Ovidio Sánchez respalda la propuesta de un grupo de ediles del PP que piden la celebración de una conferencia de alcaldes para tratar de los problemas municipales. Hugo Alfonso Morán, presidente de la Confederación Asturiana de Concejos, se muestra reticente ante esa iniciativa al considerarla poco operativa por tratarse de una reunión multitudinaria, con 78 ediles, uno por cada concejo.
El 3 de agosto de 1999, a los pocos días de ser investido, por primera vez, Vicente Álvarez Areces convocó una reunión con todos los regidores para sellar el pacto local. El flamante presidente asturiano había dedicado doce años de su vida a regir el Ayuntamiento de Gijón, una experiencia que lo había convertido en un ferviente municipalista, así que desde el principio de su mandato defendió la idea de dar mayor poder de decisión a los ayuntamientos y reforzar la cooperación entre el Principado y los concejos. En los seis años que han transcurrido desde aquella magna reunión, las finanzas de los consistorios han empeorado, porque han perdido algunas fuentes de financiación, como es la mayor parte del Impuesto de Actividades Económicas, y por la dinámica frívola de las corporaciones locales metidas en un nivel de gasto creciente que está llevando en toda España a los ayuntamientos a la bancarrota. Un dato: en el primer semestre de este año, la licitación de obra pública de los ayuntamientos españoles creció un 73% sobre el mismo periodo de 2004. Así no hay economía municipal que resista. El Principado ha quintuplicado en seis años el dinero que da a los concejos, pero no es suficiente.
Puede ser útil una reunión de todos los alcaldes, pero a condición de que no hagan como los presidentes autonómicos en las conferencias anuales que les convoca Zapatero: demandar más recursos sin contrapartida. Los ediles deberían hacer un ejercicio de humildad y reconocer que las competencias asumidas desbordan a los ayuntamientos. En el caso de Asturias, la apuesta municipalista tiene un riesgo añadido, al fomentar las visiones localistas que son el cáncer de nuestra vida regional. El error de Areces estriba en no haber valorado ese efecto perverso en toda su dimensión.

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