Asistí a la manifestación que convocó el Conceyu Abiertu pola Oficialidá. Y, con independencia de que asumo las reivindicaciones de ese colectivo, es inevitable sentir malestar por el hecho de que el llamado problema lingüístico en Asturias lleva ya tres décadas sin ser resuelto. Más allá del asunto en concreto, lo peor de todo es la incapacidad que hay en esta tierra para buscar salida a los conflictos. Es un buen botón de muestra para percatarse de que aquí todo se pospone, se enmaraña, se complica, se enreda, etcétera, pero nada, o casi nada, se soluciona.

Que aquí existe una llingua creo que es innegable. Que esa llingua no es una variedad dialectal del castellano, sino del latín, no es menos innegable. Hay un sector de ciudadanos considerable que no deseamos que se muera esa llingua y que reivindicamos que pueda ser reconocida oficialmente. Y tales anhelos vienen colisionando desde hace tiempo con el partido político que gobierna actualmente en Asturias, así como con una serie de fuerzas vivas que se oponen a ello.

Alguien dijo una vez -y me parece un argumento brillante y certero- que de la misma forma que había que intentar evitar la desaparición de monumentos históricos que dan cuenta de una cultura, también hay que luchar contra la desaparición de una lengua. ¿Por qué se le sigue negando carácter oficial al asturiano? ¿Por su escaso vocabulario? ¿Por el hecho de que aquí no hubo entre sus cultivadores un literato con la genialidad de Shakespeare? ¿Por el supuesto pragmatismo de que más vale dedicar el tiempo a aprender un idioma universal como el inglés? Todos esos argumentos se desvanecen con facilidad. El asturiano es una lengua que no se desarrolló como otras. ¿Es eso razón para dejarlo morir y para ver con malos ojos que alguien reivindique su uso? No hubo un salto a la genialidad en la literatura escrita en nuestra llingua. ¿Significa eso que nunca podrá darse? Si es práctico e interesante el aprendizaje de otros idiomas, cosa que nadie duda, ¿ello significa que el asturiano tiene que estar proscrito? ¿Acaso los catalanes no aprenden también inglés? ¿Les supone un obstáculo para ello saber castellano y catalán? Hay quien se refiere también a que el asturiano más o menos «normalizado» es una lengua de laboratorio. Vamos a ver, ¿se dice esto mismo del gallego? ¿Se pretende obviar que todo idioma tiene y contiene neologismos?

Y, más allá de todo esto, más allá del mayor o menor tacto que pudieron tener quienes portaron la bandera del asturiano a principios de la transición, más allá de disputas internas estériles y, a veces, mezquinas, más allá de que se puede ser cretino e impresentable en cualquier idioma, ¿por qué ese empeño en que el asturiano no tenga reconocimiento oficial? ¿Hay aquí complejos ancestrales de quienes se avergüenzan de que sus antepasados usaran boina y madreñas? ¿Acaso hay quien sólo sabe buscar su distinción negando sus orígenes, o no queriendo parecerse hablando al mundo rural del que todos, en mayor o menor medida, provenimos?

Que se reconozca la realidad del asturiano no significa que nuestros intereses literarios se centren más en cualquier autor astur que en Borges. No significa afrenta alguna a un idioma como el castellano cuyo conocimiento y práctica son necesarios y saludables. Y que además también es nuestro.

De lo que se está hablando aquí es de derechos, de un derecho que muchas gentes quieren ejercer con toda la legitimidad para ello, no de aislarnos en aldeas perdidas palaciovaldesanas. De lo que se trata aquí es de buscar soluciones y de terminar con necedades que fatigan al más paciente.

¿Por qué no hay voluntad política para zanjar de forma razonablemente satisfactoria este asunto? ¿Por qué no hay un debate sereno al respecto? Habrá quien diga que la oficialidad supondría un gasto de dinero público. ¿Acaso sería la ruina? ¿Están en bancarrota otros territorios peninsulares que son formal y efectivamente bilingües? Se arguye también, no siempre en voz baja, que ese afán no es inocente por parte de todo el mundo, que también hay intereses personales. Bien. A día de hoy, hay profesores de asturiano en la Enseñanza Primaria y Secundaria. La oficialidad supondría, según cabe esperar, la contratación de más docentes, así como -es de prever- de traductores y otros cargos. ¿Se desangraría por ello económicamente esta Asturias del cemento y de las grandes obras?

En todo caso, lo que es exigible es la voluntad política de negociar. El PSOE que gobierna, más allá de los pactos a los que se ve obligado por no contar con mayoría absoluta, debería dejarse de empecinamientos y abordar el problema.

¿Veremos al silente don Javier Fernández y al ex comunista Areces en actitud de diálogo, escuchando y buscando salida a esto? ¿Tan terrible es para ellos reconocer la existencia de una llingua que también es suya y buscarle anclaje y encaje en el entramado político institucional? No sería ningún parto de los montes.

¿O dentro de treinta años seguirán desoyendo clamores los políticos que nos gobiernen? Desoyendo clamores y anquilosándose en sus prejuicios.