Los jóvenes de las clases más marginadas de nuestras sociedades están muy inquietos: estallan en Francia, pero también aparecen las pandillas en España, aunque las consideremos latinoamericanas, cada día arriban a nuestras costas pateras llenas de personas jóvenes, y muchas son menores de edad. Por no mencionar las pandillas en su país de origen, Estados Unidos, y su triste copia en todo Latinoamérica. No es un fenómeno sólo francés. Recordemos los disturbios de hace algunos años en Los Angeles o la intimidación permanente en las escuelas. La juventud excluida se remueve inquieta en el mundo rico, ante la falta de oportunidades con que se enfrentan.
Las razones son muchas. Pero lo importante es percibir que estos jóvenes, auténticos excluidos sociales, están prontos a estallar.Rabiosos con estas sociedades, con sus vidas, fracasadas antes de empezar, cualquier motivo les impulsa a manifestar su ira.¿quién recuerda a los dos jóvenes electrocutados por temor a la policía, origen de la explosión en Francia?

Como es habitual, la respuesta de las autoridades y la de una opinión pública asustada y manipulada es la de siempre: Son «escoria y matones», «hay alguien organizado dirigiéndolo todo», «son bandas de droga y crimen». Mezclado con un racismo descarado: «son hijos y nietos de inmigrantes». Completado, por supuesto, con la más abyecta represión y enorme violencia policial exigida por quienes mandan.

Es un magnífico ejemplo de la política del avestruz. Ignorar el fondo del acontecimiento, echar tierra sobre los hechos, intentar que todo vuelva a la calma aunque debajo se estén generando los terremotos sociales del futuro. Y que pueden ser crueles, ante la falta de una respuesta social adecuada. Pero los alcaldes, incluso algún ministro, los trabajadores sociales, algunos estudiosos de la sociedad francesa, nos dicen que el estallido es el resultado de una sociedad y unas políticas desastrosas, que no permiten que los jóvenes tengan un lugar en las sociedades a las que pertenecen.Es todo lo que les ofrece el capitalismo del siglo XXI.

«No tendrían que usar la violencia» dicen los bienpensantes.¡Cómo se les ocurre atacar al símbolo sacrosanto de nuestra civilización: dos mil automóviles quemados! No es posible. Que protesten, pero respetuosa y pacíficamente. Pero ¿les hacen caso si son pacíficos? La situación de la juventud en los guetos sociales franceses ni es de hoy ni es desconocida. Como no lo son las dificultades de nuestra juventud. ¿Qué medidas se toman mientras no explotan y recurren a la violencia? ¿No es a la violencia a lo que les incitan los medios o las permanentes guerras de los poderosos? ¿No es su violencia la explosión desesperada cuando ninguna otra posición es válida?

Los partidos, los sindicatos, las organizaciones cívicas y religiosas, ¿qué han logrado para estos jóvenes? ¿qué derecho tienen a llamarles «radicales» con despecho, y pedirles ahora la calma? ¿quién sino nuestras sociedades están llevando a estos jóvenes a esta rabia que concluye en terrible violencia? ¿Qué puede suceder si se unen a ellas los muy numerosos jóvenes autóctonos imposibilitados también de plantearse un proyecto de vida?

El cruel capitalismo del siglo XXI juega con fuego. Recolectará lo que siembra. Desde el poder, ejerce una enorme violencia con medios muy pacíficos. No debe sorprenderse cuando se reacciona con la misma moneda.

*Enragés: De difícil traducción. Airados, furiosos, rabiosos.