Todo se ha impregnado de bipartidismo, y no como una alternancia de diversas alternativas, sino en su versión dualista más maniquea. Tiende a creerse que el bien y el mal se concretan en quienes creemos poseer la verdad y los que persisten en el error, es decir, quienes están conmigo y los que se sitúan frente a mí, quienes tenemos la razón y defendemos los valores adecuados y los que carecen de ellos.

Parecemos requerir una posición radicalmente a favor o radicalmente en contra. Las administraciones, las instituciones, las empresas y, sobre todo, los medios de comunicación, se dice, habrían de definirse, tomar partido, en definitiva, estar con nosotros, y por tanto ser merecedores de crédito, o echarse a perder con los ajenos. Quienes gobiernen o desempeñen puestos de responsabilidad habrían entonces de apoyarse en un ejército de amigos y tratar de reducir y derrotar a los enemigos. Y como valor fundamental, la contundencia. Ni un solo resquicio para la postura, ni siquiera la opinión, del adversario, ya contrincante y, por tanto, nada de fiar.

En definitiva, sólo contra él es como cabría pensar. Ni un titubeo, ni una duda, ni una reconsideración.

Ya se sabe, incluso Maquiavelo cedió demasiado. Los otros están equivocados, son un peligro, para la sociedad, para el país, para la economía, para la unidad, para la paz..., los otros son una amenaza. Y hemos de incordiarles, perseguirles, reducirles y acallarles por todos los medios. Se trata de alinearse y quien no lo haga claramente será considerado un tibio, un equidistante, alguien no comprometido con la verdadera causa, con lo que merece defenderse, es decir, nuestras posiciones.

Convertimos nuestras opiniones en principios y convicciones incontestables. Nos aferramos a ellos y desde ahí leemos el mundo. Hacemos ostentación de que son tan firmes, adecuados y verdaderos que no han de someterse a los avatares de otras consideraciones. Hay quienes tratan de extender el espacio de lo que se presenta como indiscutible, sin dejar margen a lo que puede ser de esta u otra manera, sin embargo, los humanos nos desenvolvemos en general en el ámbito de lo discutible, de lo que precisa argumentación, de lo que requiere de liberación, de lo que reclama la búsqueda de lo conveniente, de lo que pide buenas y convincentes razones y de lo que, en definitiva, exige una resolución y una decisión que, en la mayoría de las ocasiones, ha de ser compartida y no previamente establecida.

Pero demasiados ámbitos parecen haberse visto apoderados por el discurso de quienes ya se lo saben todo con anterioridad, no están dispuestos a dejarse decir, lo conocen mejor que nadie y pontifican sobre las ventajas y peligros con tal vehemencia y crispación que, en lugar de ofrecer buenos motivos, solicitan inquebrantable adhesión. "No puede ser", "en modo alguno" son sus frases favoritas. Confunden la firmeza y el rigor con la rigidez y el rigorismo.

Los airados propietarios de la razón, que desean tenerla para quedársela, se impacientan con los debates, con los procesos reflexivos y no comprenden que no se pase inmediatamente a realizar lo que les resulta indiscutible, dado que siempre saben lo que ha de hacerse, lo que debería haberse hecho, esto es, lo que ellos creen. Prefieren los corrillos de los afines que la pública controversia en los parlamentos, les gusta más la ejecución de la sentencia que la escucha de las deliberaciones. En definitiva, para quien ya está de por sí seguro, sobran tantas contemplaciones, que consideran titubeos. Se desesperan, y sus modales siempre tienen el tono agrio y desaforado de quien se siente incomprendido, dado que no es automáticamente obedecido.

Ahora bien, semejante vehemencia y tensión no son las de la intensidad de las palabras, ni la de los intereses presentables, sino fruto de un trastorno de las condiciones de la convivencia, que habría de sustentarse en la participación y en la búsqueda y construcción comunes. Se cierran entonces las puertas a la comunidad, que se confunde con el séquito de los adeptos, quienes, con vehemencia, incluso radicalidad, buscan crear condiciones de exaltación y euforia compartidas.

Pero precisamos de argumentos, de la confrontación de los motivos, y unos y otros no han de ser sustituidos por las consignas, eslóganes y titulares. Algunos parecen querer desenvolverse sólo en las catástrofes o en el anuncio de su inminente llegada, para airear lamentos y pronosticar desastres. Y es en ese terreno donde se mueven con comodidad quienes desean imponer sus posiciones, sostenidas en el temor y en la exigencia de no ceder ante otros puntos de vista u otras buenas razones.

Es el miedo proclamado ante la inminencia de mil formas del apocalipsis. Alterados, disfrazan de sensatez y moderación su intransigencia. Necesitan, es cierto, la posición del otro, pero para saber dónde ellos mismos han de situarse, en contra, o qué han de pensar, precisamente lo contrario. Contestar lo equiparan, sin más, a oponerse.

El asunto no requeriría más atención si no fuera porque contribuye a una grave desarticulación de lo social y de cuanto conforma la sociedad democrática. Necesitamos más serenidad, más calma, más argumentos y más disposición a debatir con miras a un acuerdo y no simplemente para airear mensajes o lemas o para confirmar de nuevo el poder que ya tenemos o deseamos alcanzar.

Al oír hablar de semejantes cosas, tendemos a estimar que estas consideraciones hacen referencia a la impresentable actitud de los demás, y no a nosotros porque, pensamos, no somos así. La culpa siempre la cargamos en otros, quienes no acaban de entender que están equivocados. Pero, quizá, entre todos, habremos de evitar que unos cuantos, ni siquiera nosotros mismos, nos apropiemos de la razón.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.