No: Las cifras que encabezan este artículo no son las de los vehículos quemados estos días en las ciudades por las que se ha extendido la rebelión que asola Francia y amenaza con extenderse a otros países. Y es que las del título no son cantidades, sino fechas: la de la Revolución francesa, la comuna de París, el mayo francés y las quemas de noviembre.
Esos hechos presentan, claro, una trascendencia histórica absolutamente incomparable: en 1789 la historia del mundo comenzó a cambiar de un modo irreversible y la contemporaneidad emergió sobre las ruinas del antiguo régimen monárquico; frente a tal éxito, la comuna obrera fue aplastada en medio de un baño de sangre al poco de nacer; la revolución de mayo del 68 tuvo, por su parte, más efectos a largo plazo de los que se intuían cuando se levantaron las últimas barricadas de París; del incendio que hoy arrasa Francia ignoramos, de momento, su final y, sobre todo, sus imprevisibles consecuencias.
Pero, pese a sus diferencias evidentes, tales hechos históricos presentan elementos comunes que ayudan a entender lo que hoy sucede: en todos fue París testigo privilegiado de tendencias hacia el cambio que acabaron imponiéndose de un modo general; y en todos los acontecimientos allí iniciados expresaban movimientos de fondo de la sociedad que, de pronto, se precipitaron con inusitada virulencia.
Luis XVI anoto « rien » («nada») en su diario ¡el mismo día en que las turbas asaltaban la Bastilla!, tal era su insolente inconsciencia sobre lo que nacía imparable fuera de los salones de la Corte; la comuna de París tradujo, con su milenarismo ochocentista, la desesperación de una clase obrera que empezaba entonces a tomar plena conciencia de las injusticias intolerables del capitalismo; los jóvenes sesentayochistas se revelaron contra una cultura esclerotizada que quería encerrarlo todo dentro de las tradiciones de una burguesía orgullosa de sí misma.
¿Y los jóvenes que han desencadenado el actual incendio? Son, desgraciados, un reflejo en negativo de la marginación que los lleva a plantar fuego al símbolo por excelencia de la modernidad: el automóvil. Casi nadie habla de ellos: ni de su apartamiento, ni de su desesperación, ni de su falta de identificación con los valores democráticos, ni de su endogamia étnica, social y religiosa. Pero ahí están. Dispuestos a amedrentar a una de las naciones más poderosas de la Tierra sólo para demostrar que existen y poner en evidencia a todos los que debiendo gobernar pensando también en sus problemas actúan igual que si aquéllos no existieran. Como, salvadas todas las distancias, en 1789, en 1871 y en 1968.

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