Hay frases que resumen una situación mejor que un tratado académico. La puso en circulación en Francia el escritor Aziz Senni al afirmar que el “ascensor social se ha estropeado”. El gobierno de París se ha propuesto poner fin a la anarquía y la violencia que desde hace semanas sacude las noches de los barrios más marginados de muchas ciudades francesas. La ley y el orden tienen que ser restablecidos para garantizar la seguridad y la libertad de todos.
La mayoría de la juventud de esos barrios marginados son hijos de inmigrantes musulmanes, son franceses que tienen todos los derechos ciudadanos, pero que no han podido subir por el ascensor social que por sus méritos, su trabajo y su educación les saque de la miseria y la desesperación.
El desempleo de los jóvenes en Francia es superior al veinte por ciento pero en los barrios donde se practican los disturbios el índice alcanza el cincuenta por ciento en algunos casos. Esos jóvenes que hoy vemos incendiando coches en París los tendremos en muchas ciudades europeas, las más prósperas pero también las que más diferencias sociales tienen, si desde el modelo social europeo no se vuelve a poner en marcha el ascensor.
La rabia de esos jóvenes no es la misma que exhibían los franceses jóvenes de hace casi cuarenta años, hijos de la burguesía, que querían cambiar el orden establecido. Muchos de aquellos jóvenes son los que hoy gobiernan Francia subidos a las instituciones del Estado. Aquella juventud tenía la vida y el futuro resueltos. Los de hoy no encuentran una salida del circuito de la pobreza, la soledad y la desesperación.
No son terroristas. Pero es en esos colectivos donde el terrorismo puede encontrar un caldo de cultivo adecuado para convertirse en héroes que se sacrifiquen en nombre de su rabia. A pesar de ser franceses se sienten marginados como musulmanes, especialmente desde el 11 de septiembre de 2001. Se sentían excluidos y consideraron un insulto cuando el ministro del Interior les calificó de “chusma”.
Al componente social hay que añadir el no menos incendiario concepto de instrumentalizar la religión como arma arrojadiza contra los “infieles europeos”. Los atentados en Estados Unidos, en Madrid y en Londres llevaban esta etiqueta del integrismo islámico en contra de la opulenta sociedad occidental, que es incompatible con los principios que los líderes religiosos musulmanes que predican en muchos rincones de Europa les inculcan en sus prédicas.
El Islam es la segunda religión de Europa. Está activa y es proselitista hasta el punto de disponer de centenares de voluntarios para inmolarse y causar el máximo daño posible a personas y bienes en las grandes ciudades europeas o americanas.
La fórmula francesa de la integración ha desembocado en los altercados que observamos estas noches de noviembre. El multiculturalismo británico desembocó en las matanzas del mes de julio en Londres. En España, como en otras partes de Europa, no sabemos ni siquiera cuántos viven o malviven entre nosotros, no sabemos quiénes son, de dónde vienen y qué salida van a tener después de arriesgar sus vidas para alcanzar un espacio vital más digno y más próspero.
El problema es que Europa no tiene una fórmula que permita neutralizar este conflicto que hoy sacude Francia y que dentro de cinco años llegará inexorablemente a todos aquellos países con cotas de inmigración musulmana alta y masiva sin que tengan la esperanza de subirse al ascensor social que en muchos países está estropeado.
Hay causas que tienen su raíz en la concepción religiosa que tienen del mundo y de la vida los musulmanes que viven y trabajan aquí. Los gobiernos europeos han de conocer qué pasa en las mezquitas, qué predican a los fieles los viernes, qué mensajes se llevan a su casa una vez escuchados los clérigos. No hay que cerrar los ojos a esta realidad.
Pero, al mismo tiempo, hay que ofrecerles la posibilidad de que participen en la meritocracia a la que todos los nativos tenemos acceso. Que se puedan subir al ascensor y que puedan organizar su vida con dignidad y con esfuerzo. Racionalmente, la integración debe llegar por las oportunidades de trabajo y de acogida social.
Pero políticamente, hay que conocer y detectar todos aquellos movimientos que desde la mezquita o desde los mensajes que circulan por la red pueden convertir a esos jóvenes desesperados en futuros terroristas.
Europa tiene miedo. Tiene miedo de su éxito, miedo de ser invadida por los más pobres, miedo de ser atacada por terroristas sin escrúpulos que se inmolan para matar a occidentales, miedo a verse más como consumidores que como ciudadanos, miedo al esfuerzo, demasiada comodidad general.
Europa ha de recuperar el pulso, no vivir instalada en el miedo sino en la esperanza. Menos discursos y más atención a los problemas de tantos millones de inmigrantes que malviven en nuestro entorno.
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