Al contrario de lo que los canales de 24 horas de EEUU y el Frente Nacional intentan hacernos creer, Francia no se encuentra al borde de la guerra civil. Pero sí en el crepúsculo de un intento original y honesto de aplicar un modelo de integración francés. El mensaje que transmiten los miles de coches incendiados, los centenares de escaramuzas nocturnas y las decenas de equipamientos públicos devastados en estos días es la agonía de una historia francesa con un siglo a las espaldas, de una aventura idealista y ambiciosa, orgullosa y generosa, que se proponía convertir a los inmigrantes llegados desde todos los países, procedentes de todos los pueblos, moldeados por todas las religiones y por todas las culturas, en idénticos ciudadanos franceses.

La República francesa quería demostrar al mundo que, con su laicismo, su escuela, su idioma, su pasado, sus valores universales y su Estado voluntarista era capaz de metamorfosear a cualquier extranjero en un galo bigotudo, patriota y gruñón, viniera del continente que viniera y fueran cuales fueran el color de su piel y sus creencias de origen. Una asimilación tan metódica constituía una de las piezas maestras de la famosa excepción francesa.

Otros países, como por ejemplo Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Holanda y Canadá, optaron por un camino distinto, el del multiculturalismo y del comunitarismo, aceptando y fomentando que sus inmigrantes mantuvieran la cultura, el idioma, la memoria y las costumbres de origen. Así, se les concedía un margen de autonomía, de autoorganización. La persistencia de sus diferencias no sólo era admitida, sino que era proclamada y facilitada. En Francia, ese crisol del republicanismo, esa marmita de una poción misteriosa y única, se persiguió el objetivo contrario. Había que convertir a todos esos inmigrantes tan diversos en ciudadanos únicos.

Durante mucho tiempo, París observó con superioridad burlona los disturbios raciales, los enfrentamientos interétnicos que se daban en aquellos estados que habían optado en su momento por el comunitarismo. Hoy le toca llorar sobre este modelo calcinado.

ESTE PERIODO terrible por el que Francia atraviesa, primero en el extrarradio parisino y más tarde en todas las regiones, se ha convertido en una contundente revelación: son el símbolo de la hoguera en la que arde la integración a la francesa. Francia, a diferencia de todos sus vecinos, no dejó nunca de ser un foco de inmigración, cuando los demás eran a menudo emigrantes. Parece como si Francia haya alcanzado los límites de su propio modelo. Los incendiarios y los que arrojan piedras tienen entre 10 y 25 años. La inmensa mayoría de ellos nació en territorio francés, y por tanto tienen la nacionalidad francesa. Las dianas elegidas son los símbolos de la sociedad: la policía, la escuela, la guardería, el instituto, el centro cívico, el coche del vecino, la tienda de al lado. El objetivo de sus iras es una sociedad que ellos sienten como injusta y discriminante. Se sienten rechazados por ella y ellos, a su vez, la rechazan.

Si estuviéramos ante un debate racional se podría argumentar, reconocer errores (la formación de guetos territoriales, los interminables bloques de pisos inhumanos, los recortes en los recursos para la integración, la mediación sacrificada, las asociaciones asfixiadas, la policía de proximidad diezmada), pero también se podrían subrayar los esfuerzos: rehabilitación urbana, subvenciones ocupacionales, la enseñanza prioritaria en esos barrios (por cierto, aún insuficiente), equipamientos colectivos. Podríamos arrojar cifras y siglas, pero de poco nos serviría.

Nos encontramos mucho más allá de una simple discusión. Por un lado está una parte de la juventud francesa que podríamos considerar la más desheredada, la menos culturizada, la que no conoce más que la pobreza, el caos escolar, la falta de cualquier calificación profesional y la perspectiva del paro: una juventud que se entrega a la violencia más provocadora, más peligrosa, más estéril, a pesar de los esfuerzos de políticos, educadores, religiosos y responsables de asociaciones.

Por otro lado, el Estado, sumido en el desorden provocado por 20 años de incesantes e irritantes cambios de objetivos, no hace más que multiplicar créditos, contratos, planes y legislaciones, como si construyera un castillo de arena que el mar hará desaparecer.

EL BALANCE de esta ira sin salida política ni social, y de esta impotencia tan cara y debilitante, desemboca en el agotamiento del modelo de integración. Por primera vez, una generación nacida en Francia se siente mucho menos integrada que la de sus padres llegados de fuera y se comporta de tal manera que, dentro de la colectividad nacional, parece aún más extranjera. La sociedad francesa abre así un proceso de disociación, totalmente opuesto a sus esfuerzos y a sus principios de más de un siglo.

Las discriminaciones (vivienda, escolaridad, empleo) se ven acentuadas por la crisis social que lleva 30 años echando raíces. Las reacciones violentas y transgresoras de los adolescentes y jóvenes que rechazan todo tipo de norma social y viven en un estado de pura anomia dramatizan dicho distanciamiento. Cuando se hayan sofocado los incendios y los cócteles molotov se hayan agotado, subsistirá un reto mayor entre los habitantes de estos barrios y los demás.
El miedo, la provocación y la rabia habrán fragmentado a la sociedad francesa en distintas comunidades. La defensa de un modelo urbano de mezcla social corre el riesgo de seducir sólo al Abbé Pierre y a Olivier Besancenot portavoz de la Liga Comunista Revolucionaria. Reconstruir la integración a la francesa se asemejará más que nunca al destino de Sísifo, salvo que surja un compromiso realmente proporcional al desastre.

© Libération.
Traducción de Caroline Rouquet.