Al Senado, ni agua; es decir, que nadie piense en una reforma constitucional del Senado, porque eso sería una broma de mal gusto en un momento en el que el Gobierno que preside Zapatero ha roto el consenso constitucional por causa del Estatuto de Cataluña. Que el presidente del Gobierno vaya al Senado a pedir su reforma cuando no tiene la mayoría necesaria para ello y pretenda aislar al PP es un sarcasmo y una tomadura de pelo que Pío García Escudero y otros portavoces del Senado, si tienen algo de sentido común y saben de matemática parlamentaria, deberían denunciar en el debate autonómico que comienza este lunes.
Y no es que el Senado no necesite una reforma y los señores senadores no se merezcan un debate de nivel que le dé a la Cámara Alta el prestigio y el nivel político a que tiene derecho. Pero en las actuales circunstancias de crisis autonómica, institucional y constitucional no viene a cuento y es imposible la reforma del Senado que quiere proponer Zapatero en este presunto debate de las autonomías que, visto el rumbo que marca el presidente, se podría empezar a llamar debate de los estados federales o de las naciones sin Estado, por el momento.
Esperemos que Rajoy se pronuncie claramente en contra de estas reformas, si es que le dejan en paz los barones bronquistas del PP que no sabemos para quién trabajan, visto lo ocurrido el pasado fin de semana en Barcelona.
Porque después de un brillante discurso político de Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados a propósito del Estatuto catalán, de la defensa de la Constitución española y del consenso constitucional, interpretando un sentir mayoritario de españoles y situándose por encima de las luchas partidarias, en el PP ha vuelto a renacer la bronca de la mano de un grupo de dirigentes de este partido que están empeñados en utilizar este debate sólo como arma arrojadiza contra el Gobierno de Zapatero en vez de defender los intereses de España. En esa tesitura han estado el viernes en Barcelona de manera burda y desafiante Eduardo Zaplana, Javier Arenas y Mayor Oreja, entre otros, atizando un bombo más propio de la extrema derecha que del partido liberal, cristiano y de centro del que se reclaman.
Bastaba la ausencia de Rajoy en la apertura de la cumbre política del PP convocada en Barcelona, a la que luego se incorporaría el líder de los populares, para que los bronquistas de este partido no perdieran la oportunidad de disparatar mezclándolo todo y dando una imagen desafortunada y disparatada de un debate que es mucho más serio, tiene más calado de lo que ellos se piensan y que interesa al conjunto de los españoles, y no sólo a la extrema derecha o a los sectores más radicales del Partido Popular, los mismos que jalean a ciertos medios ruidosos de comunicación que con sus embestidas parecen estar trabajando más en favor de Zapatero que del propio PP, porque a fin de cuentas lo que consiguen con esos modelos y esos discursos es desenterrar la imagen de un PP autoritario y mentiroso como el que perdió las elecciones, bajo la hégira de Aznar, en el 2004. Un Aznar que tampoco pierde la oportunidad de encender los ánimos de su partido y de ciertos sectores de la sociedad española, mitad por sus convicciones conservadoras y mitad por su deseo de venganza por su desastrosa salida del poder. Una utilización personal de la política que es el mismo motivo que anima muchas veces a los Mayor Oreja, Acebes y Zaplana, los que además no descartan o no descartaban la posibilidad de que Rajoy fracasara en esta legislatura y ello les daría la oportunidad, por separado o en comandita, de alzarse con el poder del PP.
Pero han sido los graves errores del presidente Zapatero los que han realzado la figura de Rajoy y le ofrecen ahora una oportunidad de liderar el PP con autoridad y de convertirse en alternativa de Gobierno si Rajoy mantiene las posiciones razonables de su partido y a a la vez consigue abanderar las inquietudes y los intereses de una mayoría de españoles que están muy preocupados por la escasa capacidad de gobierno del gabinete de Zapatero y por las aventuras federales y constitucionales del presidente del Gobierno. Por eso cabe preguntarse: ¿a qué juegan ciertos barones del PP y sus medios afines en esta coyuntura?
Sorprende que Javier Arenas, que estaba en posiciones más centradas, haya hablado de una secuencia de ataques a la democracia poniendo a ETA como premisa inicial y comparándola luego con el debate estatutario. Aunque el que pierde los papeles con semejante comparación y de manera demencial es Mayor Oreja, que sigue hablando siempre de lo mismo, de ETA y del País Vasco, y que ha trasladado su rancio discurso con el que ya fracasó en las elecciones del País Vasco del 2001, lo que le obligó a retirarse de esa política abandonando a su gente motu proprio pero volviendo una y otra vez con sus obsesiones y su tono taciturno para dañar a su propio partido y a Rajoy, a quien seguramente no le perdona que fuera designado sucesor de José María Aznar, cuando él, inexplicablemente, esperaba la nominación. Peor aún ha sido la intervención de Eduardo Zaplana, el que ya en ausencia de Rajoy y con la complicidad de Ángel Acebes forzó el recurso contra los matrimonios homosexuales, porque el portavoz del PP en el Congreso ha llamado cobardes a los dirigentes del PSOE que discrepan del Estatuto, lo que es tanto como decirles que vuelvan al redil de Zapatero y que se olviden de España porque ya está él para salvar la patria en compañía de sus mariachis mediáticos.
Llamar cobardes a aquellos dirigentes del PSOE con los que el PP podría entenderse para recomponer el consenso constitucional, saliendo de su soledad y buscando un entendimiento político en favor del interés general, no sólo es un error de primera magnitud sino una maldad que busca clavar en la espalda un puñal a Mariano Rajoy, porque lo inhabilita para un diálogo con los sectores más constitucionales del PSOE y porque ofrece de este PP, que lidera Rajoy, una imagen radical y bronquista, que es lo peor que le puede pasar ahora a la cúpula del Partido Popular.
El presidente del PP y líder de la oposición, Mariano Rajoy, estuvo dudando el pasado verano sobre la oportunidad de hacer cambios importantes en el equipo directivo de su partido una vez concluida la Comisión del 11M, donde el PP estuvo más interesado en defender a Aznar, Zaplana y Acebes que en reconocer sus errores y decir la verdad. Pero el clan de los Zaplana maniobró para evitar su relevo y Rajoy dejó todo ello para principios del año próximo, o puede que para nunca, porque este grupo de dirigentes políticos están empeñados en hacerse con el poder del PP y no sólo utilizan sus posiciones ante la opinión pública sino que además jalean a ciertos medios de comunicación que le son muy afines para meter barras de hierro en las ruedas de la bicicleta de Rajoy.
El buen discurso de Rajoy en el debate del Estatuto lo están emborronando unos cuantos bronquistas por su propia ambición o por sus posiciones ultraconservadoras que ellos disfrazan de cristianos y liberales, cosa que a la vista de su comportamiento no lo son.

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