LA más áspera de las intervenciones en la sesión del Congreso sobre el 'Estatut' correspondió al portavoz del PNV, Josu Erkoreka. Amén de manifestar de mil modos su apoyo al texto aprobado en Barcelona, cita de José Antonio Agirre incluida, y de sermonear a los representantes catalanes en el sentido de que no debían tolerar esto ni aquello, su malhumor ante el hecho de que el proyecto catalán fuera aceptado a trámite, a diferencia de lo ocurrido con el 'plan Ibarretxe', le llevó a proponer una de las comparaciones más pedestres y agresivas expresadas en la Cámara: quienes argumentaban exigiendo lealtad a la ley fundamental no eran sino «talibanes de la Constitución» y la Constitución se convertía entonces en la 'sharía'.
Feliz con semejante ocurrencia, el hombre insistió en ella una y otra vez. Lo curioso es que el presidente Zapatero, sensible, en cambio, ante la protesta por la no admisión del 'plan Ibarretxe', nada dijo sobre el tratamiento dado por el diputado a la todavía vigente Constitución. Propuso en cambio a Erkoreka que en un futuro próximo volviera al Congreso con un proyecto de Estatuto vasco calcado del catalán, el cual sería admitido a trámite sin problema alguno. La lección estaba dada, así como la demostración de que al presidente socialista sólo le incomodan personalmente los argumentos del adversario, por importante que sea el tema sometido a debate, mientras que los de sus aliados son siempre bien recibidos, aun cuando encierren proposiciones incompatibles con el 'patriotismo constitucional' que dice profesar. A la vista de lo sucedido su lema es inequívocamente: 'Sólo digo mi canción, a quien conmigo va'. El oponente, en este caso el PP, no es digno de que le sea prestada atención. Lo importante es expulsarle a las tinieblas exteriores.
No resulta fácil predecir cuál va ser el resultado de esta extraña situación política en la que el entramado que deberían formar los dos grandes partidos constitucionales aparece partido en dos, con un alto grado de enfrentamiento entre ambos, al mismo tiempo que el propio texto constitucional es sometido a un no menos singular procedimiento de reforma. Tampoco puede olvidarse que por debajo de las discusiones entre los miembros de la clase política se encuentra el impacto de tipo psicológico-social, tendente a incrementar las suspicacias y llegado el caso los odios entre catalanes y españoles. En un momento histórico de bonanza que todos celebran, tal envenenamiento del panorama político únicamente puede producir consecuencias negativas para todos.
Y la culpa ha de repartirse, aunque de forma desigual. La principal responsabilidad corresponde a un Gobierno que contempló durante meses, despreciando las señales de alerta que iban apareciendo, con la atención de un simple espectador, la dinámica que ha llevado a la presentación de un nuevo Estatuto, no de la reforma de un Estatuto. Un documento que desde el preámbulo a las disposiciones adicionales se mueve al margen del ordenamiento constitucional, o se remite a él sólo de modo genérico para enmascarar una modificación sustancial del modo de inserción/relación de Cataluña con España. Del lado popular, su torpeza al ejercer la labor de oposición ha proporcionado a Zapatero su mejor argumento: los populares se entregaron desde el día de su derrota electoral a una permanente operación de acoso y derribo, sin que importara el pretexto. Lo mismo daba el nuevo Estatuto de Cataluña que los tratos con ETA (olvidando que Aznar los intentó), un incendio forestal, el matrimonio de los homosexuales o el atasco en las carreteras de un fin de semana. A fuerza de gritar «que viene el lobo», cuando éste se acerca de verdad sólo sus seguidores les hacen caso.
La táctica seguida por Zapatero el día 2 se ajustó estrictamente a encontrar la propia fuerza en ese impulso ciego del adversario, como en un movimiento de lucha japonesa. El bien construido discurso de Rajoy perdió así buena parte de su eficacia, pues muchos espectadores debieron de pensar que lo mismo hubiera condenado el proyecto de haber sido conforme a la Constitución. Además, el líder del PP olvidó que, ante una opinión pública en estado de confusión, por un lado había que dar pruebas concretas de lo que se intentaba probar, cosa fácil, y por otro convenía modificar la imagen de muro infranqueable que desde su victoria por mayoría absoluta proporcionó el estilo político de Aznar a su partido.
Es cierto que la Constitución se asienta en el principio de la soberanía adscrita de la nación española, pero resulta asimismo incuestionable que la admisión en el mismo artículo de la existencia de «nacionalidades» hace posible encontrar soluciones flexibles y precisas a un tiempo, alejadas de la dinámica del choque de carneros. Y acusar a Zapatero de «federalista» es asimismo grave. Rajoy ignora, al parecer, coincidiendo en esto desde la otra orilla con muchos socialistas, que el principio de bilateralidad que informa al 'Estatut' nada tiene que ver con una organización federal del Estado. A estas alturas, confundir federación y confederación es sólo síntoma de una mentalidad unitaria, cerrada a cualquier cambio. Y no es la táctica de la fortaleza sitiada lo que hoy conviene más a la defensa de la Constitución.
Por su parte, como me indicaba una buena amiga vasca y socialista, Zapatero ha dado en esta ocasión una vez más prueba de su estilo en el que se mezclan superficialidad en el tratamiento de los temas y oportunismo orientado por encima de todo a consolidar su posición de poder. Es hoy en Europa el mejor representante de una política posmoderna, que por añadidura se asienta sobre una considerable eficacia en la práctica de la maniobra, con la inestimable colaboración de Rubalcaba, y en ejercer detrás de la sonrisa una disciplina de hierro. Con la excepción de Rodríguez Ibarra y del mutismo crítico de Bono, las demás voces disconformes con el 'Estatut' han sido acalladas. Nada parecido a los debates internos a que nos tiene acostumbrado el vecino Partido Socialista francés, y ello tiene tanto más mérito cuanto que las posiciones de Zapatero, tanto en política exterior como en lo que ahora nos ocupa, son adoptadas en función de puras y simples declaraciones de progresismo y de buenas intenciones. Apuntó varios temas polémicos en el proyecto, sin concretar en ninguno, y sobre todo sin preguntarse siquiera los efectos sobre el Estado de la aprobación del 'Estatut', bien en su redacción actual, bien con los famosos 'recortes'. Lo importante es que ha dado luz verde al nacionalismo catalán, y es lógico que los demás nacionalismos lo celebren. La marcha atrás es difícil. Vamos pura y simplemente a la confederación, a partir del Estado dual que como punto de partida han de configurar Cataluña y España.
Si se produjera ese desenlace, estamos en la hora de Imaz. Su cosoberanía irá sin duda más lejos, pero si con tal de dejar en pie la estructura constitucional vigente en el plano formal todo puede cambiarse por debajo, lo esencial puede ser alcanzado. Zapatero se lo anunció a Erkoreka. Otra cosa sería si los 'recortes' devuelven el texto de Barcelona a los catalanes en forma que éstos no puedan suscribirlo. Entonces Egibar tomaría el deseado relevo. Pero lo primero es lo más probable, aun cuando el camino se encuentre todavía sembrado de obstáculos, y el primero es que ETA se resiste a ceder definitivamente el testigo a Batasuna renunciando a la práctica del terror (perdón, de la violencia).
ANTONIO ELORZA/CATEDRÁTICO DE PENSAMIENTO POLÍTICO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID.

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