscolonial por excelencia que es Khaled Kelkal, joven, de origen magrebí, de los suburbios, delincuente devenido terrorista, musulmán versado en el islam. Su figura fue muy manipulada por la prensa en relación con los atentados de 1995. La mayoría de los medios de comunicación lo erigieron en símbolo del miedo contemporáneo, simbiosis de los rostros del enemigo interno y del traidor: en él convergen la amenaza de la invasión inmigrante y su sublevación, la de la conversión integrista de los musulmanes, la de la insurrección de la juventud pobre o de origen inmigrante... Kelkal es la figura de crisis de un discurso que hace que la inmigración pase del fracaso a la amenaza. La prensa nacional se apodera de él como si fuese la personificación de todas las suspicacias que ella misma delineaba en el cuerpo del inmigrante.
La figura de Kelkal pertenece al registro de una alteridad de guerra. Sin embargo, compone relatos sensiblemente idénticos a aquellos que atraviesan los discursos de la integración. Las figuras de la amenaza se basan en la producción de un deseo de seguridad; las del éxito, en un deseo mimético que funciona como una conminación a la semejanza. Las imágenes del inmigrante exitoso no son señal de un progreso en la representación de las minorías visibles: son la base de justificación y difusión de un mensaje de seguridad. No son ni más ni menos que uno de los extremos de un discurso capaz de legitimar la guerra librada contra la inmigración, la delincuencia, la juventud desfavorecida, el islam.
Notas:
(1) Investigación histórico-social basada en un corpus de 1.600 artículos de L'Express, Le Parisien, Le Monde y Minute, de 1995 a 2002. Mathieu Rigouste, Les cadres médiatiques, sociaux et mythologiques de l'imaginaire colonial. La représentation de "l'immigration maghrébine" dans la presse française de 1995 à 2002, Paris X, 2002.
(2) Philippe Baverel, Ces musulmans qui ont réussi leur intégration, "Grâce aux injustices, je me suis forgé un caractère", Le Parisien, 28 de enero de 2004, pág. 13.
(3) Claire Chantry, Ces musulmans qui ont réussi leur intégration, "Je n'ai jamais été montré du doigt...", Le Parisien, 29 de enero de 2004, pág. 11.
(4) Charles de Saint-Sauveur, Ces musulmans qui ont réussi leur intégration, "En s'acharnant on peut réussir", Le Parisien, 30 de enero de 2004, pág. 10.
(5) Este vuelco puede situarse alrededor de 1997 y más precisamente en el coloquio de Villepinte Ciudades seguras para ciudadanos libres del 24-25 de octubre de 1997, durante el cual el Partido Socialista y, siguiendo sus pasos, la izquierda plural, deciden competir con la derecha en su terreno predilecto, centrando su campaña presidencial en la inseguridad.
(6) Presunto responsable de los atentados de 1995, abatido por la policía el 29 de septiembre de 1995.
(7) Acusado en Estados Unidos de haber participado en los atentados del 11-S.
Mathieu Rigouste del Instituto Magreb-Europa, Universidad de París-VIII.
